Marguerite: et quoi si on chante comme une casserole?

Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2015

Marguerite es la historia de Florence Foster Jenkins, una soprano estadounidense sin ninguna habilidad para la música. Heredera de la fortuna de su padre, decidió invertir su dinero en su carrera musical

Como no podía ser de otra manera, la música de “Marguerite”, una película de Xavier Giannoli, es magistral. La música lo inunda todo con su capacidad de emocionarnos, de sorprendernos, de sacudir nuestro mundo interior. Sin Mozart, sin Haendel, sin Bach nunca hubiese existido esta película que apela a nuestros sentidos en todo momento y que nos pone la piel de gallina durante 127 minutos.

Esa belleza y armonía tan del gusto francés está presente en esta maravilla que los amantes de la ópera no se pueden perder. El humor absurdo, las lealtades de cada uno o la traición son elementos que también encontramos en esta tragicomedia en la que a todos nos gustaría ayudar a Marguerite. Y es que los personajes están sólidamente construidos de forma que el espectador sufre sabiendo lo que Marguerite no quiere ver, siente ternura por un marido atrapado en la infelicidad o el más absoluto desprecio por la hipocresía de la alta sociedad parisina.

Marguerite nos habla de perseguir nuestros sueños. ¿Qué importa lo que digan los demás cuando está en juego la propia felicidad? Por eso, quizás, uno vive en un deleite continuo viendo esta película.

La historia es una adaptación libre de la vida de Florence Foster Jenkins, una soprano estadounidense sin ninguna habilidad para la música. Heredera de la fortuna de su padre, decidió invertir su dinero en su carrera musical. Ni su marido ni sus amigos pudieron hacer nada para impedírselo. Convencida de su grandeza, consiguió tener un público que la seguía, divertido por su falta de talento. Mucho más feliz la historia de Florence, que podremos ver también en la gran pantalla el año que viene de la mano de Stephen Frears, que la de Marguerite; pero el mismo delirio motivador: la idea de creerse capaz de hacer las más grandes cosas. Pero, como nos narra Giannoli en esta película, sin sueños, hemos perdido la batalla.