Los últimos, que enciendan la luz

Artículo publicado el 25 de Enero de 2016
Artículo publicado el 25 de Enero de 2016

Tras la transición de la dictadura a la democracia, este es el momento político con mayor trascendencia de la historia reciente de España. Se avecinan cambios deseados y temidos a la vez con más paralelismos con la UE de los imaginados.

No olvido el día hace 15 años en que un puñado de amigos me hizo observar una obviedad cargada de esperanza: que existe en muchos países de Europa una generación que ha vivido toda su vida -o casi toda- formando parte de la Unión Europea. Una generación lista para asumir el reto histórico de avanzar y construir un nuevo sentido que darle a la fraternidad entre los pueblos de este viejo y castigado apéndice del planeta. Un sentido democrático y solidario al fin, frente al paternalista y tecnocrático que regía hasta entonces y aún hoy.

Holandeses, italianos, portugueses, alemanes, irlandeses o españoles llevamos décadas interesándonos por los idiomas y el acervo de unos y otros, completando nuestra formación en los países vecinos, encandilándonos con el acento extranjero de muchos compañeros y compañeras de oficina, enamorándonos sin examinar la tapa del pasaporte de nuestra mengana dulce

Con toda naturalidad, ejercemos como europeos capaces de cerrar los ojos y de volver a abrirlos dentro de los ojos de nuestra gente al otro lado del mapa. Esta eurogeneración, como la llamábamos entonces, allá por 2002, ha crecido mecida con discursos analgésicos sobre la tan manida ciudadanía europea y las promesas congeladas que este derecho parece contener como un árbol sin primavera.

La ciudadanía europea ha sido siempre un derecho vaciado de su raíz actante, toda vez que los poderes europeos consideran al ciudadano europeo sólo en su faceta pasiva. El ciudadano comunitario tiene derecho a elegir a los miembros de un parlamento que, sin embargo, no puede proponer leyes; un parlamento con competencias descafeinadas y, para colmo, tuteladas por los gobiernos nacionales y por una Comisión de mandarines libre de todo escrutinio y control ciudadano.

Millones de ciudadanos europeos que circulan por la UE son exiliados económicos forzosos y siempre considerados bajo sospecha de furtivismo. La economía y los medios públicos de los ciudadanos de un país comunitario pueden ser intervenidos, pero los ciudadanos no pueden intervenir en las reglas que rigen la intervención. Es más, los ciudadanos de la UE pueden usar una moneda común, pero solo para pagar, sin ser consultados, unas deudas contraídas por bancos que condicionan las políticas públicas sin mostrar el más mínimo atisbo de solidaridad.

De nada sirve que los europeos podamos elevar peticiones y manifestar nuestro descontento si no disponemos de espacios comunes de debate que den cauce a la formación y la evolución de la opinión pública europea. Y por eso, en 2004, un grupo de 24 ciudadanos creamos la asociación Babel España y dimos carta de naturaleza a la versión en español del medio de comunicación cafebabel.com. Una fórmula inédita de periodismo participativo nacido de gente corriente, desde abajo, sin deudas partidistas y con una línea editorial completamente autónoma. Aprovechando las nuevas tecnologías, comprendimos que era el momento de que el periodismo libre contribuyera, organizado en red por todo el continente, al surgimiento y al fortalecimiento de la opinión pública europea, como visibilización de una ciudadanía mayor edad que no se conforma con ser tratada cual comparsa de los que siempre han monopolizado la batuta de la construcción europea.

No soy autocomplaciente. Desde entonces, hemos avanzado poco. Las sucesivas crisis institucional, económica y social de la UE han servido a los jerarcas atrincherados en el Quartier Léopold de Bruselas y a sus aliados en las capitales nacionales para solapar el pathos que alimenta las crisis, esto es, la carencia de un certero proyecto de democracia europea.

El actual sometimiento de la soberanía de los pueblos del sur europeo a los intereses del cártel financiero del norte encarnado en un Banco Central Europeo y una Troika ajenos a todo control democrático es un gravísimo bandazo en la dirección equivocada a la hora de defender la fraternidad europea. Además, anticipa el pronto allanamiento de los derechos conquistados con esfuerzo y sacrificio por nuestros mayores para la inmensa mayoría de los europeos, su gente de bien, sus familias, sus contribuyentes, sus soberanos.

Pongamos que a un ciudadano finlandés o griego le proponemos ceder soberanía nacional. Si es una cesión en favor de un parlamento y un ejecutivo europeos transparentes, elegidos por sufragio universal directo y orientados a completar las políticas públicas insuficientes de los Estados para avanzar en la igualdad de oportunidades, la justicia y el equilibrio sociales o la libertad por encima de las fronteras, es muy posible que diga “Sí”. Pero si lo que sucede detrás de las palabras y las promesas incumplidas es que la soberanía se ha cedido al sector financiero, o desde la mayoría de Estados a un par de otros Estados con condición de aforados para mayor ventaja y regalía de estos últimos, entonces saldrán a la calle para decir “No”.

Como esto último es lo que está pasando por desgracia, la ciudadanía de Europa, con la eurogeneración al frente, se dispone a buscar soluciones. Y no está dicho que valgan todas para salvar el proyecto europeo de la patrimonialización que unos pocos están haciendo del mismo. Así, vemos cómo surge un Orbanistán xenófobo en Hungría, un Kaczynskistán homófobo y autoritario en Polonia, quizá pronto un Lepenistán autárquico en Francia, una Ínsula Barataria en el Reino Unido o un Estado policial en cualquiera de los países balcánicos.

Por eso, merece la pena valorar en positivo la actual experiencia española. En este país de países, en esta unión europea avant la lettre, la población -con la eurogeneración al frente- se echó a la calle de manera pacífica para reencontrarse consigo tras muchos años siendo ninguneada y engañada por unos pocos privilegiados. Gentes de orígenes muy dispares se han organizado para avanzar en la democratización de la economía y las relaciones sociales, y para que la España institucional se parezca algún día a la España real. Sus herramientas son también la colaboración en red, la transparencia, la información y la conversación abierta. Todo, desplegando desde abajo espacios de debate sin deudas con la trama político-industrial que monopoliza de espaldas a las grandes mayorías el poder y su cedazo en el panorama de los medios de comunicación tradicionales.

Desde el 13 de enero, un nuevo parlamento se ha constituido en España. En él, más del 50% de los diputados son debutantes y los partidos políticos que propugnan el cambio están muy presentes para defender los intereses del 99%. Su comportamiento en las instituciones es fiel reflejo del comportamiento natural de la gente fuera de las mismas, y sus iniciativas están siendo leales con las demandas de millones de españoles que se han sentido estafados o excluidos por parte de los gobernantes. Estas demandas tienen que ver sobre todo con la materialización de los derechos humanos, con la separación de poderes, con la lucha implacable contra la corrupción y las puertas giratorias entre la política y los sectores estratégicos, o con el rescate de la gente que ha pagado la factura del rescate de los bancos. Porque los países con menos desigualdades sociales son los que presentan, luego, menos niveles de corrupción y mayor grado de eficiencia económica y crecimiento.

En España nos estamos jugando nada menos que Europa. Una Europa de la eurogeneración, castigada y excluida, que busca su camino, su luz al final del túnel, y que encontrará sentido si apuesta por su modelo social. Una eurogeneración orgullosa de los inéditos esfuerzos y logros de nuestros mayores por desterrar el odio y la guerra de nuestras vidas, pero que sabe que hay que renovar y reforzar el pacto social entre los europeos frente a quienes lo quieren diluir y reservar para unos pocos. De lo contrario, Europa se desmoronará.

---

 

Fernando Navarro Sordo es fundador de Babel España Comunicación. Dirigió durante 6 años la versión en español y las secciones de Política y Economía del medio cafebabel.com. Hoy, es coordinador de la Secretaría de Acción Institucional de PODEMOS.