Los “Érase una vez...” de Ludmilla Petrushevskaya

Artículo publicado el 12 de Febrero de 2013
Artículo publicado el 12 de Febrero de 2013
Las historias de la renombrada escritora rusa Ludmilla Petrushevskaya empiezan tal y como tienen la intención de continuar: con frases concisas en las que los personajes, ya sea saliendo de una historia de periódico local o de una pesadilla atemporal, están unidos por un simple acto humano y, a la vez, horripilante.

“Érase una vez una mujer cuyo hijo se ahorcó”, “Érase una vez un padre que no podía encontrar a sus hijos”, “Érase una vez una mujer tan gorda que no cabía en un taxi y cuando entraba en el metro ocupaba todo el ancho del ascensor” o “Érase una vez una mujer que tenía una hija diminuta llamada Gotita. La niña era solamente una gota minúscula de bebé y nunca creció”. Desde las líneas de apertura macabras y fascinantes de There Once Lived A Woman Who Tried to Kill Her Neighbour’s Baby (en castellano, Érase una vez una mujer que intentó matar al bebé de su vecino), publicado por primera vez en Estados Unidos en 2009, Petrushevskaya desentraña una serie de fábulas que oscilan entre un realismo desolador y un brillante como desconcertante surrealismo. Como en las historias de James Joyce en Dublineses (1914), nos escabullimos por las calles y no encontramos ni voces ni alcohólicos en ninguna parte. Entre Moscú y el campo, las vidas llegan a su fin súbitamente en asesinatos absurdos, gatos inteligentes que mastican cuerpos humanos y pequeñas almas envueltas en asfixiante y vapuleante amor maternal.

Petrushevskaya divide sus diecinueve historias en cuatro categorías: Songs of the Eastern Slavs (Hijos de los eslavos del este), Allegories (Alegorías), Fairy Stories (Cuentos de hadas) y Requiems (Réquiems). Cada historia es corta, precisa, está cuidadosamente estructurada y, aun así, llena de maleables, asimétricos y mutantes horrores como los dos bailarines de ballet que, en una única historia, se funden en un solo cuerpo. “Nina me invitó a su casa y fue ahí donde vi cosas raras”, cuenta una frase de una de las fábulas. Es con estos simples giros como Petrushevskaya diseca las curiosidades expuestas a los lectores, dándoles así la oportunidad de discernir lo real de lo raro y de lo que se esconde más allá de la perspectiva de espejo de su narradora. En la historia breve There’s Someone In The House (Hay alguien en la casa), el verdadero terror es que el intruso “ni siquiera está teniendo cuidado. Alguien ni siquiera está ya tratando de esconderse”.

Nació en Moscú en 1938.

La autora, Ludmilla Petrushevskaya, nació en Moscú en 1938. Sus historias breves se publican desde hace décadas, aunque el reconocimiento de la crítica internacional no ha llegado hasta hace poco. Su escritura fue oficialmente desaconsejada durante la era soviética, a pesar de que, en sentido estricto, esta es solo periféricamente política. Sin embargo, este sentimiento de inquietud y crueldades constantes en los hogares y las vidas de los rusos sobresalía demasiado en el deseo del Estado de una visión socialista utópica. Aunque los censores soviéticos y los reguladores de estilo viesen su enfoque con malos ojos, sus historias se convirtieron en una fascinante ventana a través de la que echar un vistazo a los estratos de la vida diaria rusa, en la que los mitos premodernos crecen como vides en las aceras de los bloques de apartamentos.

Según apuntaron los traductores estadounidenses Keith Gessen y Anna Summers en la introducción de la edición publicada por la casa británica Penguin Books, “de la misma manera que Solzhenitsyn reveló al mundo el interior de los inmensos campos de prisioneros, lo hizo Petrushevskaya describiendo por primera vez el estrecho apartamento soviético en la noche de bodas, donde aparece el peligro no solamente del fracaso sexual, sino también el de la suegra borracha”. Las historias de Petrushevskaya pueden parecer tan incesantemente deprimentes, haciendo aparecer la clase de crueldad constante y sin sentido de los personajes de Edward Gorey —un universo indiferente poblado a partes iguales por atormentadores y locos—, que hacen surgir la pregunta de si merecen la pena ser leídas y qué valor puede extraer el lector de ellas. Aun así, su habilidad como escritora se halla en la creación de momentos de límpida esperanza, más brillantes incluso por su escasez, como en la historia de la familia que ganaba a duras penas su exigua existencia, temblorosos y de ojos blanquecinos, comiendo champiñones, margaritas y consumidos por sus propios pensamientos. Las historias de Petrushevskaya pueden tener muchas veces la trama de una pesadilla, pero también dejan espacio a los sueños.

Imágenes: portada, © cortesía de Penguin Books; texto (cc) David Shankbone/Wikimedia.