Marinaleda: La Isla de los Juegos es andaluza

Artículo publicado el 8 de Abril de 2014
Artículo publicado el 8 de Abril de 2014

Un pue­blo de 2.800 ha­bi­tan­tes in­ten­ta man­te­ner los ver­da­de­ros idea­les del so­cia­lis­mo. Ocu­rre en Es­pa­ña, con­cre­ta­men­te en Ma­ri­na­le­da. ¿Pero qué se es­con­de de­trás de las pa­la­bras y los es­ló­ga­nes? He aquí un reportaje fotográfico de un non-lieu, donde el des­em­pleo es "inexis­ten­te".

Ma­ri­na­le­da es un lugar utó­pi­co: este pe­que­ño pue­blo an­da­luz, según las no­ti­cias que nos lle­gan por parte de la pren­sa, no co­no­ce el des­em­pleo; aun­que en Es­pa­ña, este as­cien­da a una tasa del 29%. ¿Pero dónde se acaba la uto­pía y em­pie­za la reali­dad?

Ma­ri­na­le­da es un mu­ni­ci­pio an­da­luz de 2.650 ha­bi­tan­tes. En los años 80, el ac­ti­vis­ta Juan Ma­nuel Sánchez Gor­dil­lo (ac­tual­men­te al­cal­de del pue­blo) se hace, junto a otros com­pa­ñe­ros, con una vasta pro­pie­dad de uno de los la­ti­fun­dis­tas más ricos de la zona. Así nace la ac­tual Ma­ri­na­le­da, cuya ad­mi­nis­tra­ción lleva a cabo un pro­yec­to ur­bano muy par­ti­cu­lar en un país como Es­pa­ña, donde la es­pe­cu­la­ción ur­ba­nís­ti­ca es en gran parte res­pon­sa­ble de la cri­sis ac­tual.

Aquí no se pide un prés­ta­mo para com­prar una casa, sino que cada uno se cons­tru­ye la suya. El te­rreno se cede de ma­ne­ra gra­tui­ta a los "au­to­cons­truc­to­res" y, gra­cias a un acuer­do con el go­bierno au­to­nó­mi­co an­da­luz, se ponen a dis­po­si­ción del so­li­ci­tan­te, de forma gra­tui­ta, ma­te­ria­les y al­gu­nos tra­ba­ja­do­res. La cuota men­sual que hay que pagar para ha­cer­se pro­pie­ta­rio de una casa es de 15 euros al mes. Dado que las casas se "au­to­cons­tru­yen" (350 en total, hasta ahora), mu­chas aún no se han ter­mi­na­do.

La pri­me­ra pa­ra­da de nues­tra in­ves­ti­ga­ción es el Ayun­ta­mien­to. El al­cal­de, Juan Ma­nuel Sánchez Gor­dil­lo (que re­cien­te­men­te ha sido asb­suel­to por falta de prue­bas de las acu­sa­cio­nes por haber con­du­ci­do a cien­tos de per­so­nas a una re­vuel­ta, con el fin de sa­quear un su­per­mer­ca­do en busca de bie­nes pri­ma­rios) no está dis­po­ni­ble para re­unir­se con no­so­tros. Pe­di­mos una cita por la tarde, pues, para ha­blar con la vi­ceal­cal­de­sa. Mien­tras tanto, nos aden­tra­mos en el edi­fi­cio y en­con­tra­mos un aula pú­bli­ca de in­for­má­ti­ca.

Un em­plea­do nos ex­pli­ca que no suele ser un aula muy con­cu­rri­da. Los ha­bi­tan­tes de este pue­ble­ci­to son, sobre todo, agri­cul­to­res con una edu­ca­ción que no va más allá de la es­cue­la pri­ma­ria. Ade­más, en Ma­ri­na­le­da no se ofer­tan cur­sos for­ma­ti­vos es­pe­cia­li­za­dos y no hay pre­ci­sa­men­te una ac­ti­tud em­pren­de­do­ra. Si bien es cier­to que los jó­ve­nes son el fu­tu­ro, una de las pa­ra­das fun­da­men­ta­les en nues­tro viaje es la de la es­cue­la pú­bli­ca.



Jorge Del­ga­do Martìn, di­rec­tor de la es­cue­la En­car­na­ción Ruiz Por­ras, nos re­ci­be en­se­gui­da. Él es quien nos ex­pli­ca que el pro­gra­ma es­co­lar lo re­gu­la la co­mu­ni­dad au­tó­no­ma, como su­ce­de en toda An­da­lu­cía.

Sin em­bar­go, las asig­na­tu­ras es­pe­cia­les que ofre­ce la es­cue­la pú­bli­ca de Ma­ri­na­le­da son la hor­ti­cul­tu­ra, en la que todos los niños deben par­ti­ci­par, y una "edu­ca­ción cí­vi­ca" que re­fle­ja las nor­mas de una so­cie­dad de tipo so­cio-co­mu­nis­ta.

Pa­sa­mos por de­lan­te de una de las dos cajas de aho­rro pre­sen­tes en Ma­ri­na­le­da. Por des­gra­cia, nadie puede res­pon­der a nues­tras pre­gun­tas, por mo­ti­vos de pri­va­ci­dad. ¿Cuál es la na­tu­ra­le­za de las transac­cio­nes fi­nan­cie­ras efec­tua­das en Ma­ri­na­le­da? ¿Quié­nes son los clien­tes de la ins­ti­tu­ción? ¿El Ayun­ta­mien­to tiene su pro­pia cuen­ta? Apar­te de los suel­dos de la po­bla­ción (que son bas­tan­te me­dio­cres), una parte de la li­qui­dez que cir­cu­la por el te­rri­to­rio pro­vie­ne del PER (Plan de Em­pleo Rural), un sub­si­dio agra­rio de 325.000 euros al año que re­ci­be el Ayun­ta­mien­to de Ma­ri­na­le­da, quien lo trans­fie­re a los agri­cul­to­res (los be­ne­fi­cia­rios deben res­pe­tar cier­tos cri­te­rios) y que ayuda a mu­chos ha­bi­tan­tes de Ma­ri­na­le­da a com­prar los ma­te­ria­les para la cons­truc­ción de las vi­vien­das.

Cara a cara

Una vez den­tro de los des­pa­chos del Ayun­ta­mien­to, es­cu­cha­mos a un hom­bre que se queja de un robo. ¿Pero cómo es que no lo de­nun­cia a la po­li­cía? Re­mi­ti­mos la pre­gun­ta a la vi­ceal­cal­de­sa, Espe­ran­za Saa­ve­dra que, por fin, nos re­ci­be.

"En Ma­ri­na­le­da no exis­te la po­li­cía. Cree­mos más en nues­tra pro­pia con­cien­cia cí­vi­ca que en la re­pre­sión" , ex­pli­ca Es­pe­ran­za Saa­ve­dra. "Pre­fe­ri­mos fi­nan­ciar pro­yec­tos que están al ser­vi­cio del pue­blo, como, por ejem­plo, una pis­ci­na eco­nó­mi­ca".

Cuan­do nos dis­po­ne­mos a salir del Ayun­ta­mien­to, nos to­pa­mos con un mu­cha­cho de unos vein­te años y una se­ño­ra, que es­pe­ran poder ha­blar con el al­cal­de para pe­dir­le tra­ba­jo. ¿Pero no se tra­ta­ba de un lugar utó­pi­co, donde el des­em­pleo es inexis­ten­te? "Ya no", nos ase­gu­ran. Aquí tra­ba­ja todo el mundo pero, por lo ge­ne­ral, solo 5 días al mes, por un sa­la­rio total de 235 euros. En de­fi­ni­ti­va, la cri­sis ha lle­ga­do tam­bién a Ma­ri­na­le­da. Ade­más, los sue­los no se co­bran de in­me­dia­to, sino que, a lo mejor, pue­den lle­gar hasta con 3 meses de re­tra­so.

El Ayun­ta­mien­to no nos ha po­di­do pro­por­cio­nar la tasa exac­ta de paro. Según las per­so­nas del Ser­vi­cio Pú­bli­co de Em­pleo Es­ta­tal, los con­tra­tos la­bo­ra­les re­gis­tra­dos en Ma­ri­na­le­da (todos de ca­rác­ter tem­po­ral y li­ga­dos a la agri­cul­tu­ra) son solo 199, a pesar de que la po­bla­ción total sea de 2.800 ha­bi­tan­tes.

En­con­tra­mos di­ver­sas per­so­nas en un bar, sobre todo agri­cul­to­res que re­co­gen oliva. Aquí, como en cual­quier sitio del pue­blo (menos en el banco), todos vis­ten con chán­dal, como si fuera una es­pe­cie de uni­for­me. El ca­rác­ter so­vié­ti­co de Ma­ri­na­le­da se re­fle­ja en las di­ná­mi­cas de "con­tra­ta­ción": cada noche, pasa por las ca­lles del pue­ble­ci­to un fur­gón con un al­ta­voz, que anun­cia qué grupo de agri­cul­to­res (cada grupo tiene su pro­pio nom­bre) ten­drá que tra­ba­jar en qué campo.

Lle­ga­mos a Ma­ri­na­le­da cre­yendo poder ver una u­to­pía. Nada más lejos de la reali­dad: Ma­ri­na­le­da es un pue­ble­ci­to de agri­cul­to­res y los ha­bi­tan­tes no re­ci­ben ni una for­ma­ción pro­fe­sio­nal, ni ayu­das a los em­pren­de­do­res. El al­cal­de, en su pues­to desde hace 35 años, ha crea­do un mundo a su ima­gen y se­me­jan­za: un pro­yec­to pseu­do­co­mu­nis­ta donde todo está in­tac­to y nada cam­bia.

En este non-lieu nin­guno de los in­gresos del Ayun­ta­mien­to se ge­ne­ra del tra­ba­jo de las per­so­nas; todo se basa en sub­ven­cio­nes re­gio­na­les, es­tatales y eu­ro­peas. 

Ma­ri­na­le­da ha sido crea­da para tener "Paz, Pan y Tra­ba­jo". Sin em­bar­go, un tra­ba­jo que ase­gu­re una vida digna (y el pro­gre­so), no lo hay.

Este re­por­ta­je forma parte de la serie de ar­tícu­los del pro­yec­to Eu­to­pia - Time to Vote, fi­nan­cia­do por la Fun­da­ción  Hip­pocrène, la Co­mi­sión Eu­ro­pea y el Mi­nis­te­rio de Asun­tos Ex­te­rio­res fran­cés. Que­re­mos en­viar un agra­de­ci­mien­to es­pe­cial a Clara Fla­jar­do Tri­gue­ros, que ha lle­va­do a nues­tra pe­rio­dis­ta hasta Ma­ri­na­le­da y ha su­pues­to un punto de re­fe­ren­cia im­pres­cin­di­ble para la rea­li­za­ción del ar­tícu­lo.