Leópolis: una ciudad con dos almas

Artículo publicado el 6 de Julio de 2015
Artículo publicado el 6 de Julio de 2015

Un corto viaje en bus dentro de una localidad de personalidad ambivalente. Se trata de Leópolis, Ucrania, una ciudad con ánimos de fiesta y dividida entre patriotismo, guerra y sentimientos pro-Europa.

La estación de Cracovia está atestada de gente y no hay nadie a quien pedir información o siquiera una pantalla de itinerarios, además de que mi autobús hacia Leópolis, Ucrania, lleva ya una hora de retraso. Preocupada, empiezo a preguntar a mi alrededor. Aunque la gente me sonríe y trata de ayudarme, nadie sabe nada. De la nada, un chico robusto y de actitud amable se me acerca. “¿Te diriges hacia Leópolis? Yo también. No te preocupes, el bus debe estar a punto de llegar”.

Ya aliviada, le sigo. Le observo detenidamente: su mirada gentil y sincera me inspira confianza. Viste una chaqueta de Ferrari y, por debajo, una camiseta con un estampado de Kurt Cobain. Se trata de un estudiante proveniente de Kiev que, después de un año en Polonia, finalmente regresa a casa. Gracias a él descubro que la cola de personas calladas y de aspecto lúgubre detrás de mí, que durante casi una hora han estado sentadas sin moverse ni hablar entre ellas, esperan el mismo autobús. Todos, a excepción de mí, son ucranianos y, por supuesto, casi nadie habla inglés. Me miran con gentileza y me contestan en un ruso lento ante mis intentos de comunicarme en un polaco poco pulido. Finalmente, después de dos esperando de pie, llega el bus. Un hermoso hombre de ojos azules me ayuda a enseñarle mi billete al conductor y, con facilidad encantadora, me muestra el camino. “Quiero sentarme contigo”, le digo al estudiante de Kiev. “Ayúdame, por favor, no entiendo”. El joven me sonríe, coloca su mano en mi hombro y me responde en inglés: “Todo va a ir bien”.

Es un viaje de toda una noche, de manera que trato de conciliar un poco de sueño dentro del bus atestado. Horas después, al llegar a la frontera, intento entablar conversación con el estudiante de Kiev. En mi país hay guerra, tenemos tantos problemas”, dice con tristeza, “¡Ese condenado Putin!”. Le hago muchas preguntas a las cuales me contesta elocuentemente a pesar de que se le hace difícil encontrar las palabras adecuadas en inglés. “Somos ciudadanos europeos al igual que tú, y Putin está en contra de Europa. Somos europeos y orgullosos de serlo”. Pasamos cuatro horas entre la frontera polaca y la ucraniana. Comienzo a impacientarme mientras los demás parecen calmados, con expresiones serenas, como si estuvieran listos para cualquier eventualidad.

Un pensamiento cruza mi mente: “la multitud silente y resignada”, en referencia al pueblo ruso descrito en las hermosas páginas del libro de Kapuscinski. “Nos inspeccionan a fondo, es lo justo”, me dice el estudiante. “Debido a lo ocurre en Europa no quieren que la gente traiga armas. Con los problemas que hay en Ucrania, se justifica que nos registren minuciosamente".

Después de una larga parada, el bus comienza a moverse y se encienden las pantallas de los televisores con una transmisión de comedia. De repente, los rostros pálidos de los pasajeros ucranianos cambian con expresiones de alegría y risas. No logro comprender el ruso, pero en ocasiones oigo los nombres Putin y Merkel. “Están haciendo bromas sobre política, todo es sobre política”, dice el estudiante riendo. “Si no eres ucraniana no puedes entenderlo, incluso si sabes ruso. Putin, de hecho, hizo una sola cosa bien: nos sacudió la consciencia de la flojera y la apatía. Antes de que nos atacara, sólo nos centrábamos en cosas tontas. Por esta razón le estoy agradecido. Nos hizo ser conscientes de nuestra ciudadanía, de nuestra pertenencia europea, de nuestro amor por la patria y el hecho de que estamos dispuestos a morir por Ucrania y por toda Europa”. “¿Arriesgarías tu vida en el frente de batalla?", le pregunto. El hombre joven me mira fijamente, como tratándose de una pregunta retórica, y, sin dudar, me contesta: “Por supuesto, se trata de mi país”.

Después de una hora de caminata, llego al centro de la localidad. Es una hermosa ciudad de arquitectura inequívocamente europea y con tintes de ciudades austríacas y polacas —todo en uno—, digna de Europa Central. Hay cafeterías y plazas llenas de gente bebiendo cerveza, tocando la guitarra y haciendo de mimos. Se ven familias felices haciendo compras, niños comiendo helado, ancianos que disfrutan del sol en las plazas, y tiendas que venden postales, felpudos y hasta papel higiénico impreso con la cara de Putin.

En el centro de la plaza, como monumento, se exhibe un jeep militar repleto de agujeros de bala, con flores y la bandera ucraniana. Dentro pueden verse las mochilas usadas por los soldados en su última travesía. Aunque es por la mañana temprano, la caja de ofrendas para el ejército ucraniano justo detrás del jeep ya está repleta, y, cerca de ahí en la misma plaza, un soldado en de unos 30 años y de aspecto sereno y quieto, dentro de una carpa militar manchada, vigila otra caja de ofrendas repleta de dinero. Flores, fotos, velas y banderas ucranianas ondean bajo el sol y una brisa ligera. Parejas de ancianos, parados frente a las velas como si las estuvieran adorando, dejan billetes de banco. Dentro de la ciudad, se ven soldados mezclados con la multitud hablando entre ellos, aunque, más que nada, permanecen de pie.

Decido cenar en una muy conocida taberna de la resistencia. A mi lado, un hombre polaco ebrio grita profanidades a Stalin y Putin haciendo reír a los camareros ucranianos. En un tiempo pasado, los partisanos ucranianos peleaban contra el pueblo polaco; hoy en día, se han unido en su mutuo resentimiento contra los políticos rusos. De todas las canciones que se tocan en el restaurante, llego a reconocer una italiana, Bella Ciao. Al retirarme les agradezco en mi lengua materna, a lo que el austero (y armado) anfitrión, en representación de las tradiciones y de la fascinación revolucionaria de la taberna, me contesta en italiano “Arrivederci!”.

La última noche, por curiosidad, decidido visitar otro reconocido bar, dedicado a Leopold von Sacher-Masoch, lleno de cadenas, sostenes rojos y camareras atractivas que se pasean con fustas de cuero, listas para azotar a los clientes. Es un ambiente de fiesta: grupos de amigos beben cerveza o vodka, bromean y ríen. De repente, me encuentro bebiendo vodka puro con un grupo de polacos, ucranianos, un estadounidense y un ruso. Nos presentamos, abrazamos y reímos sin descanso. Al segundo trago, las imperturbables caras de los ucranianos comienzan a parecer vívidas y alegres. En este lugar escondido de Leópolis, la guerra es algo desconocido, quizás hasta olvidado. La política no deja de ser tema de conversación, por supuesto, y deja de serlo cuando llega otra botella de vodka. La fiesta comienza y las banderas y monumentos dentro de Leópolis se prepararan para dormir cobijados bajo las nubes, el calor y el frío.