Luces, cámara… ¡EUROPA!

Artículo publicado el 21 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 21 de Marzo de 2007

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Les proponemos un recorrido por el mejor cine europeo de los últimos 50 años, donde no les será fácil distinguir entre realidad y ficción.

El guión de la Unión Europea no tiene nada que envidiar a la mejor de las películas. Corría el año 1957 y seis actores de lujo estrenaban en Roma su ópera prima. Aún no sabían que aquella sería la coproducción más increíble de la Historia. El público europeo asistió al estreno deprimido por la miseria que había dejado la guerra en sus casas y en sus corazones. El italiano Antonio Ricci fue un desafortunado ladrón de bicicletas que rateaba las sobras de la Italia de 1948 y que vivió ajeno por completo a aquel desfile de estrellas. Él es el icono de aquella decadencia que retrató Vittorio de Sica, genio del neorrealismo italiano. Pasolini, Visconti, Antonioni...

Alienación, muertes y crisis social. Los italianos, como alemanes, belgas, holandeses, franceses y luxemburgueses tardaron en levantar cabeza. Todos fueron un poco aquella Irene Girad, la mujer que Ingrid Bergman encarnó en blanco y negro en la realista Europa 51 de Roberto Rossellini. La desesperanza gris de la madre Europa que, abatida por el suicidio de su hijo, decide luchar contra si misma, contra la delincuencia y la depresión.

La recuperación fue dura. La tierra era fértil pero la hoz y el martillo no dieron buenas cosechas. Pronto llegarían los americanos con el Plan Marshall. Villar del Río, un pequeño pueblo español, fue el primero en recibirlos. El realizador español José Luis García Berlanga y sus habitantes adornaron la villa ante tan gran honor con luces de colores, banderas de barras y estrellas y discursos y bailes típicos para darle la bienvenida a Mr. Marshall, en una aguda sátira del aislamiento español en tiempos de Franco. Un cortejo que pasó pero que jamás se detuvo en Villar del Río.

El guión da un vuelco

Marshall pasó de largo por España y Portugal pero llegó al resto de Europa, y a su sombra fueron a refugiarse emigrantes ibéricos. El mercado común empezaba a funcionar. Se suprimían las aduanas entre los Estados. Eran los felices años sesenta. Aquel año, la actriz sueca Anita Ekberg se bañaba en la Fontana di Trevi con Marcelo Mastroniani, ante la mirada festiva del maestro Federico Fellini. Sonaban los Beatles, la banda sonora de esta película sin derechos de autor y con derechos para todos, corría la droga, ebullía el sexo. Jules y Jim perseguían a Jeanne por las calles de París, y aunque ambientada a principios de siglo, esta historia de François Truffaut reflejaba la felicidad que embriagaba a Francia y al resto de la Europa democrática. La Nouvelle Vague imaginó otra forma de mirar que cambió la forma de ser de los europeos. Chabrol, Godard, Rohmer...

Eso sí, tras las revoluciones parisinas y las Fiestas de Placer de Phillipe y Esther, al otro lado del telón, en un gélido rincón del estudio de rodaje llamado Berlín, un espía envíado desde el frío evitaba que rusos y americanos se destruyeran en silencio por dominar el mundo. Muchos europeos que emigraron, algunos por judíos, otros por pobres, otros por incomprendidos y dieron su visión especial de aquel conflicto de hielo. Un teléfono rojo que Kubrick se negó a descolgar o el espía Topaz que Hitchkock llegó a delatar, propinaron al público más de un buen susto. Europeos en el exilio. Tantos. Wilder, Buñuel, Lubitsch, Polansky...

Éxito de taquilla

El éxito de taquilla fue arrollador. El público entusiasmado gritaba más y más Europa, y tres nuevos actores se incorporaron al reparto: Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Los portugueses se rebelaron disparando flores y Franco fallecía del ataque de nervios que le produjo ver tantas tetas y culos en televisión, y a un joven Almodóvar vestido de mujer en la fiesta más loca de Madrid. Sus amigas, Pepi, Luci y Bom fueron unas chicas del montón que representaron a una generación de españoles decididos a comerse Europa, pero que acabarían comiéndose a sí mismos. Aquellos años setenta fueron como Volver a Empezar, moría una España y nacía otra nueva. Era un soplo de aire del mar tras años encerrados en las iglesias y en el altar. Erice, Garci, Bardem...

Los años ochenta llegaron tórridos desde el sur de Grecia, España y Portugal. El muro de hielo se fundió en Berlín gracias al calor de los alemanes, dejando al descubierto la otra mitad de Europa, que por fin le decía Good Bye a Lenin, que sobrevolaba la capital alemana colgado de un helicóptero. Los Hombres de Hierro de Wadja y Lech Walesa pedían sitio en las primeras filas del patio de butacas. Morían el panfleto, la URSS y el Gulag. La Historia se hacía más y más complicada. Schlöndorff, Marczewski, Kieslowski…

Y cuando parecía que lucía el sol, estalló la tormenta en el continente europeo. Son los noventa y por Europa se pasea de nuevo el fantasma de la guerra. En los Balcanes se bombardeó el protagonismo de las letras de Maastricht y Ámsterdam, y la entrada de Austria, Suecia y Finlandia. Refugiados, OTAN, destrucción. Frases de un diálogo estremecedor. Secuencias sangrientas en la pantalla. Hombres sin tierra como el bosnio Tanovic, hombres bajo tierra como el serbio Kusturica, hombres como el resto de los hombres, hermanos enfrentados entre hermanos. Fundido en negro…

¿Final feliz?

Al fin, la guerra y Lars Von Trier sacaron a todos Los Idiotas que llevamos dentro. Nos dimos cuenta de que no todo estaba inventado y que el movimiento Dogma’95 era algo más que un decálogo con normas cinematográficas. Era una forma de decir No, como hicieron franceses y holandeses, a lo que se da por supuesto, a lo que nos viene impuesto. Teníamos que aprender a convivir en Una casa de locos como la de Klapisch, en la que todos son diferentes e iguales al mismo tiempo. 12 nuevos países, la alegría contagiosa de Amelie Poulain y un bebé recién nacido de nombre Euro. Esperanza en el horizonte. Jeunet, Moretti, Amenábar...

Así acaba la primera parte de esta película. Sin final feliz. Sin final. Pero habrá una segunda que ya se está empezando a rodar, con nuevos actores, desconocidos aún, con un nuevo guión, todavía por escribir. Sólo hay una cosa cierta: que cuando suene el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven sabremos de qué película se trata.