Los Estados Unidos que tenemos y los que necesitamos.

Artículo publicado el 6 de Mayo de 2003
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Artículo publicado el 6 de Mayo de 2003

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La crisis iraquí nos enseña algo: el mundo necesita una nueva alianza entre los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa.

Algunos dicen, tanto dentro como fuera de la Convención sobre el futuro de la Unión, que la política exterior europea será antiamericana o no será. En realidad, la crisis iraquí no sólo falsea esta tesis de manera convincente, sino que además nos permite afirmar con mayor fuerza que ninguna política exterior común puede ser construida sobre la base de un enfrentamiento entre la UE y Estados Unidos.

Un espacio que se abre

Otros dicen que la guerra en Irak ha dividido Europa y ha unido a los europeos. Pero una opinión pública de masas existe únicamente si se alimenta de conocimiento y debate: la opinión pública se forma sólo si se informa. Pero quizás las manifestaciones pacifistas no hayan sido la reacción instintiva de quien tiene miedo de la guerra (algo totalmente comprensible), una reacción pre-política, típica de un espacio público europeo que reclama información, debate, verdad. Los europeos gritaban PACE, PAIX, PEACE, PAZ, pero querían simplemente entender algo más, tener la posibilidad de conocerse mutuamente y de expresarse con una sola lengua.

Dos campos, y luego Italia

La política, o las políticas europeas sobre la cuestión iraquí han estado dominadas por dos tendencias y por una posición intermedia y efímera.

La línea franco-alemana (y belga) es la que objetivamente (o por lo menos así lo pareció durante un tiempo) ha encarnado las esperanzas del así llamado pueblo de la paz, sin pensárselo dos veces antes de buscar la confrontación con la administración Bush.

Reino Unido, España y los países del antiguo bloque comunista han preferido, al contrario, y con objetivos diversos, participar o dar su apoyo a la coalición que se disponía a liberar Irak de la dictadura de Saddam Hussein.

Y al fin, aislada, la línea seguida por el gobierno italiano: una no-beligerancia dividida entre la fidelidad trasatlántica, la fidelidad trastiberina (con el Vaticano) y la debilidad frente a la calle, creadora de los peores desastres de la política exterior italiana, desde el primer conflicto mundial hasta hoy.

El resultado de todo ello ha sido el estancamiento de la PESC, la imposibilidad no ya de alcanzar una posición común y alternativa a las posiciones iniciales, sino también de llegar al compromiso más banal, más allá de frases retóricas y vacías de significado político.

Al margen de la historia

Quizás sea “políticamente incorrecto” decirlo, pero mientras en Bruselas todo el mundo se dividía, la historia seguía avanzando inexorablemente, con la liberación y las muertes de Bagdad, con las esperanzas y los temores del mundo árabe, con la potencia invencible y los errores inevitables del ejercito americano, con las reflexiones y las ambiciones de los “think tanks” neoconservadores americanos, con una brecha cada vez más profunda entre el peso económico de Europa y su inexistencia política.

La gran cuestión que han planteado los americanos en Irak no trata sobre el desarme, cuestión enterrada ya antes de las armas de destrucción masiva y de los heroicos inspectores de la ONU.

El gran problema no es el de un imperialismo militar americano al que Europa no podrá responder más que convirtiendo sus gastos sociales en gastos militares, una paradoja realmente curiosa para quien se reclama pacifista en nombre del antiimperialismo.

La cuestión de fondo no es el “derecho internacional” que tanto un campo como el otro dicen defender (cuánto sabía, Hobbes!) según les conviene en cada momento: por otro lado, la ONU no necesita ser reformada porque estén en ella los Estados Unidos, sino porque el 60% de sus miembros no son democracias y violan su espíritu fundador cada día que pasa.

Un planeta democrático

Los Estados Unidos han puesto al mundo y a Europa frente a la cuestión de una nueva fase de democratización de nuestro planeta. Una nueva democratización que sigue a las post-coloniales, a las post-bélicas y a las post-guerra fría. Pero mientras en Estados Unidos se habla de democratizar Oriente Medio, en Europa se defiende la Política Agraria Común (PAC) y se traza la nueva frontera meridional con el eufemismo de Asociación euro-mediterránea.

La opción antiamericana no quiere ver las ventajas que para Europa tendría un proceso acelerado y efectivo de democratización de la orilla sur del Mediterráneo, hace presión para la creación de un núcleo duro para la política exterior común dominado por el eje franco-alemán y destinado a ser un mero amplificador de intereses nacionales, empuja a Europa fuera de la historia, tal y como nos enseña la crisis iraquí.

No necesitamos otra América, la que tiene que cambiar es Europa. Los Estados Unidos que tenemos son los que intentan exportar la democracia y defender sus propios intereses en el mundo sin renunciar al uso de la fuerza. Los Estados Unidos que necesitamos son los Estados Unidos de Europa, protagonistas en los procesos de democratización, capaces de desarrollar los medios y las políticas no-violentas, capaces de pasar de retaguardia militar del mundo occidental a vanguardia no-violenta para la liberación de los millones de hombres y mujeres oprimidos por regímenes que nuestra querida “comunidad internacional” sigue financiando.

Todo ello será posible sólo si Europa se une y vuelve a dialogar con América, sólo si el fin de la guerra fría empuja a un integración cada vez más estrecha entre Europa y la Alianza Atlántica.