Lodz, donde cine y vida son sinónimos

Artículo publicado el 29 de Mayo de 2008
Artículo publicado el 29 de Mayo de 2008
La Escuela Nacional de Cine, Teatro y Televisión de Lodz es una de las más prestigiosas y difíciles del mundo. Estudiantes de todas partes se concentran en la ciudad polaca para seguir los pasos de Polanski o Kieślowski… y aprender a vivir.

Dara está cansada. Se ha pasado el día buscando una localización adecuada para su película semestral. Por fin ha encontrado una vivienda con un baño amplio donde rodar la historia de un adolescente enamorado. Debe escribir el guión completo un mes antes de que comience el rodaje. Esta joven de 21 años se trasladó a los 18 desde Nueva York a Lodz (Polonia) para estudiar dirección.

La Escuela Superior de Cine, con el sonoro nombre de Państwowa Wyźsza Szkoła

Filmowa, Telewizyjna i Teatralna, no es la única posibilidad para los estudiantes. Lodz es la segunda ciudad más grande de Polonia y conserva todavía el aire de los tiempos anteriores a la caída del muro. Casas derruidas, calles descuidadas y fábricas abandonas, símbolo urbanístico de la antigua industria textil, construyen la imagen de una ciudad desolada.

Sin embargo, la ciudad ha sido también un importante motor para el desarrollo del cine polaco. En 1954, por ejemplo, Roman Polanski se sentó en las amplias escaleras que hay antes de la sala de proyecciones. También Krzysztof Kieślowski, director de la trilogía Tres Colores estudió en Lodz. Esta ciudad en el centro de Polonia, también ha sido escuela de muy buenos cámaras, si bien sus nombres se olvidan rápido, aquí se han inmortalizado con una estrella a lo largo de un paseo de la fama en Piotrkowska, la única calle renovada de la ciudad. Allí podemos ver los nombres de Piotr Sobocinski, Pawel Edelman (nominado al Oscar por El Pianista) o Sławomir Idziak (Nominado al Oscar por Black Hawk Down).

Sobre todo, estrés

"La presión a la que nos someten puede resultar creativa para algunos, pero para otros es insuperable"

Dara aún no se explica cómo superó el duro examen de admisión. “Tenía que extraer de un sombrero una nota, en la que estaba escrita la palabra ‘loco’ y, partiendo de esa palabra, representar una pieza “bajo la atenta mirada de una fila de profesores fumando”. A continuación, viene la verdadera prueba para ser admitido. Durante un año todos los estudiantes extranjeros deben realizar un curso de polaco. El alemán, ya licenciado, Jan Wagner conoce el estrés del primer año: “no solo hay que aprender ese idioma complicadísimo, realizar un primer curso con todas las materias concebibles y rodar sus propias películas, sino que todo estudiante debe afrontar el riesgo de ser expulsado de la Escuela por sus malas películas. Ese miedo interno lo lleva escrito en la cara cada director de películas. Se trata de una presión muy fuerte, lo que para algunos puede ser muy creativo, resulta para otros insuperable. Yo personalmente vivo en un mar de dudas, pero este programa no deja tiempo para dudar”.

¿Escuela de vida?

El pequeño campus, con el polvoriento archivo en el que se apilan los rollos de película hasta el techo, funciona como en los viejos tiempos, incluyendo el carácter poco abierto de los trabajadores. El capital propio son los estudiantes internacionales que desde Japón, Nueva York y Suecia vienen aquí a estudiar. Leszek Dawid, antiguo estudiante de dirección y hoy profesor en la escuela, explica las ventajas que esta ofrece. Tanto los materiales como la producción son de la máxima calidad: todas las películas y ejercicios con la cámara se ruedan en 35 mm, para exigir precisión a los estudiantes en sus películas. A esto hay que añadir la supervisión individual a los estudiantes, cuya progresión personal está incluso marcada por los objetivos oficiales de la escuela. Para Leszek Dawid eso significa extraer de cada uno su propia historia vital. Al preguntarle si se trata de un arte utilizado como terapia, niega con la cabeza y sonríe. “No, yo no trato aquí de curar a los estudiantes. Yo les ofrezco solamente el arte de filmar, con el que ellos pueden explicar su historia”.

La ciudad entre bastidores

Con su morboso encanto de tiempos pasados, gracias a los símbolos del comunismo visibles por todas partes, la ciudad ofrece localizaciones extraordinarias para las películas. Impresionantes estructuras de construcción geométrica y fábricas vacías ofrecen un ambiente desolado en el que se contarán las más variopintas historias. Kazimierz Karabasz, documentalista y profesor en la escuela, enseña a sus estudiantes a prestar una especial atención a su entorno y habitantes. La realidad cotidiana puede, a través de una sensible cámara observadora, convertirse en una protagonista particular y al mismo tiempo poner de manifiesto algo sobre la humanidad en general. En Lodz vagabundean miles de esas historias.

Dara bebe todavía un vaso de vino. A pesar del estrés, el cansancio y la inminente filmación, intenta conservar la calma. “He aprendido a ponerme una coraza, a adaptarme y a llevarme bien con la gente. Estudiar en Lodz en una enriquecedora experiencia para la vida”.