Marte y Venus en el mismo barco

Artículo publicado el 22 de Mayo de 2006
Artículo publicado el 22 de Mayo de 2006

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Mientras un país que predica la destrucción de Israel, provoca adrede y se declara antiamericano se prepara para sumarse a la era nuclear, el principio de intervención militar concita poco la unanimidad.

De provocaciones en ultimatums, la crisis iraní perdura. Irán, bajo la férula del populista y aclamado Mahmud Ahmadineyad, recibe acusaciones de estar desarrollando un programa nuclear clandestino contrario al tratado de no proliferación de armas nucleares (TNP), que Irán suscribió en 1970 sin por ello haberlo ratificado. Según los expertos, el país podrá fabricar el arma nuclear en un plazo de entre “una década y 15 años”.

La Europa mediadora

Es la determinación del régimen iraní lo que inquieta a Occidente, preocupado por ponerle fin a la proliferación anárquica de armas de destrucción masiva. La oferta de colaboración tecnológica lanzada por la troïka compuesta por Francia, Alemania y Gran Bretaña ha sido rechazada. Desde el comienzo de la crisis, los europeos también han multiplicado las propuestas comerciales y económicas para Irán, con la finalidad de incitarle a renunciar por las buenas a sus ambiciones nucleares y a suspender el proceso de enriquecimiento de uranio en la factoría de Ispahán. Desde la negativa de Irán, las negociaciones se encuentran en un callejón sin salida. El proyecto europeo de cooperación en materia nuclear civil no ha convencido a los oficiales iraníes que reivindican su derecho al progreso tecnológico. Ahmadineyad no duda en presentarse como profeta de los oprimidos y guardián de la insumisión a un Occidente que “desea impedir a otras naciones alcanzar la cumbre de la ciencia y de la tecnología”. Mientras Europa se esfuerza en devolver a Teherán a la mesa de negociaciones, hay que constatar el fracaso de los esfuerzos diplomáticos y deplorar la ineficacia de las amenazas de sanciones, desacreditadas por una lluvia permanente des ultimatums sin contar las deivergencias en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. Rusia y China se oponen a unas eventuales sanciones.

¿Dudas en Washington?

Para la administración Bush, la intervención es una opción que no hay que descartar. Los Estados Unidos, así como su aliado Israel –también potencia nuclear a su vez-, no aceptarán el acceso de Irán a las armas atómicas. El vicepresidente Dick Cheney ha advertido sobre “serias consecuencias” si la situación se atascaba aún más. Sin embargo, desde agosto de 2005, el muy neoconservador Proyecto para un nuevo siglo americano (PNAC), uno de los think-tanks más influyentes en Washington, se mostraba cauto ante la posibilidad de un ataque norteamericano a corto plazo. El motivo son las dificultades que atraviesan las fuerzas angloamericanas en Irak y la inestabilidad en Oriente Medio. La cadena de televisión quatarí Al-Jazeera no deja de subrayar que Irán se encuentra “en mejores condiciones que el Irak de Sadam Hussein y su gobierno antes de la guerra”, sumando la impopularidad creciente de George W. Bush y de Tony Blair en sus respectivos países. Además, la potencia militar de Irán es mucho más significativa que la del ejército iraquí en su día. A pesar de la existencia de un caldo de cultivo sociológico parecido, la similitud entre Irán y el Irak de Sadam se detiene ahí. Por ello, los norteamericanos se ven obligados a buscar un consenso diplomático. No es tiempo de escaladas que radicalicen a la opinión pública y hagan bascular hacia el caos a una región ya de por sí frágil. Durante un encuentro con Angela Merkel hace un año, George W. Bush declaró que perseguía una “solución diplomática” a la crisis.

La unión hace la fuerza

El énfasis retomado sobre la teoría “soft power” (“poder blando”) se apoya en decisiones simbólicas, como por ejemplo la reanudación de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Libia. A este propósito, Condoleeza Rice declaró que se trataba de “un importante ejemplo y que las naciones del mundo exigen un cambio de actitud por parte de los regímenes iraní y norcoreano”. Washington apoya, pues, los esfuerzos de mediación de Europa que, a su vez, teme convertirse en objetivo de los misiles de Irán y se interesa por sus recursos naturales. Los intereses occidentales convergen. La administración Bush trata así de corregir sus errores y demostrar que ha sacado lecciones del lodazal iraquí. Europa se reafirma como principal negociador y gana a la vez en seguridad en sí misma y en unidad. Frente a la urgencia del problema, los EE UU y la UE no tienen otra elección que la de ir de la mano. No arreglar la cuestión de forma definitiva sería ridiculizar el poder de la primera potencia mundial y abrir la vía para que se desarrollen otros programas nucleares irregulares. Occidente se prepara para decidir en conjunto. A su alrededor, el vacío.