Los países Bálticos enamorados del Far West

Artículo publicado el 30 de Noviembre de 2006
Artículo publicado el 30 de Noviembre de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

El 28 de noviembre, George W Bush visitó Estonia como prueba de las estrechas relaciones del Báltico con los EE UU.

Fue la primera vez que un presidente norteamericano visitaba Estonia. Bush visitó primero Lituania (2002) y después Letonia (2005), y ello, a pesar de que Estonia se había esforzado por lograr una visita antes. Por fin ha sucedido: un poco antes de la cumbre de la OTAN los días 28 y 29 de noviembre en Riga, Bush hizo una pequeña parada en Tallin. Allí se encontró con el “americano con pajarita”, como llaman sus opositores al nuevo presidente, Toomas Hendrik Ilves. Durante la ocupación soviética de Letonia, Ilves fue profesor en universidades norteamericanas.

Los habitantes de Tallin se alegraron poco por la visita, entre otras cosas porque por motivos de seguridad, toda la ciudad y los comercios tuvieron que detener su actividad. Ilves, por el contrario, se alegró. Tras su elección el 23 de septiembre de 2006, se ha propuesto asegurar a Estonia un puesto en la escena internacional. Según Ilves, Estonia “aún no pertenece a los Estados europeos que son tomados en serio”. Se trata de un problema muy relacionado con la Historia de los Estados bálticos.

Objetos de la Historia

Estonia, Letonia y Lituania se encuentran en el noreste de Europa, a orillas del mar Báltico. Aquí se cruzan Oriente y Occidente. A causa de su posición estratégica, el Báltico estuvo en el ámbito de interés de las grandes potencias europeas. Los estonios, los letones y los lituanos han sido rara vez actores, sino más bien objetos de la Historia. En 1991, estos tres países lograron por segunda vez en su Historia la independencia. Desde entonces, están decididos a conducir ellos mismos su propio destino de una vez por todas.

Sin embargo, tras cuarenta años de “sovietización”, en Estonia hay un 30% de rusos. Ni Estonia ni Rusia se han comportado con sensibilidad hacia las minorías rusas en Estonia. Las familias rusas, que habían llegado tras la anexión del Báltico por parte de Stalin, fueron privadas de la nacionalidad estonia y debieron acordar permisos de residencia. De esta manera, la minoría rusa fue excluida del referéndum de 2003 sobre el ingreso en la UE de Estonia.

El Kremlin ha hecho ahora de esta minoría su caballo de Troya y trata de influir sobre la política de los Estados bálticos. Moscú encontró en Bruselas oídos a sus reclamaciones. Para no amenazar su ingreso en la UE, a Estonia y Letonia no les quedó más remedio que suavizar su política respecto a la minoría rusa. De otra manera, habrían debido afrontar un riesgo demasiado alto, ya que a sus ojos sólo la UE y la OTAN les protegen de su impredecible vecino ruso.

Los espíritus se dividen en el Este

Sin embargo, pueden contar con el apoyo de los EE UU. Durante las celebraciones del 60 aniversario del fin de la II Guerra Mundial, el 9 de mayo de 2005, en Moscú, el presidente Putin quiso conmemorar con sus homólogos del mundo entero “la gloria y el valor de los soldados soviéticos”. Esta reflexión despertó las iras de los tres Jefes de Estado de los países bálticos: al 9 de mayo de 1945 le siguieron los años de opresión soviética, que Moscú aún niega.

La víspera de las celebraciones, Bush hizo una escala en Riga. Allí resaltó a los letones, los lituanos y los estonios su solidaridad por los sufrimientos bajo la ocupación soviética: “Reconocemos vuestra dolorosa Historia”.

Una frase que provocó no pocos dolores de cabeza a algunos en el Kremlin. Los Estados de Europa Occidental no hicieron ninguna declaración de intenciones tan clara, y dieron así la impresión de preocuparse poco de los intereses de los miembros orientales de la UE. Un déjà-vu: durante la guerra fría, el único país occidental que se negó a reconocer la anexión ilegal de los Estados bálticos por parte de la URSS fue EE UU.

¿Americanismo ciego?

Tras el encuentro de los tres jefes de Estado bálticos con el presidente americano el 7 de mayo de 2005, la presidenta letona, Vaira Vike-Freiberga, consideró a Bush “un gran Jefe de Estado de un gran y poderoso país que se interesa por lo que ocurre aquí”.

Su independencia aún está dando sus primeros pasos; por ello, los Estados bálticos han optado con acierto por el americanismo. La orientación transatlántica de la política exterior báltica se refuerza por el hecho de que los actuales jefes de Estado de Estonia, Letonia y Lituania han vivido largo tiempo en el exilio en la otra orilla del Atlántico. El homólogo lituano de Ilves, Valdas Adamkus, dirigió en los años setenta la comisión de protección del medio ambiente americana, la EPA. Vike-Freiberga se labró en Canadá una carrera como profesora de psicología. Tras su regreso, los tres se han comprometido a defender su patria anterior y sus intereses. Frente a Rusia, pero también dentro de la UE.

(foto micro, Pingnews.com / flickr)