¡Mamá, mándame pan negro y algo de subcultura!

Artículo publicado el 23 de Agosto de 2012
Artículo publicado el 23 de Agosto de 2012
Entre 2000 y 2008, el número de estudiantes alemanes que cursaba estudios en el extranjero casi se duplicó y cerca de un 15% estudia actualmente en el extranjero. El programa Erasmus se está transformando en una parte fundamental de la educación de la Unión Europea, habiendo aumentado globalmente en un 7% en 2011. Entrevistas a pie de calle en la francoalemana capital de Alsacia, Estrasburgo.

Cuando me apeo en la Gare Central, tras una sauna de tren nocturno desde Berlín, me hallo entusiasmado. Al haber trabajado en Viena y en Berlín, mis ideas preconcebidas sobre los germanohablantes se encuentran bien arraigadas en la columna de gente estupenda. Tal vez pueda establecer paralelismos por haber crecido en Inglaterra —no ajeno a la germanofobia tras la posguerra—, aunque la hostilidad se ha biodegradado en gran medida en una admiración por nuestros estudiosos vecinos sajones.

Ciudad fantasma: ¿la verdadera Francia?

Estrasburgo, capital de Alsacia, ha estado muy disputada entre Francia y Alemania, lo que ha causado que haya cambiado de manos cuatro veces en el último siglo (la vez más reciente, tras la Segunda Guerra Mundial). Llamo a las puertas de las universidades, a la caza infructuosa de pistas, chapurreando el francés que aprendí en el instituto. Acaban de terminar los exámenes y la Universidad de Estrasburgo parece una ciudad fantasma salvo por los pequeños grupos de académicos que quedan. A media mañana en una cafetería céntrica, me encuentro con Elise, que personifica la capital de Europa de manera icónica. Nacida en Fráncfort de madre francesa y padre alemán, ha vivido a caballo entre los dos países durante su educación y habla francés y alemán con sus progenitores, respectivamente. “Me siento francoalemana”, bromea. “Es como una nacionalidad para la que no existe un país. Mis padres no son de aquí pero la gente como yo se siente muy cómoda. Es como una ciudad a mitad camino entre Francia y Alemania”.

Un aula vacía del campus.

Elise, que dividió su máster entre Fráncfort y Estrasburgo y trabaja con un asesor en cada universidad, siente que las instituciones de la Unión Europea son un factor determinante para los estudiantes alemanes. Sin embargo, los que quieran conocer la “verdadera Francia”, podrían decidir mantenerse alejados de Estrasburgo. En efecto, parece haber diferencias significativas en cuanto a la calidad de la enseñanza por toda Francia, ya que todo apunta hacia París. En Alemania, hay menos divergencias entre carreras universitarias —no hay equivalentes a Oxbridge—. “Normalmente no importa donde hayas hecho tu carrera”, advierte Elise. Esto se debe en gran parte al sistema educativo en tres niveles de Alemania, parecido al sistema 11-plus de Inglaterra, que pasó a mejor vida hace tiempo y que dividía a los estudiantes desde edades muy tempranas según su capacidad. Sin embargo, Elise está tan contenta de quedarse en Francia que aún sopesa su futuro posdoctorado, ya que podría tener que mudarse a Alemania.

Estancias a corto plazo

En su apartamento en la Petite-France, Franziska dice que se siente integrada. Estudiante de máster de estudios europeos en Leipzig, admite que vivir en un centro de importancia turística y donde hay una afluencia importante de alemanes puede ser molesto. Franziska, que tiene compañeros de piso franceses y alemanes, persevera con el francés dondequiera que pueda. “Es más difícil de lo que pensaba”, dice. “Mis amigos españoles tienden a hacer piña entre ellos. Es difícil hablar en francés con ellos”. Sobre las respectivas universidades, se hace eco del tema común: “La estructura en Francia no es tan buena, las clases son más dictatoriales y hay menos trabajo en grupo”. Cree que las páginas web son más complicadas y añora la estructura alemana. Aunque a Franziska le gusta la ciudad, no parece haberse enamorado de ella, muy lejos del noreste de Alemania: “Echo de menos la subcultura”, añade. “La vida nocturna erasmus está bien al principio, pero se hace repetitiva. A veces te apetece algo que no sea queso o —el disyóquey francés— David Guetta”.

Después de dos años en los Países Bajos, la investigación para su tesis doctoral trajo a André a Estrasburgo. El idioma ha sido una dura batalla, ya que ha estudiado francés durante solo tres años, por lo que aún da sus conferencias y escribe sus artículos en inglés. Estrasburgo está a una considerable distancia de su casa en Dresde. “¡Echo de menos el pan negro!”, ríe. “Tengo muchos amigos que me gustaría visitar más a menudo. Hasta que no te vas al extranjero no te das cuenta de lo mucho que la cultura de tu país se te ha pegado”. Para Franziska, Estrasburgo es perfecto para corto plazo y ha prolongado sus prácticas de verano en el canal de televisión francoalemán ARTE, pero admite que podría tener problemas para vivir aquí a largo plazo.

Integración a través de las fronteras

Estudiante erasmus de origen alemán en Estrasburgo.Los bares parecen más caros y el transporte es inexistente por las noches. Laura, estudiante erasmus, no está de acuerdo con la filosofía de Franziska sobre la facilidad de integración: “Esto es muy caro”, se queja, mientras la camarera nos sirve en el encantador Quai des Bateliers. Laura, que es originaria de Fráncfort, se distancia activamente de otros alemanes. Se mudó a un apartamento con una italiana y una belga: una oportunidad que consiguió a través del club de remo local. Reconoce la influencia alemana en Estrasburgo pero se siente cada vez más francesa al sumergirse en esta nueva cultura y verse arrastrada por ella. Ha terminado sus exámenes solo hace dos días y ahora está de becaria en Kehl.

A 15 minutos en bicicleta al otro lado de la frontera, Kehl es una ciudad tan accesible que muchos estudiantes preocupados por su presupuesto van de compras allí. “Tras la guerra, los franceses no tenían interés en enseñar alemán, pero hoy en día ser germanófono es una gran ventaja”, dice Michael, cuya esposa es directora escolar en Kehl. “La cantidad de colegios bilingües está aumentando vertiginosamente y los colegios de primaria están ofreciendo aprender idiomas a edades cada vez más tempranas. En mis tiempos eso era algo inaudito. Estrasburgo está cambiando de ser una ciudad del río Ill a una ciudad del Rin”. Con la regeneración, la moneda común, un transporte excelente y sin controles fronterizos, es fácil imaginar que se formarán buenas relaciones entre las dos culturas. Entre algunas minorías, aún quedan cicatrices. Michael conoce gente de ambos lados de la frontera que no quiere cruzarla por “todo tipo de prejuicios”, aunque cree que esto desaparecerá con la generación más anciana. El cambio y el compromiso están arraigados en Estrasburgo.

En definitiva, parece ser que “los franceses visten mejor” y “dedican más tiempo a disfrutar de la vida”. Los alemanes recuerdan la “estructura de la patria” y la “eficiencia”. Entrada la noche del domingo me subo al tren de vuelta a Berlín, enriquecido y curtido por la experiencia. “No creo que haya una enorme cantidad de diferencias entre los franceses y los alemanes”, dice André. “Hay algo de rebelión en todas partes. Tal vez en Francia protesten con más rapidez”. Estrasburgo sin duda tiene un cierto je ne sais quoi. Me recuerda a mi ciudad natal, Cambridge, ya que ambas son ciudades universitarias con riqueza histórica y cultural pero quizás faltas de infraestructuras urbanas.

Este artículo forma parte de Multikulti on the Ground 2011-2012, una serie de reportajes sobre el multiculturalismo realizados por cafebabel.com en toda Europa. Nuestro agradecimiento al equipo de cafebabel.comen Estrasburgo.

Fotos: portada, (cc) andrius ulk/Flickr; texto, (cc) François Schnell/Flickr y © David Ellis.