Lobbys: entre el registro y la pared

Artículo publicado el 11 de Febrero de 2008
Artículo publicado el 11 de Febrero de 2008
El eurodiputado conservador Alex Stubb, presentará en las próximas semanas una propuesta de legislación para controlar la actividad de los miles de lobistas que se pasean cada día por los pasillos de la Eurocámara.

Ya lo dijo el comisario Siim Kallas: 2008 será el año en que se empiece a examinar la financiación de los lobistas en Bruselas “para dar transparencia al trabajo de los políticos de cara al electorado”, recalcaba con insistencia en varios diarios nacionales. Sin embargo, no son los comisarios europeos, con su legión de funcionarios, quienes más utilizan la ayuda y el consejo de los lobistas, sino los europarlamentarios, que apenas cuentan con un par de asistentes para todo. El proyecto faro: un registro voluntario para los lobbys.

Una eterna sospecha

“Es como si fuera obligatorio. ¡A ver quién es el guapo que no se inscribe a riesgo de desprestigiarse y dejar de interactuar con los eurodiputados!”, se pregunta el francés Charles de Marcilly, consultor para ESL, una agencia de consejo estratégico presente en Bruselas desde 1993. Aunque oficialmente sea un consultor en temas de comercio, propiedad intelectual o energías, admite que su labor “es de lobby”. Es esta ambigüedad la que empuja al ciudadano medio a desconfiar de la relación entre los políticos europeos y los intereses privados. El registro se crea para anticiparse a la posibilidad de un escándalo de corrupción como el que se dio en los EE UU en 2006 con el caso Abramoff, que reduciría el interés por la construcción europea, ya de por sí bajo entre la ciudadanía.

“Hay que diferenciar quién hace lobby y quién no”, prosige de Marcilly, de acuerdo con la creación de este registro en el que habrá que señalar las fuentes de financiación y las cantidades de cada lobby. “Los lobistas deben autorregularse para diferenciarse de las ovejas negras que usan métodos ilegales para influir en las tareas de los legisladores comunitarios”, defiende este francés de 27 años que señala hacia grupos de presión de los países del este “con cultura democrática aún jóven”. “El registro debería ser obligatorio”, apunta el lobista alemán Tobias Troll, advocacy officer de la iniciativa Developement Education Exchange in Europe Project (DEEEP), próxima a la plataforma europea de ONG Concorde. Una iniciativa para ayudar a las ONG europeas del sector educativo a maximizar su eficacia, así como establecer y alimentar partenariados entre estas ONG y las instituciones europeas y nacionales.

¿Un 5º poder?

Junto a los 3 poderes clásicos del Estado de Derecho y al denominado 4º poder (los medios de comunicación), es posible que los lobbies se consideren el 5º, ahora. “Yo no diría tanto, aunque constituyamos un poder”, explica Troll, “pues si bien los otros poderes son bastante transparentes, el lobby sigue jugándose a puerta cerrada”.

El problema es que los europarlamentarios no pueden tener conocimientos específicos sobre todas las materias que tratan “y cada vez más estos diputados echan mano de los consultores y lobistas para tomarle el pulso a los intereses locales y de las empresas privadas”, señala de Marcilly. Sobre todo de los lobistas, “que son verdaderos representantes de empresas o ramas industriales, y no tanto a los consultores, meros intermediarios. Como puede comprender, el representante de Michelín sabe más de neumáticos que un simple consultor”. ¿Significa esto que los lobbys marcan la agenda de la política europea? “Yo quiero que mis temas tengan una materialización política”, asume el alemán Troll, “pero sé que el instrumento para ello son los buenos argumentos, y al final el poder siempre queda en las manos del político, que es quien decide”.

Un oficio estimulante

A pesar de la opacidad existente sobre la identidad de los lobistas (son muchos los que han declinado contestar a las preguntas de este medio desvelando su nombre) y su influencia, existen muchos mitos falsos en torno a su figura. “Es cierto que para ejercer este oficio hay que tener facilidad para relacionarse, pero nuestro contacto directo con los parlamentarios es mínimo”, aclara el alemán. Los lobistas deben corretearse los pasillos parlamentarios, hacerse ver todos los días, para luego “establecer un primer contacto en cinco minutos con un parlamentario” y proseguir en adelante la relación con sus asistentes vía correo electrónico”. “El impacto de nuestras opiniones es fuerte sólo si son serias y constantes”, añade de Marcilly, para quien este oficio es una pasión mezcla de varios oficios: jurista, abogado, periodista, comunicador, político...

“En el fondo es un trabajo más sencillo de lo que parece”, concluye Tobias Troll, “pues los parlamentarios nos están agradecidos. Lo más complicado es saber reaccionar a tiempo a los trabajos de los políticos: el mail que hoy puedo enviar para sugerir una modificación en una enmienda, mañana es posible que llegue demasiado tarde”.