Letitia Mark, una luchadora por la integración de los gitanos

Artículo publicado el 16 de Agosto de 2011
Artículo publicado el 16 de Agosto de 2011
Letitia Mark lucha en el este de Rumanía por la integración de los gitanos. Siendo ella miembro de la minoría, a sus casi 60 años dirige la oficina central de la ONG FEMROM en Timişoara. Es una gran tarea en Rumanía, donde todavía existen muchos prejuicios sobre los aproximadamente dos millones de gitanos que viven en el país.

Rodeada de unos 40 niños, Letitia Mark pregunta: “¿Qué significa la rueda en nuestra bandera?” Samuel, de 13 años de edad, lo sabe: la rueda es símbolo de estar viajando; el azul, del cielo; el verde, de la  hierba. Mark, a quien los niños llaman cariñosamente Doamna Leti, quiere que los niños sean respetuosos con su identidad, consigo mismos y con el mundo. Y ordenados: no se permite que tiren al suelo del salón ni un solo trozo de papel.

¡Gitanos: levantáos!

La bandera se eligió en el primer Congreso Internacional Gitano, a la vez que la autodenominación “romaní” y el lema “Asociación de planificación familiar romaní -¡gitanos: levantáos!” En el este de Europa, después de finalizar la era comunista, comenzó el llamado Movimiento Romaní, que agrupaba a gitanos que luchaban por sus derechos.

Mark se unió de una forma más bien casual al Movimiento Romaní. Poco después de la revolución de 1990 se celebró un congreso en la Universidad del Oeste en Timişoara. Un orador rumano lamentó que ningún gitano hubiese participado en el debate sobre la educación. Mark, que entonces era profesora, se levantó indignada y gritó: “¡Hay suficientes gitanos que podrían decir algo, pero nadie los ha invitado!”.

Mark se convirtió en portavoz de los gitanos. Cuando la invitaron a ir al extranjero, sus compatriotas gruñeron: “¡se queda en el oeste!” Decepcionada por la desconfianza, se retiró de la política. Ella puso toda su fe desde entonces en la importancia de la educación y la formación. “Dado que es tradicionalmente difícil para una mujer tratar con hombres”, fundó en 1997 la organización FEMROM, que asociaba a las mujeres gitanas para ayudar a sus hijos. Al principio se reunían en la cocina de Letitia Mark. Tenían que presentarle las partidas de nacimiento y los certificados de empadronamiento, pues sin ellos los niños no tienen derecho a ir a la escuela. Hasta que Mark, tras numerosas negociaciones, consiguió una parcela del ayuntamiento: “no tenía nada encima, sólo había dos paredes y tuvimos que construir primero un techo para cubrirla”.

Actualmente, se realizan en la amplia planta baja clases extraescolares, cursos de ordenador para mujeres y encuentros interculturales. En el desván viven algunos profesores y estudiantes gitanos que se encargan del apoyo escolar y los servicios de mediación. ¿Se convertirán en las futuras directoras del centro o, incluso, del Movimiento Romaní?

Mark tiene esa esperanza. Le gustaría disfrutar de una jubilación después de todo el tiempo que trabajó en la Universidad. Sin embargo, el contrato de arrendamiento vence pronto y en la esquina se quiere hacer un centro comercial, por lo que FEMROM será para la ciudad como una piedra en el zapato. El dinero, a pesar de las subvenciones de la UE, es escaso. La casa necesita aún su espíritu y su dirección enérgica.

La propia historia como ejemplo

Letitia Mark proviene de la comunidad Rudari. Siempre tuvo clara su identidad. Su padre fue el último artesano del pueblo que tallaba cucharas de madera. Y pudo contar historias. Durante el comunismo no hubo oficialmente minorías étnicas. Todos debían ser iguales, o esa era la teoría. En la práctica, todo ciudadano debería aportar una utilidad financiera al Estado. Así pues, la numerosa familia se mudó a Timişoara y los padres de Letitia comenzaron a trabajar en una fábrica.

Para aumentar los ingresos de la familia, Mark iba de pequeña a mendigar. “Al principio me avergonzaba de hacerlo. Aunque mi abuela lo hizo y mis amigas lo hicieron. Me acostumbré”. A Mark le parece que su vida es la típica de cualquier gitano en el mundo actual. Por eso, se ha hecho feminista, pues “toda mujer que se rebele contra los roles establecidos es feminista”. Se rebeló: después de la escuela primaria no quiso casarse, sino seguir asistiendo a la escuela. Fue la primera de su comunidad que hizo el examen de acceso a la Universidad. Huyó a Bucarest porque sus padres rechazaban que fuese a la Universidad. En 1984 volvió a Timişoara como profesora de latín y griego.

Dificultades y esperanzas

Las expulsiones de gitanos de Francia en el verano de 2010 impresionaron amargamente a Mark: junto a “demasiados policías” presentes, los periodistas asaltaban a los llegados con frases como: “¿Qué has robado?, “¿Qué clase de delincuente eres?”.

“Vi a esos pobres hombres y mujeres, a los niños llorando y los sacos con equipaje en sus brazos y recordé las imágenes de la deportación. Sentí que cualquier gitano todavía puede ser deportado y nadie le defenderá y dirá: ¡alto!

“A veces”, confiesa Mark, “pienso que he cometido un error...”, baja la mirada, “tendría que haber aspirado a hacer una carrera con la que podría haber tenido verdadera influencia política”. Llaman a la puerta de la oficina. Una niña enseña orgullosa sus notas. “¡Bravo!” Los ojos de Mark vuelven a brillar. Uno siente que ella capta nuevas energías de esos pequeños momentos.

Fotos: ©Natalie Lazar