Los ejecutivos también lloran: del estrés a la crisis económica

Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Unos fantasmas recorren discretamente Europa: son los ejecutivos en crisis. ¿Privilegiados, sobrepagados y mimados? Nada de eso, rebaten ellos: el desplome de la economía les ha embestido, o eso dice Joaquín Almunia, Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, que el pasado 14 de noviembre ha reabierto la polémica sobre los súper ejecutivos, proponiendo un tope para su salario

( Gianluca Constantini)"Pero qué dice de súper ejecutivos", protestan las asociaciones de mayor nivel: bajo el árbol de Navidad este año habrá menos extras –o ninguno– y más estrés, menos coches de lujo y más visitas al psicólogo. La discusión de cada día es siempre la misma: la crisis. Una crisis contra la que los ejecutivos buscan refugio: hay quien se rebela y hay quien se dirige a los especialistas, pero todos quieren que el mundo sepa que ellos –muy o al menos bastante ricos– también lloran.

De la limusina al táper

Con los datos en la mano, parece que la crisis no se salta a nadie en Eurolandia, ni siquiera a los ejecutivos. Si ya una encuesta reciente del Istat revela que los ejecutivos italianos son, junto con las amas de casa, la categoría más estresada, para agravar la situación ha llegado la crisis, con despidos y desplomes del consumo. Para Manageritalia, una asociación que representa a 33.000 directivos italianos, en 2008 el desempleo de los ejecutivos ha crecido en un 15% con respecto a 2007 y muchos –el 58% de los entrevistados– se han visto obligados a reducir sus hábitos de consumo para lograr cuadrar las cuentas. La investigación de la Asociación Mujeres y Calidad de Vida habla de un empobrecimiento progresivo que ha contagiado también a los hábitos alimenticios: con el "síndrome del desempleo" llega, hasta para los ejecutivos, el muy proletario táper, que el 25% declara llevarse al trabajo con el almuerzo preparado.

(Editions Vuibert)En Francia tampoco es mejor la situación, según cuentan sus directivos. Un sondeo hecho por Viavoice afirma que nueve de cada diez ejecutivos temen un aumento del desempleo y un tercio prevé un empeoramiento de la situación económica. Con la pobreza al acecho, el estrés –ya de por sí alto– explota, como revela un estudio de hereisthecity.com, una página de profesionales de las finanzas. El 71% de los participantes ha confesado estar más estresado que hace seis meses, el 69% dice verse afectado por síntomas como insomnio, inapetencia, dificultad para concentrarse y apatía y el 30% revela sentirse impotente frente a esta desazón. En Inglaterra los ejecutivos al borde de un ataque de nervios –solo los más ‘súper’, porque la cuenta asciende a veinte mil euros por semana– se recuperan en el Causeway Retreat, una clínica cercana a Londres. En Italia los menos ricos se consuelan como pueden: a veces, como en la Ascom de Bérgamo, dando clases de Zen para ejecutivos; otras –según dice un tercio de los encuestados en el informe de la asociación Help Me– con rezos y oraciones.

El ‘open space’ me mata

Si los ejecutivos sufren por toda Europa, solo en Francia su malestar se ha convertido en un grito mediático, lo que dice mucho sobre un trabajo difícil más allá de la crisis actual. El mérito es de dos sociólogos, David Courpassom y Jean-Claude Thoenig, que en Quand les cadres se rebellent han analizado las diversas formas de resistencia que tienen los directivos contra sus propias empresas. A través de entrevistas a personal de alto potencial de grandes empresas, los autores han llegado a la conclusión de que "los ejecutivos se rebelan mucho más a menudo de lo que se pueda imaginar, recordando a las empresas que no pueden violar impunemente su parcela privada". Los "rebeldes" rechazan ascensos, dimiten, buscan trabajo sin beneficio con tal de no someterse a los dictados del ‘management’. Este análisis lo confirman Alexandre des Isnards y Thomas Zuber –treintañeros, licenciados por el prestigioso Sciences Po de París y hoy consultores de empresa– que en L'open space m'a tuer (El open space me va a matar) denuncian el control social que hay oculto detrás de las formas “ligeras" de management. Se tutean, se trabaja –con frecuencia rumiando un inglés lleno de fowardare, timesheet y brief -mano a mano en los "open space" (tipos de oficinas sin muros y diáfanas) donde el control ‘desde arriba’ parece que no existe... es solo una impresión: la presión es la misma solo que, como decían los autores en el Nouvel Observateur el pasado dos de octubre, se presenta como una "dictadura del buen humor y de la convivencia".

Cuando uno lee el foro de los lectores se comprende en seguida que el libro ha dado en el clavo. Escribe Natalie: "Trabajo desde hace dos años en un open space y ya no puedo más con tanta promiscuidad. Siempre hay líos y esto provoca un efecto de estrés en cadena". "¡Estar en un open space es como trabajar en los tiempos de Zola!", lanza Mathilde, mientras hay quien, como Bruno, propone incluso quemarlos porque "hoy, delante de nuestros ordenadores, somos como los trabajadores textiles del siglo diecinueve delante de los telares". Ejecutivos de todo el mundo, uníos, tal vez comenzando vuestra revolución de terciopelo desde Facebook: el grupo ‘L'open space m'a tuer’ cuenta ya con 853 miembros.