Los superhéroes de Berlín al otro lado del muro

Artículo publicado el 26 de Junio de 2014
Artículo publicado el 26 de Junio de 2014

Ber­lín es un her­vi­de­ro de per­so­nas. Pun­kis, mo­der­nos, tu­ris­tas y men­di­gos, gente joven que ve en pedir di­ne­ro una ma­ne­ra de lle­nar su ru­ti­na. Pero un su­per­hé­roe ha lle­ga­do a la ciu­dad, ¿será capaz de rom­per con lo es­ta­ble­ci­do y de­rro­tar a esos que no los ven?

Lle­va­ba ape­nas trein­ta mi­nu­tos en Ber­lín y en la es­ta­ción de Neukölln me crucé con él, un cha­val de cerca de 25 años pi­dien­do unas mo­ne­das, en ale­mán y en in­glés. Al menos es­tu­vo allí du­ran­te 2 horas más, las veces que pasé de­lan­te de él entre mis idas y ve­ni­das por las es­ta­cio­nes de metro. Mi viaje bus­can­do a jó­ve­nes po­bres en la ciu­dad del Muro pro­me­tía ser fruc­tí­fe­ro.

En reali­dad, mi his­to­ria en Ber­lín em­pe­zó gra­cias al cómic de Su­per­Pen­ner, algo así como Su­per­Va­ga­bun­do, idea de Ste­fan Lenz. Se dice, aun­que sin ci­fras ofi­cia­les, que entre 4.00012.000 per­so­nas viven en las ca­lles de esta ciu­dad llena de ro­cke­ros, hips­ters y am­bien­te al­ter­na­ti­vo; al­gu­nos piden di­ne­ro como modo de vida, como forma de pro­tes­ta con­tra un sis­te­ma que no quie­ren ali­men­tar. Jó­ve­nes, pun­kis, de­sen­fa­da­dos... el pro­ble­ma son esos otros que no pu­die­ron ele­gir. Esos que todos miran desde el otro lado de la acera.

Sin casi tiem­po para des­ha­cer la ma­le­ta, quedo con An­dreas Düllick, re­dac­tor jefe del pe­rió­di­co ca­lle­je­ro Stras­sen­fe­ger, or­ga­ni­za­ción y lugar de en­cuen­tro para per­so­nas sin hogar. Al este de la ciu­dad, entre po­lí­go­nos in­dus­tria­les, se en­cuen­tra una pe­que­ña re­dac­ción, un bar para gente sin re­cur­sos, un pe­que­ño al­ber­gue e in­clu­so una tien­da de in­ter­cam­bio de pro­duc­tos: sofás, ex­tin­to­res, camas...​batibu­rri­llos de lo co­ti­diano. Con su pe­rió­di­co se re­ga­la­ba el cómic de Su­per­Pen­ner que antes co­men­ta­ba, lo ven­den las per­so­nas sin hogar y una parte del pre­cio se lo que­dan ellos, 90 cén­ti­mos de los 1,50 € que vale este se­ma­nal.

An­dreas, un tipo afa­ble, pelo ca­no­so, ca­mi­se­ta negra y va­que­ros, crí­ti­co con el sis­te­ma ca­pi­ta­lis­ta y la es­pe­cu­la­ción in­mo­bi­lia­ria que asola Ber­lín, me ex­pli­ca su pro­yec­to: "Es di­ver­ti­do ser miem­bro de esto, la gente viene y pien­sa que somos una gran or­ga­ni­za­ción y que te­ne­mos mucho di­ne­ro para hacer lo que ha­ce­mos, pero te­ne­mos que decir que no, que somos pe­que­ños, que lo ha­ce­mos por­que nos gusta, por­que que­re­mos ha­cer­lo, no te­ne­mos apoyo es­ta­tal, ha­ce­mos este tra­ba­jo que no es fácil por­que el Es­ta­do no lo está ha­cien­do". Un pe­rió­di­co que paga a sus co­la­bo­ra­do­res, que vive sin ayu­das pú­bli­cas y que aún así tiene lo su­fi­cien­te como para ayu­dar a per­so­nas sin re­cur­sos... ​un gran reto, como el pro­pio An­dreas me re­co­no­ce re­so­plan­do.

Un paseo y nue­vos ami­gos

De vuel­ta, con las pa­la­bras de Düllick aún en la ca­be­za, llego a Ale­xan­derplatz y en el par­que, bajo la gran an­te­na de te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes, un tipo me pide pasta. Mal en­ca­ra­do, puede tener un par de años más que yo, o no, quién sabe. Pide por­que dice que no cree tener nada mejor que hacer. Está can­sa­do, pero de al­gu­na ma­ne­ra pa­re­ce or­gu­llo­so. Ca­mino por la ciu­dad, ne­ce­si­to co­no­cer­la, en­con­trar­me con la gente, es­cu­char sus acen­tos. A otro lo co­noz­co en la línea 2 del metro, nada más subir­me en Ale­xan­derplatz. Pelo largo, joven, menos de 30, barba, un abri­go largo de color verde de as­pec­to mi­li­tar y que debía dar mucho calor, todo fuera de lugar para aquel día de ve­rano con cerca de 30 gra­dos en la calle. Ape­nas habla in­glés. Re­co­noz­co que me he pe­ga­do a él como una lapa, le seguí de un vagón a otro du­ran­te al menos 5 es­ta­cio­nes, qui­zás fue­ron 7, no sé. Se llama Frie­drich, me ha pe­di­do una mo­ne­da, me mi­ra­ba como si no en­ten­die­ra por qué le pre­gun­ta­ba el mo­ti­vo de pedir di­ne­ro. "No lo sé, es mi vida". Se baja del tren y se pier­de entre la gente en la es­ta­ción de Her­mann­platz. Dudo si pide por gusto o ne­ce­si­dad. No está claro, como los nom­bres en ale­mán de las es­ta­cio­nes, pasan rá­pi­do y se ven bo­rro­so.

Al día si­guien­te he que­da­do con Ste­fan Lenz, el autor del cómic Su­per­Pen­ner. El check point par­ti­cu­lar es un bar agra­da­ble, mú­si­ca tran­qui­la. Ritmo lento. Pa­re­ce un buen tipo, de trein­ta y pocos, con ta­tua­jes, al­guien para con­ver­sar. Da tiem­po a que me re­co­mien­de al­gu­na birra de Ber­lín. "En Ber­lín ahora hay otros muros", me dice. La idea de crear el cómic sur­gió un frío día de in­vierno, cuan­do la gente en el metro pa­re­cía no ver a un men­di­go que pedía algo de di­ne­ro. Ahí se le ilu­mi­nó la bom­bi­lla, hacer un cómic de un "pen­ner", una pa­la­bra con cier­to sen­ti­do des­pec­ti­vo en ale­mán. Habló con esos va­ga­bun­dos sobre su idea, les gustó y se puso manos a la obra para in­ten­tar unir a esas dos cla­ses so­cia­les, los que no tie­nen nada con la gente "guay" - como él me dice- para que hagan algo por ayu­dar, para agi­tar un poco sus men­tes. Y pa­re­ce que le fun­cio­nó: ven­dió más de 20.000 ejem­pla­res del único nú­me­ro de Su­per­Pen­ner que hay por ahora.

Anun­cio del cómic 'Su­per­pen­ner'. 

En el cómic están todos los cli­chés de Ber­lín, la vida de la ciu­dad, la vida de los men­di­gos como una parte de ella, por­que tam­bién viven en la ciu­dad y son im­por­tan­tes para su ima­gen . "Nueva York tiene a Su­per­man y Ber­lín tiene a su Su­per­Pen­ner", dice entre risas Ste­fan. Su­per­hé­roes anómi­mos.

Como en cual­quier cómic hay un gran mons­truo, la né­me­sis del su­per­hé­roe. Una amal­ga­ma de la mala hos­tia de los con­duc­to­res de au­to­bús, la gente medio cool, medio mo­der­na, com­pro­me­ti­da con el eco­lo­gis­mo pero que se des­pla­zan en un coche con­ta­mi­nan­te. Una pizca de los tu­ris­tas que lle­gan a la ciu­dad para em­bo­rra­char­se y, por úl­ti­mo, la mas­co­ta del Hert­ha de Ber­lín, que está frus­tra­da por­que el equi­po no gana. Una ra­dio­gra­fía de la ciu­dad con cer­ve­za y su­per­hé­roes bar­bu­dos. El vier­nes ha sa­li­do nu­bla­do, es día de mer­ca­do, ca­mino desde Her­man­platz hasta Kott­bus­ser Tor, ayer Frie­drich me dijo que es­ta­ría por allí. Pero co­mien­za a di­lu­viar justo cuan­do llego al mer­ca­do en la calle Schin­ke y, claro, ha de­bi­do de ir a res­guar­dar­se. Tor­men­ta de ve­rano con agua fría como el tém­pano. Aún así, la gente va en manga y pan­ta­lo­nes cor­tos. Ale­ma­nes. Entro a un bar, pido un trago y desde den­tro veo pasar a Frie­drich, me sa­lu­da con la mano, aun­que tiene cara de pocos ami­gos, mo­jar­se sin tener un techo para ta­par­se es jo­di­do -pien­so-.​ Tras 5 días, se hizo ha­bi­tual ver a jó­ve­nes pi­dien­do di­ne­ro. Otra pos­tal más: sobre los res­tos del muro, en la Potsdamer Platz, una punki de cres­ta ama­ri­lla se sien­ta y saca un car­tel: "Para birra y maría".

Este ar­tícu­lo forma parte de una serie es­pe­cial de­di­ca­da a Bru­se­las. Forma parte de “EU­to­pia: time to vote”, un pro­yec­to di­ri­gi­do por Ca­fé­Ba­bel en co­la­bo­ra­ción con la Hip­pocrène foun­da­tion, la Co­mi­sión Eu­ro­pea, el Mi­nis­te­rio de Asun­tos Ex­te­rio­res y la fun­da­ción EVENS. La serie com­ple­ta es­ta­rá dis­po­ni­ble pron­to en la pá­gi­na de inicio.