Los “emigrantes por accidente” de Irlanda

Artículo publicado el 20 de Enero de 2012
Artículo publicado el 20 de Enero de 2012
Mientras miles de jóvenes huyen de Irlanda a medida que se acentúa la depresión, otros, que tenían la intención de regresar, se han visto obligados a permanecer en el extranjero. Un escritor nos cuenta cómo “se le cerraron las puertas” tras mudarse a Bruselas y Pekín.

Lehman Brothers se hundió la misma semana que aterrizamos en Bruselas. Quince días después, el gobierno irlandés firmó un cheque en blanco para avalar la deuda de los bancos del país. Estos acontecimientos parecían interesantes, pero accesorios a nuestros planes. Pensamos que se trataba de malas noticias para los banqueros; también, de dificultades para los políticos. ¡Menos mal que no somos ni ricos ni famosos! “Dos cafés, un scone y un brownie, por favor”. Estábamos sentados compartiendo un periódico británico en una cafetería belga de camareros bigotudos de mediana edad. Las noticias hablaban de un terremoto económico, pero nosotros actuábamos como el público que ve desencadenarse una terrible tragedia en alta definición, sin darnos cuenta de que formábamos parte de la obra.

Veinteañeros con una falsa sensación de control

Éramos expatriados irlandeses. Nos encontrábamos en el extranjero porque así lo habíamos querido. Nos habíamos marchado de un Dublín en auge en 2007. Solo queríamos probar a vivir en una cultura extranjera y regresar a casa cuando estuviésemos satisfechos. Esa era nuestra intención y apenas nos dimos cuenta de que la puerta de vuelta a Irlanda se estaba cerrando. La situación ha cambiado mucho en los 30 meses que han transcurrido desde entonces, y una temporada en el extranjero que podía llegar a su fin cuando así lo decidiésemos se ha transformado en un exilio económico impuesto, que se prolongará durante un tiempo indefinido, si no es permanente. Hemos emigrado. Por accidente. A merced de los mercados de bonos.

Leer también "Irlanda y su nueva diáspora, la de la cuchara de plata" en cafebabel.com

Esta historia se está volviendo bastante habitual. Un amigo nuestro que es investigador en química trabajó en los Países Bajos y EEUU después de doctorarse, pero no sabe nada de la economía basada en el conocimiento de Irlanda. No hay trabajo en sus universidades. Otro amigo con experiencia en el sector de la energía eólica ha tenido que quedarse a más de 8. 000 kilómetros de las costas de nuestra “isla de la innovación”. En 2007, éramos veinteañeros con una falsa sensación de control sobre nuestras vidas. Ahora, en 2011, ya tenemos más de 30años, y nos sentimos a merced de fuerzas foráneas: los mercados de bonos, los burócratas de Bruselas, los financieros de Fráncfort. Tampoco estamos tan mal, eso lo reconozco. Debería estar agradecido por haberme marchado antes de la estampida y sentir alivio de haber esquivado la trampa de la deuda. Sin embargo, si me dedicase a enumerar las cosas buenas, no me quedaría apenas tiempo para quejarme.

De expatriado a emigrante

Mi pareja y yo teníamos la esperanza secreta de que, si pasábamos unos años en el extranjero, cuando regresásemos a Dublín los precios de la propiedad ya no estarían por las nubes. Y ese deseo sí se ha cumplido. Lo que no habíamos previsto es que no se trataría de una caída aislada. El precio de la vivienda no solo ha retrocedido a un múltiplo normal de una renta media, sino que ha arrastrado con él todo y a todos. Quizá pronto podrá adquirirse una casa pequeña a un precio razonable, pero nada puede describirse como asequible cuando las perspectivas de trabajo de uno han caído en picado.

o ir en busca de un nuevo destino

El cambio de mentalidad de expatriados a emigrantes se produjo cuando reconocimos que nuestra actitud temeraria de creernos capaces de arreglárnoslas en todo momento carecía de fundamento. Durante un tiempo, parecía que decidir dónde vivir, si tener hijos o no, o qué almorzar era más prioritario que saber de dónde obtendríamos nuestro siguiente sueldo. Éramos tan despreocupados en este aspecto —solo habíamos conocido el pleno empleo— que habíamos dejado dos puestos de trabajo perfectamente aceptables en el verano de 2007 para permitirnos el lujo de viajar durante un año. El hecho de que el trabajo productivo pueda echarse por la borda para irse a la aventura y “en busca de experiencias” es una señal inequívoca de una autocomplacencia insostenible.

Criar a un belga

Sin ninguna razón en particular, pusimos rumbo a China. Parecía un destino tan innecesario como cualquier otro y, por lo tanto, era justo lo que buscábamos: se trataba de un lugar totalmente ajeno a nosotros y sus caminos no eran tan transitados como las sendas para mochileros de Tailandia. Satisfacía nuestras ansias de novedad, así como nuestro esnobismo en lo que respecta a las vías demasiado frecuentadas. Ganábamos 100€ a la semana enseñando a tiempo parcial en una universidad en los confines más remotos de la expansión de cemento de Pekín, lo que me dejaba tiempo para escribir un libro sobre los grandes cambios que se estaban produciendo en China. Un avezado crítico señaló que la tradición de los escritores irlandeses que trataban el tema de las dificultades de la vida del emigrante se había sustituido por relatos sobre viajes basados en las apetencias de quienes se iban al extranjero por capricho. “Tiene razón: las cosas han cambiado”, admití, sin darme cuenta de lo efímera que resultaría la aparente libertad de nuestra generación. Cuando aterrizamos en Bruselas, desempleados, pero todavía con algo de una confianza digna del Tigre Celta, desafiamos a la recesión mundial para buscar trabajo y forjarnos una vida aquí hasta que quisiésemos volver a vivir en Irlanda.

Desafiamos a la recesión mundial para buscar trabajo y forjarnos una vida aquí

Cada día, desde septiembre de 2008, la realidad se ha ido haciendo eco sin remordimientos. La ola se aleja y no da muestras de regresar. Cumplimos los inquietantes 30. La turbulencia temporal sobre la que leímos en aquella cafetería belga se ha convertido en un ruido de fondo permanente. La perspectiva de regresar a Irlanda cada vez parece más irreal (lo que, a su vez, la vuelve más deseable). A pesar de la complejidad creciente del mundo en que vivimos, se nos planteó una elección muy simple: podíamos continuar con nuestra vida en Bruselas o despertarnos a los 40 aún esperando una buena racha que nunca llegaría. Así que tuvimos un bebé. Ya sabéis, para entretenernos. Eso lo complica todo, pero se trata de una complicación casi siempre maravillosa. Sin embargo, la alegría acarrea también ansiedad. ¿Y nuestra hija? ¿Se sentirá irlandesa o belga? Muchos belgas no se sienten belgas, así es que ¿por qué íbamos a cargar a nuestra hija con ese dilema? No obstante, regresar a Dublín sería un negocio tan redondo que no nos atrevemos ni a considerarlo como opción, y por eso tenemos que quedarnos aquí. A nuestros amigos de los EEUU, Alemania e Inglaterra les ocurre lo mismo. La situación dejará de empeorar en Irlanda algún día. Solo espero que eso ocurra antes de que nuestras raíces aquí sean demasiado profundas como para arrancarlas.

Fotos: mar(cc) [noone]/ lowfi.camaiani.it/; sentarse en las casas (cc)citx/squarevision.livejournal.com/  flickr