Los sin hogar en Polonia: yo vivo en un cuchitril, ¿y tú?

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2012
Artículo publicado el 1 de Marzo de 2012
Es difícil cuantificar el número de personas que vive en la calle. En Polonia, como en otros países, los datos no responden a la lógica de las estadísticas. Algunas estimaciones nos ayudan a darnos una idea de la magnitud de este fenómeno. El Ministerio del Trabajo y Política Social de Polonia calcula que hay entre 80. 000 y 130. 000 personas sin hogar fijo.
Según Caritas Polonia, serían alrededor de 30. 000 en el país, mientras otras organizaciones hablan de 500. 000 indigentes.

La complejidad de las cifras aumenta con la gran diversidad de situaciones surgidas con la crisis. ¿Quién es un sin hogar? ¿Aquél que duerme en cartón? ¿Aquél que calienta, en vano, una casa en ruinas? ¿El alcohólico que mendiga? A ellos no les importan las cifras. Los sin hogar polacos intentan sobrevivir, eso es todo. Sin hogar, mal alojado, en gran precariedad, trabajador pobre... tantas palabras para hablar de una vida dura. ¿La política del gobierno polaco? Invitar a la población, en periodo invernal, a llamar al 112 en cuanto una persona necesitada se asome a su ventana. En la semana más fuerte de la helada, más de 50 personas murieron de frío en el país. Al mismo tiempo, 190 personas que malviven en alojamientos precarios fueron envenenados por monóxido de carbono. Quedan los refugios de dormitorios con calefacción. Pero los sin techo se quejan del alojamiento. Son pocos los establecimientos que no tienen nada de qué quejarse; en otros sitios “nos piden dinero para poder comer- confiesa uno de ellos-no se puede jugar con la vida de las personas”.

Con las amistades y las complicaciones

En Varsovia, los sin hogar se esconden. Como en todas las aglomeraciones, la noche, las paradas del tranvía y de metro se transforman en sus dormitorios. Solo un puñado de ellos se deja ver por el centro de la ciudad. La mayor parte ha elegido un domicilio en los terrenos abandonados de la capital. Casas abandonadas, jardines colectivos baldíos, junglas de basura. Estamos en el Barrio Sur, al oeste del Vístula, el río que divide la capital polaca en dos: lado rico, lado pobre. La “merodeadora” (persona que presta asistencia a los sin hogar) que viene a su encuentro debe salir de los caminos iluminados de la ciudad y andar aún varios kilómetros. Los trabajadores sociales estacionan su automóvil y continúan a pie por el barrizal de caminos improvisados. Al abrigo de un camino, al fondo de los árboles, un jardín colectivo dejado al abandono. Aquí viven muchos sin techo. Cada uno en su casucha, remendada con lo que encuentran. Como vecinos, se organizan una vida en comunidad. Algo parecido a vida para resistir, con las amistades y las complicaciones.

En medio, la mujer que reclama paz en el vecindario“¡Ah! ¡Son ustedes! ¡Vengan a ayudarme!” Una vieja señora se acerca a la “merodeadora”, cacerola en mano. Le toman el recipiente para llenarlo con sopa de betabel. Las mejillas quemadas por el frío, la piel deslucida, las zapatillas agrietadas por todos lados, ella lleva a los trabajadores sociales al corazón de su “barrio”. Un perro no cesa de ladrar. Esta vez, no es él el que está en el centro de la discordia del vecindario, sino el animal de compañía del hombre que habita cerca. “¡Él ha dejado su animal fuera toda la noche! Yo no puedo ocuparme de mi perro y del suyo, ¿comprende? ¡Este hombre siempre lo complica todo!” Detrás de su hombro, el compañero de la vieja señora asienta con la cabeza. Un lío de vecindad, como conocemos todos. Pero, aquí, la pareja vive en condiciones execrables. Al pie de su casucha, desechos de todo tipo: tablas de madera, latas de conservas, bolsas de plástico, objetos recuperados, baratijas. Ellos no sobreviven más que con la ayuda de los “merodeadores” que les llevan comida y les proponen asistencias en los refugios. Sin embargo, ellos quieren organizar algo parecido a una vida para dar un sentido a todo esto.

“¿Que cómo vivo aquí? ¡Gracias a mi carrito!”

"Nidos de microbiosy otras enfermedades congeladas por el frío del invierno"A unos metros de allí, Jadyslaw recibe algunos amigos en su casa. La acogida es austera, pero agradable. En el interior de la casucha, una radio toca la música del momento. Los “invitados” se amontonan los unos sobre los otros alrededor de un vaso. Bancos de madera sobre los cuales son tendidas algunas mantas recuperadas. Para tapar el viento, una gran cortina de lana forra la puerta de la entrada. “Aquí vivimos dos, pero hoy hay más gente. Tengo invitados”, explica el hombre con el centenar de arrugas en el rostro. “¿Que cómo vivo aquí? ¡Gracias a mi carrito! Recojo las latas y botes de conservas de la calle o de los contenedores de basura. Y las revendo”. Jadizlaw es pagado 4 złote por kilo de metal. Menos de un euro. Atraviesa la ciudad parte por parte para recoger hasta 20 kilos de conservas: “puedo hacer que entren muchas cosas en mi carrito”. Basura por todas partes alrededor de él. Nidos de microbios y otras enfermedades contagiosas congeladas por el frío del invierno.

Klaudia, su compañera de vida, su perro y su gato no viven en el jardín colectivo. Ellos viven en una vieja construcción abandonada. Una casa en ruinas podría pronto derrumbarse. Residen ilegalmente e intentan sobrevivir al invierno encontrando madera para calentarse, con el temor de ser perseguidos por las autoridades de esta vivienda abandonada. “Es muy duro vivir así. Debo encontrar madera para calentarme. Ya casi no hay nada. ¿A dónde voy a buscarla? A la basura, no lejos. A veces recojo una tabla, pero apenas alcanza para calentarse un día entero”. La “merodeadora” le lleva también sopa, conservas y pan, pero no todos los días. ¿Entonces, cómo vivir? “Para comer, pues, reviso los contenedores de basura. No siempre llego a encontrar algo, pero a veces caigo sobre algunos restos”. La frágil Klaudia pelea todos los días por alimentar a su pareja, al perro y al gato. Su familia. Todo lo que le queda.

Foto © VirginieWojtkowski : Vídeo : afpfr/YouTube