Los derechos sociales, el patito feo de la democracia liberal 

Artículo publicado el 13 de Enero de 2017
Artículo publicado el 13 de Enero de 2017

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Nuestra situación no deja sitio al optimismo, y a veces los derechos sociales parecen haber pasado a mejor vida. Hoy en día, todas las miradas están puestas en las elecciones francesas, y el miedo a que el Frente Nacional se haga con el poder está latente. La desconfianza en la clase política y la globalización parece ser la principal causa de que la extrema derecha vaya ganando adeptos.

¿Qué es la democracia?

Antes de analizar la relación entre la falta de derechos sociales y el populismo, es necesario que entendamos cuál es el eje de la democracia. La definición de este concepto deja mucho que desear: no existe una sola definición de lo que es la democracia o de lo que debería ser. Podría decirse que hay dos tipos de democracia. Por un lado, nos encontramos con los defensores de la democracia liberal, aquellos que creen que la base de la democracia es la libertad. Siendo así, la democracia podría definirse como un acuerdo social en el que el Estado garantiza derechos políticos y civiles. Por ello, el papel del Estado es mínimo, sobre todo cuando entra en juego la gestión de la economía. Por otro lado, nos encontramos con los defensores de la democracia social, aquellos que abogan por una democracia que defienda los derechos sociales de los ciudadanos —es decir, todo derecho que esté relacionado con el bienestar de los ciudadanos. En ese caso, la democracía se definiría como un acuerdo en el que el Estado no solo garantiza los derechos civiles y políticos, sino también los derechos sociales.

De la democracia liberal a la democracia social...

La preocupación por los derechos sociales ha estado presente entre la elite política desde el siglo XIX, pero no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que se llegó a un consenso acerca de la importancia de tener un Estado del bienestar en condiciones para que la democracia saliera adelante. Dicho consenso surgió de la idea de que la desigualdad alimentaba el nacionalismo, lo que a su vez había originado la guerra más sangrienta de todos los tiempos. Al acabar la Primera Guerra Mundial, los países que formaban el Tratado de Versalles impusieron diversas sanciones contra Alemania, lo cual debilitó el desarrollo económico que tanto necesitaba el país. Aun así, dichas sanciones afectaron, más que nada, a los propios ciudadanos. Era de esperar que esta situación allanara el camino para que los nazis ganaran las elecciones en 1933. La población estaba sufriendo, y los nazis les dieron una razón, la leyenda de la puñalada por la espalda, y un cabeza de turco que explicara su sufrimiento a la vez que proponían recuperar la economía nacional. Dicho de otra manera, la violación de los derechos sociales fue el caldo de cultivo para los movimiento anti-democráticos.

Por lo tanto, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se hizo hincapié en la importancia del aspecto social de la democracia. En vez de quedarnos en la superficie de los derechos sociales, como si estos se limitaran a ciertos sectores de la población como los ancianos, los discapacitados o los enfermos, los derechos sociales se expandieron según una lógica de protección. Cada ciudadano debía estar asegurado ante cualquier suceso negativo que pudiera ocurrir, tales como la falta de remuneración a causa de una enfermedad o por desempleo repentino. Asímismo, se establecieron como derechos sociales básicos un salario mínimo y unas condiciones de trabajo justas. Estas medidas acabaraon con la desigualdad social entre pobres y ricos.

...y vuelta al principio

El consenso que envolvía la protección social se debilitó durante la depresión económica de los años setenta, la cual estuvo representada por dos crisis petrolíferas. El modelo económico Keynesiano dio paso al neoliberalismo, y esto supuso una vuelta a la democracia liberal. De ahí en adelante, las medidas neoliberales se han basado en lo siguiente: exclusión de la protección social, una bajada de impuestos masiva para los ricos, la desaparición de los sindicatos, liberalización, privatización, subcontratación y la rivalidad en los servicios públicos.

Tras cuatro décadas de régimen, el crecimiento económico se ha estancado. Sin embargo, el coste que supusieron dichas medidas y reofrmas neoliberales se ha repartido de forma desigual, y las clases media y baja se han llevado la peor parte. Muchos de los ciudadanos que tienen un trabajo estable tienen grandes dificultades para llegar a fin de mes. El poder adquisitivo ha disminuido. Aquellos que no tienen un trabajo estable —una gran parte de la población— tienen que enfrentarse a condiciones de trabajo precarias y vivir bajo un abuso social constante. En ambos casos, el nivel de vida ha disminuido. Por el contrario, la clase alta, que se ha estado beneficiando de las medidas neoliberales (como las bajadas de impuestos), han cosechado la mayor parte de los beneficios obtenidos en esta época. Como resultado, la desigualdad social está, una vez más, a la orden del día. 

No llueve a gusto de todos: descontento con la democracia liberal

El resentimiento contra la clase política y la globalización es el resultado de un descontento social por el estado actual de la democracia: por la democracia liberal.  Sin embargo, parece que la élite política ha dejado a un lado este descontento. Incluso los partidos de izquierdas, que debían proteger a los más necesitados, parecen estar de acuerdo en la necesidad de un gobierno neoliberal o, al menos, no les queda otra que aceptarlo. Esta situación se hizo evidente cuando Hollande gobernaba en Francia o, más recientemente, con la aceptación, por parte del partido Syriza, de las medidas de austeridad llevadas acabo en Grecia. Debido a ello, una parte del los votantes que se sentían engañados se inclinan por una figura política más extrema que les ofrezca soluciones alternativas. Y ahí es cuando el extremismo entra en juego.

Me gustaría acabar este artículo con dos observaciones. En primer lugar, el buen funcionamiento de una democracia está estrechamente relacionado con las leyes económicas y sociales de país. A la hora de diseñar dichas leyes, los políticos deben tenerlo en cuenta. Si solo se preocupan por los objetivos económicos —lo que, a su vez, implica que están ignorando los derechos sociales—, no hacen más que preparar el terreno para que surjan movimientos populitstas. En segundo lugar, y derivado del primer punto, la democracia liberal constituye una meta muy escurridiza, ya que su naturaleza liberal debilita la democracia en tiempos de estancamiento económico.

Este artículo se publicó originalmente en la página oficial de Eyes on Europe.

* | Eyes On Europe

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