Los europeos, excluidos de las presidenciales en Francia

Artículo publicado el 16 de Abril de 2007
Artículo publicado el 16 de Abril de 2007

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La mayoría de europeos que residen en Francia no puede votar en las elecciones presidenciales. No obstante, tienen una opinión formada sobre el asunto, y critican el tono nacionalista de la campaña electoral.

“Llevo pagando impuestos aquí desde hace 21 años, pero no tengo derecho a votar. ¡Es absurdo!”. Cuando Richard Sammel habla de las elecciones presidenciales francesas, se pone furioso. Sammel vive en Francia desde los años ochenta, y sus dos hijas van allí a la escuela, pero como no quiso renunciar a la nacionalidad alemana, no se le permite votar en las próximas elecciones.

Sammel, de 46 años, se define como un “actor europeo”. Aunque natural de Heidelberg, siempre ha encontrado en Europa las mejores ofertas. Ha vivido seis años en Italia y uno en España e Inglaterra; y todavía hoy recorre Europa buscando papeles.

En el espectáculo de la batalla electoral, el actor Sammel es solo un espectador. Mientras la socialista Ségolène Royal trata de ganar votantes con el eslogan “La France Présidente” (“La Francia Presidenta”), el antiguo ministro del Interior, el conservador Nicolas Sarkozy, da mucho que hablar por las exigencias de su rígida política de inmigración y de seguridad.

“No tienen ningún mensaje”, lamenta Sammel. En las elecciones de 2005 en Alemania las cosas eran muy distintas. Entonces las disputas se centraron en la reforma del mercado laboral (ley Hartz IV). Se podía estar a favor o en contra. ¿Pero ahora? El único mensaje de Ségolène Royal es: “Soy una mujer”. Y las soflamas de Sarkozy sobre el problema de los suburbios no son más que una táctica para atraer a los votantes de la extrema derecha.

Votar con los pies

En 2004 vivían en Francia, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos francés (INSEE), alrededor de 1,9 millones de europeos. Estos constituyen el mayor grupo de inmigrantes, por delante de la población norteafricana. Sin embargo, existen ciertas dudas acerca del número exacto, puesto que desde 2004 los ciudadanos de la Unión Europea ya no necesitan permiso de residencia para establecerse en Francia. Lo único seguro es que la mayoría de europeos no poseen la nacionalidad francesa, y por consiguiente no tienen derecho a votar en las elecciones presidenciales.

Algunos, por lo tanto, votan con los pies. Como Sabine, una belga de 26 años. Cuando el ultraderechista Jean-Marie Le Pen llegó por sorpresa a la segunda vuelta de las presidenciales de 2002, se sumó a las numerosas manifestaciones contra Le Pen. “Aquella era la única posibilidad que tenía de expresarme”. Por lo general a los europeos no se nos tiene en cuenta”, afirmó hoy Sabine. Ella nació en Francia, y como sus padres son belgas, tuvo la posibilidad de elegir la nacionalidad francesa cuando cumplió los 18 años, pero no quiso perder la belga.

Aunque no puede votar, su mayor deseo es que los ciudadanos puedan participar en la política. Sabine trabaja en el departamento de prensa de una alcaldía del suburbio de París. “El clientelismo que allí se ejerce me saca de quicio. La alcaldesa hace regalos a muchos grupos de presión”, explica con pena. “Esto no tiene nada que ver con la democracia”.

Sin embargo, cree que Ségolène Royal es distinta. Sabine asistió a un debate ciudadano previo a la campaña electoral organizado por la candidata socialista, y en él se mostró muy segura. “Fue muy interesante y apasionado. Ségolène está cerca de los problemas reales de la gente”.

La bandera tricolor frente a la estrellada

Que la campaña electoral francesa gire en torno a la identidad nacional y no se ocupe de Europa, como cabe esperar, no es bien recibido por los europeos que viven en Francia. Nicolas Sarkozy ha anunciado la creación de un “Ministerio de Inmigración e Identidad Nacional” en caso de ganar las elecciones. La socialista Royal, en vista de ello, ha pedido a los franceses que cuelguen una bandera tricolor en sus casas. “En Inglaterra, Italia y Alemania, cuando menos, se habla de Europa”, lamentó Richard Sammel. “Debemos entender de una vez para siempre que no tenemos por qué renunciar a la identidad cultural si somos europeos”.

“Los franceses parecen tener ahora mucho miedo”, apunta Martina Colombier en referencia al tono nacionalista de la campaña electoral. Martina, una austriaca de 48 años que vive en Francia desde hace 20, considera la campaña electoral “penosa. Se habla mucho, pero no se dicen cosas concretas. Aguas turbias en las que todos nadan y solo se preocupan de no hundirse”, señala con punzante ironía esta profesora de alemán. “Como la gente no es capaz de ponerse de acuerdo en nada más, enarbola la bandera tricolor y toca la Marsellesa”.

Asimismo, las exigencias de Sarkozy y Le Pen respecto al endurecimiento de la política de inmigración y de seguridad no han sido bien acogidas por los inmigrantes europeos con los que hablamos. Aunque este rechazo no es compartido por todos. Según un estudio del Instituto Ifop, el 17% de los electores de origen italiano votarían a Le Pen. En el caso de los inmigrantes españoles y portugueses la proporción se sitúa en el 11% y el 8% respectivamente.

En los años sesenta entraron en Francia muchos ciudadanos procedentes sobre todo de los países pobres del sur de Europa, con el objetivo de trabajar en la próspera industria francesa. Para ellos, así como para sus hijos y nietos, ya no es ningún tabú votar a la derecha. Muchos de ellos están a favor de la adopción de medidas rigurosas en los suburbios y tienen miedo de que otro inmigrante pueda disputarles su lugar en la sociedad.

Sarkozy es peligroso

“Sarkozy quiere excluir a la mitad de la sociedad o vivir a expensas de ella”, piensa Guy Benfield (en la foto). “Es como Margaret Thatcher: hábil y peligroso”. Guy tiene 37 años y hace ocho que vive en París, donde trabaja para una página de internet. Ha trabajado en Holanda e Italia y afirma que se siente “más europeo que inglés”. Como la antigua Primera Ministra británica, Sarkozy intentará llevar a cabo reformas liberales en Francia. “Si tiene éxito el índice de desempleo en Francia aumentará de forma alarmante, tal y como ocurrió tras las reformas de Thatcher”, augura el joven inglés.

Su compatriota David Spencer no piensa igual. Aunque él también es de izquierdas y no desea tener a Sarkozy como presidente, cree que “sus ideas mejorarían las condiciones económicas en Francia”, opina Spencer, que trabaja en la industria publicitaria. El británico critica sobre todo el límite de 35 horas de jornada laboral implantado por el gobierno izquierdista de Lionel Jospin a finales de los noventa. “Francia, en comparación con Inglaterra, está demasiado burocratizada”.

Martina Colombier tampoco está en contra de ciertas reformas. Las críticas de la profesora de alemán se centran sobre todo en la Carte Scolaire, que obliga a escolarizar a los hijos en el colegio más cercano al domicilio familiar. “Todo el mundo sabe que los padres ricos llevan a sus hijos a escuelas privadas”, afirma Martina. “Sería mejor decir: ‘somos un país en el que existen diferencias’, en lugar de engañarse permanentemente, pero los franceses creen en los ideales de la igualdad y la fraternidad; y cuando les digo que la realidad es distinta, ellos me dicen: ‘Tú, como extranjera, no lo puedes entender”.