Los nuevos muros de Europa, 25 años después de Berlín

Artículo publicado el 5 de Noviembre de 2014
Artículo publicado el 5 de Noviembre de 2014

Hace  años caía el Muro de Berlín pero Europa está aún dividida: el mercado de trabajo y la inmigración clandestina crean divisiones en el interior del continente y respecto a sus vecinos.

Tenía menos de cuatro meses cuando tuvo lugar unos de los principales acontecimientos históricos del pasado siglo: la caída del muro de Berlín. Soy de Nápoles, uno de los principales puertos europeos en el Mediterráneo: es tanto un muro como un puente entre Europa y otras muchas culturas y sociedades. Escribo para intentar responder a una simple pregunta cuyas respuestas son, por el contrario, realmente complejas: ¿hay otros muros que derribar en Europa tras la unión de las dos Alemanias?

En el curso de los 25 años que han transcurrido desde aquel extraordinario acontecimiento, Europa ha desarrollado una fuerte cohesión en lo que respecta a los principales sectores de la vida comunitaria pero, a pesar de los notables éxitos, el camino hacia un continente sin muros sociales, políticos, culturales y económicos está aún lleno de espinas y es previsiblemente largo. En realidad, hay aún muchas fracturas que curar tanto entre ciudadanos europeos como entre el viejo continente y los países vecinos, en la perspectiva de un futuro cambio recíproco de personas e ideas a traves de las fronteras.

Por un lado, las instituciones europeas y los gobiernos  nacionales deben trabajar junto a la sociedad civil con el objetivo de tener un panorama más equitativo para las iniciativas de cada ciudadano. Por ejemplo, aunque la Unión Europea reconoce y garantiza la mobilidad de los trabajadores entre los Estados miembro, un mercado de trabajo más libre y menos complicado  podría tener un papel clave a la hora de resolver los problemas, como el desempleo, que golpean sobre todo a la Europa meriodional. Por otro lado, todos deberíamos, partiendo de nuestra vida cotidiana, trabajar para construir un sentido y arraigado sentimiento de ciudadanía común, que podría crear una Europa privada de cualquier barrera real y mental.

Por tanto, mi generación está llamada a enfrentarse a uno de los escenarios más complicados entre nuestro continente y el de nuestros vecinos, tanto por el este como en el Mediterráneo. Nápoles es el marco ideal donde vivir para entender las oportunidades y los retos que el "mare nostrum" constituye para nosotros. De hecho, la enorme cantidad de intercambios entre las dos orillas, el flujo de inmigrantes hacia Europa ha aumentado constantemente debido a las recientes crisis políticas en el Norte de África. Tenemos la difícil tarea de garantizar, de forma prioritaria, los derechos humanos de los refugiados y de construir un abanico de oportunidades para ellos, una vez que han alcanzado nuestros puertos. Desde 1998, más de 20.000 personas; 20.000 hombres, mujeres y recién nacidos; 20.000 familias, nombres, historias, amores y amistades, se han hundido en su camino a Europa y, por este motivo, tenemos el deber de tomar una posición respecto a esta cuestión.

El problema principal referente a la inmigración en la Unión Europea es el hecho de que cada miembro tiene su propia legislación y la Unión solo puede crear directrices que, en muchos casos, han mostrado su debilidad debido a la falta de poderes vinculantes. Alemania, por ejemplo, en su calidad de economía principal y más fuerte de la Unión Europea, consiente a poquísimos inmigrantes obtener la ciudadanía. En realidad, en Alemania no existe una legislación completa en materia de inmigración y los inmigrantes de tercera generación (nietos de inmigrantes, nacidos en Alemania) tienen la posibilidad de obtener la ciudadanía tras un largo y fatigoso procedimiento burocrático, solo una vez hayan alcanzado la mayoría de edad. Las personas que quieren obtener la ciudadanía alemana, dentro del espacio de Schengen, deben garantizar unos ingresos mínimos de 85.000 euros al año y tener un pasaporte. En breve, esto representa un filtro significativo para reducir la inmigración clandestina.

España, al contrario, que tiene una alta tasa de desempleo y un escaso rendimiento de la industria y del PIB, recibe muchos más inmigrantes, los cuales representan un 12% de su población. La apertura del expresidente Zapatero a través de sus políticas sociales permitió a los inmigrantes el derecho a la educación y a la asistencia sanitaria y puso en marcha una política en el mercado inmobiliario que  terminó con el estallido de una burbuja financiera catastrófica. La crisis de los últimos dos años y la llegada del presidente Rajoy, sin embargo, ha disminuido los niveles de asistencia y el flujo migratorio se ha invertido, dado el alto nivel de desocupación. Italia, entre los países más presentes en estos flujos, es el quinto país más grande de Europa respecto al número de residentes extranjeros, que representan el 7% de la población: casi 4,5 millones de personas. Jurídicamente hablando, hay cuatro normativas diferentes que limitado progresivamente el flujo de inmigrantes en el país. La ley 946 de 1986 (que otorga iguales derechos a los trabajadores provenientes de terceros países), la ley Martelli en 1990 (que limitaba el flujo de inmigrantes pero regularizaba a 200.000 clandestinos ya presentes en Italia), la ley Turco-Napolitano (que crea lso centros de estancia temporal) y, finalmente, la tan discutida ley Bossi-Fini, que introduce la posibilidad de expulsión inmediata.     

En conclusión, espero sinceramente que el eco de aquel día inolvidable impulse a mi generación a destruir todos los muros que aún obstaculizan a Europa en su camino a convertirse en un ejemplo de comunidad sin barreras. Si tenemos éxito en esta difícil tarea, daremos vida a un nuevo mundo en el que cada uno tendrá libertad para compartir sus experiencias, ideas y emociones sin que ningún tipo de muro impida a su mente fluir libremente.