Leila, la tienda de Berlín en la que todo es gratis

Artículo publicado el 7 de Agosto de 2014
Artículo publicado el 7 de Agosto de 2014

Imagínese una tienda en la que todo es gratis... Esta cueva de Ali Baba se encuentra en Berlín bajo el nombre de Leila. La tienda asociativa une el principio de economía solidaria y de reparto de todo: objetos, ideas, pero también responsabilidades entre voluntarios. La pregunta es: ¿cómo funciona?

Leila abrió sus puertas hace dos años en el barrio de Prenzlauer Berg en el noreste de Berlín. Creada por Nikolai Wolfert, la tienda asociativa propone a sus 550 miembros tomar prestados voluntaria y gratuitamente objetos de la vida cotidiana. Esta iniciativa solidaria y ecologista se inscribe en un modo de vida de reparto de recursos valiosos para los berlineses.  

CONCEPTO INÉDITO 

La presentación delante de la fachada amarilla pastel de Leila desentona en este tranquilo barrio de la capital alemana. La puerta está muy abierta, así que basta con asomarse para divisar el conjunto de juegos de mesa, sofás, artículos de deporte, cadenas HiFi, electrodomésticos... En esta tres piezas, de aquí y de allá, cada uno encuentra su felicidad. En tan solo una hora, una veintena de personas surcan la tienda asociativa en búsqueda de la piedra preciosa. Entre ellas, una joven berlinesa a la moda que busca una camiseta para ir al Holi Fes­ti­val. Un pequeño colegial de 5 años que le da un juego de construcción a su madre. Una persona sale orgullosa con un carromato para su mudanza. Entre este vaivén, Ni­ko­lai Wol­fert, el fundador de Leila, aconseja y realiza intercambios con los visitantes. El berlinés de 27 años inventó y más tarde conceptualizó la asociación en respuesta a nuestra sociedad de consumo excesivo, caracterizada por el despilfarro. Su "biblioteca de objetos", como él lo llama, da una segunda oportunidad a los accesorios que dejaron de ser útiles. Esto, según la lógica "utiliza, repara y recicla". "Tómese el ejemplo de la taladradora", explica él. "Un estudio demuestra que la utilizamos unos quince minutos durante 20 años. Después, la abandonamos en nuestro armario. Es una pena. Leila permite hacer visible lo que usted tiene de sobra".

En la primera habitación de la tienda, todos pueden venir voluntariamente y todo es gratuito. Las dos siguientes habitaciones están reservadas a los miembros y al préstamo. La adhesión a esta tienda es simple: donar un objeto durante 2 horas cada 6 meses si el miembro desea ayudar en la tienda. Las donaciones son bienvenidas, pero no son obligatorias. "Leila no tiene la intención de captar dinero", afirma su fundador, defensor de un crecimiento cero y que ante todo ve a su asociación como un hobby y como un lugar de intercambios. Además, la asociación funciona igualmente sobre el reparto de responsabilidades entre la decena de voluntarios. Brice Ar­nau­deau, francés de 22 años, se unió a la sociedad a principio del año y valora este sistema horizontal. "No hay una jerarquía", precisa él con entusiasmo. "Cada voluntario decide ayudar según sus competencias y ganas". Ordenar, clasificar, etiquetar, aconsejar, promover la asociación, cada uno busca su lugar felizmente. 

AMBICIÓN LOCAL, VISIÓN GLOBAL 

Leila es tan solo una faceta de un movimiento berlinés más global de reparto de recursos. Nikolai nombra así otras organizaciones alemanas que proponen alternativas al hiper consumo. La página web Food Sha­ring propone a los habitantes regalar sus excedentes alimenticios. En la capital alemana, tampoco es raro ver  "Gi­ve­box" gigantes en los cuales los habitantes dejan y recuperan prendas de vestir y objetos usados.  Los lugares de trueque entre vecinos y los jardines compartidos también han conquistado Alemania. Para Brice, que estudió desarrollo sostenible en Tou­louse, Alemania es de lejos un país precursor en materia de economía solidaria. "En Toulouse, cuando propones ideas alternativas aun tienes la etiqueta de hippie o de holgazán que quiere cambiar el mundo. En Berlín esto toma otra perspectiva". El compromiso parece efectivamente más natural. "Es evidente, cada vez tenemos menos recursos y consumimos más", afirma Jonas, voluntario de 31 años. "Pero todos podemos intervenir dentro de nuestros límites".

Crear un sistema transitorio, la utopía se convierte en realidad al pasar primeramente por el local. "La finalidad es  que la comunidad estreche los vínculos alrededor de un mismo proyecto", analiza Brice. En el barrio residencial de Prenz­lauer Berg, la apuesta parece lograda. La asociación funciona gracias al boca a boca y reúne tanto a familias acomodadas como a jóvenes ecologistas y sin techo. El fundador, partidario del reparto de conocimiento, incita a otros emprendedores a exportar su concepto. Este sistema alternativo local se desarrolla poco a poco y otra Leila acaba además de abrirse en Viena. Ni­ko­lai está convencido de que este modelo puede funcionar por toda Eu­ropa. Brice añade sin embargo que algunas normas beneficiarían a otros países. "Para que Leila funcione bien en Francia podríamos imaginar un máximo de objetos para tomar prestados o una pequeña multa si no se devuelven a tiempo", sugiere comparando con humor la disciplina de nuestras dos nacionalidades.  

Pero la alternativa parece prometedora. Y a Nikolai le divierte: esta semana, más de cuatro periodistas de diferentes nacionalidades vinieron a entrevistarlo...