Los trabajadores franceses a la sombra del viejo orden

Artículo publicado el 28 de Marzo de 2006
Artículo publicado el 28 de Marzo de 2006

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El 28 de marzo, Francia se preparará para otra oleada de huelgas y protestas contra la nueva legislación laboral, poniendo de manifiesto un malestar muy amplio en la sociedad gala.

Por un lado se encuentran los estudiantes, protestando contra el Contrato de Primer Empleo (CPE), legislación que implicaría que durante los dos primeros años laborales los empresarios pudieran despedir a los empleados menores de 25 años sin tener que justificar los motivos del despido. Las protestas se producen considerando la situación de precariedad que podría llegar a darse.

El pasado jueves 24 de marzo los llamados “casseurs”, o reventadores, ultraderechistas y ultraizquierdistas enojados con una sociedad de la que son excluidos sistemáticamente, confinados en bloques de pisos a las afueras de las ciudades donde el desempleo puede llegar hasta un 50% reventaron las manifestaciones de los demás jóvenes y estudiantes.

Lo que los dos bandos tienen en común va más allá del CPE.

El barco que se va a pique

El CPE se introdujo como respuesta a los disturbios de noviembre en los suburbios de Francia. Ahora bien, esta solución es como poner una tirita donde se necesita una operación a corazón abierto. Aplicándolo solamente a los jóvenes, existe la amenaza de que se amplíe la división entre aquellos que ya tienen puestos de trabajo seguros y aquellos que se encuentran fuera del sistema. Además es muy probable que no sea efectivo, ya que simplemente añade otra capa de burocracia a lo que ya es un código laboral complejo.

Naufragio

Esto no significa que los que protestan sean mucho mejores. Los sindicatos han acabado protegiendo la seguridad de aquellos a quienes el Estado francés ya protege, dejando de lado a los más desfavorecidos: los jóvenes y los desempleados.

La comparación con mayo del 68 no es acertada. Aquellos que protestaban entonces soñaban con un cambio y la caída del sistema; en la actualidad, la juventud francesa se encuentra en una situación de lucha contra el Estado que tiene como objetivo la conservación del mismo. En este contexto, es interesante observar que, según una encuesta reciente, lo que la mayoría de la juventud francesa quiere es un trabajo de funcionario estable.

El problema es que el Estado ya no puede proporcionar esto. El nivel de desempleo es alto, y la creación de puestos de trabajo se ha paralizado debido a una legislación restrictiva. El Reino Unido se ha dado cuenta de que la mejor garantía contra la precariedad es la certeza de que siempre hay otro trabajo disponible, en vez de intentar garantizar la seguridad de sus ciudadanos a nivel estatal. Sin embargo, en vez de buscar formas de adaptarse a un mercado de trabajo más flexible, la izquierda busca refugio en viejas convicciones. Pero la suspensión del CPE no conseguirá solucionar los problemas en Francia.

Inválidos

Desafortunadamente, no es solamente la legislación laboral lo que necesita cambiarse. El movimiento en contra del CPE no se limita al CPE, si no que señala un malestar mucho más amplio en la sociedad francesa. Ante un Estado que es incapaz de ofrecer a los inmigrantes una auténtica esperanza de integración y que es cada vez menos capaz de garantizar la seguridad de aquellos que ya se encuentran integrados, la respuesta ha sido el silencio. El pasado mes de noviembre, en los suburbios franceses, se trató de la quema de automóviles, no de posibles programas de acción. Se trata de esta incertidumbre sobre lo que se ha de hacer lo que une a los estudiantes y a los jóvenes de los suburbios. Ésta es una sociedad que carece de un idioma común para dialogar sobre sus problemas.

Jacques Marseille, un profesor de la Sorbona declaró al diario Le Monde: “La ruptura siempre ha sido parte de nuestra Historia". Según esta línea argumentativa, Francia nunca ha sido capaz de progresar gradualmente, y necesita, sin embargo, crisis para avanzar. Si esto es cierto, quizás la crisis actual sea una oportunidad, y quizás lo peor que pudiera pasar fuera que de Villepin suspendiera la legislación y Francia bostezara de nuevo.