Los avatares de los gitanos

Artículo publicado el 3 de Enero de 2006
Artículo publicado el 3 de Enero de 2006

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En Europa viven entre 7 y 9 millones de gitanos, la mayoría en los nuevos Estados miembro o candidatos a entrar en la UE. Ignorados por las autoridades, su nivel de vida es muy bajo.

Febrero de 2004, Eslovaquia oriental: más de 2.000 soldados y policías fueron enviados a una región poblada en su mayoría por romaníes, para atajar la oleada de pillajes y disturbios denunciada por la población local. Desde la llegada al poder en 1998 de Mikuláš Dzurindas, Primer Ministro de Eslovaquia, el descontento no ha hecho más que crecer en el seno de las comunidades gitanas del país. Las prestaciones sociales se han reducido cual piel de zapa y las condiciones de vida de los gitanos –en particular en las regiones de Košický y de Trenínský- se han vuelto muy austeras. Apenas tienen infraestructuras y fluido eléctrico, ni carreteras y la tasa de paro permanece en niveles elevados..

Los empleadores desconfían

Según cifras del Banco Mundial, entre 7 y 9 millones de romaníes viven instalados en el continente europeo. De ellos, más del 80% en los países de la última hornada de adhesiones o en países candidatos a unirse a la UE. Originario de India, el pueblo gitano posee lengua propia y llegó a Europa alrededor del siglo XIII. Aun así, todavía no se ha asimilado del todo. Los gitanos no comparten ni religión ni región común donde habitar, y en la mayoría de los países en donde deciden instalarse representan una minoría a menudo dejada de lado por los gobiernos locales.

Aunque las instituciones de los países de Europa central y oriental (PECO) arbitran distintas medidas con relación al pueblo gitano, las leyes antidiscriminatorias son escasas. De hecho, son casi siempre las ONG locales quienes deben encargarse de su integración. La caída del muro berlinés en 1989 no cambió las cosas en este punto. Más bien al contrario, según el escritor checo de origen gitano, Andrej Gia. En una entrevista con el semanario Literatura, llegó incluso a declarar que “la situación social de los romaníes se ha deteriorado gravemente. En tiempos del régimen comunista, nuestro pueblo vivía con más seguridad, tenía trabajo suficiente, unos ingresos regulares y apartamentos de los que nadie los echaba.” Y añadía: “Hoy, cuando contestamos a un anuncio de trabajo nos dan cita para la entrevista, pero cuando el empleador nos ve llegar, se echa a temblar.”

El clan

La comunidad romaní más numerosa de Europa se encuentra en Rumania y cuenta con casi dos millones de personas en su mayoría sin educación escolar alguna. Más al sur, en los Balcanes, la coyuntura tampoco genera envidias. Desde el final de la guerra de Kosovo en 1999, alrededor de 560 gitanos viven en el campo de refugiados de Zitovac, en el norte de este país devastado. El campamento, situado cerca de una antigua mina de plomo ha ido envenenando poco a poco a sus habitantes, y ha habido que esperar 6 años a que la dirección de la misión de la ONU para Kosovo se decidiera –tras las presiones de las ONG- a desplazar el campamento.

En Europa del sur y del sureste se dan cientos de casos similares. Por lo general, se trata de discriminaciones provenientes de la población local. Una actitud racista que alarma poco a las autoridades, principalmente porque a día de hoy los gitanos no han logrado arbitrar federaciones organizadas a escala nacional. Cada vez que una organización o partido romaní se concede el derecho de hablar en nombre del pueblo gitano en su totalidad termina pronto siendo desacreditado. Las elites romaníes, a menudo peleadas entre sí, suelen haber tomado distancias con respecto del resto de sus semejantes. Son disputas y divisiones que se explican sobre todo por la estructura de clanes en que se organizan los gitanos y que les impide formular reivindicaciones unánimes y coherentes ante las autoridades. De este modo, éstas últimas pueden permitirse el lujo -en guisa de respuesta- de aparcar a un lado el problema limitándose a unas cuantas declaraciones de buenas intenciones.

La UE con la mano tendida

Los gitanos de Rumania, Eslovaquia y de otros países del bloque de la antigua Unión Soviética tratan de escapar de su situación de desesperación emigrando. Su destino más frecuente suele ser Canadá, Gran Bretaña o Alemania. Sin embargo, una vez llegados a su destino, esta huída desemboca muchas veces en decepción: desocupación, alcoholismo y una vida a remolque de las ayudas sociales.

Es cierto que la Comisión Europea no puede imponerle a los 25 una política de integración de los gitanos. No obstante, Vladimír Špidla, comisario europeo de empleo, asuntos sociales e igualdad de oportunidades, subrayó hace poco durante una entrevista concedida al semanario checo Ekonom, que la UE le tendía a sus nuevos Estados miembro una mano mediante el nuevo Fondo Social Europeo. Un programa de ayudas que permitiría lanzar acciones que pongan remedio a la marginación social de los gitanos. Aunque, según Špidla, el problema actual no reside tanto en la ausencia de subsidios comunitarios, sino más bien en la falta de proyectos serios por parte de las comunidades y las ONG.