Máster en emigración

Artículo publicado el 23 de Abril de 2006
Artículo publicado el 23 de Abril de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

La integración de Polonia en la UE despertó grandes esperanzas sociales ante la posibilidad de circular por la Europa de los quince debido a la permanente crisis del mercado laboral polaco.

“No me gusta quedarme en una ciudad mucho tiempo”, explica Marta, que desde hace apenas un año vive en Praga. Sus necesidades de cambio la empujaron a dejar a su familia en Lublin para trasladarse a Cracovia a estudiar y posteriormente marchó a Bélgica y a Suecia. Viajar ya dejó de ser un privilegio elitista. Según algunas estimaciones se crearán cerca de 370.000 puestos de trabajo en los diferentes países de la Unión Europea. Para cubrirlos se han llevado a cabo diversas tareas de difusión como el Año Europeo para la movilidad de trabajadores 2006.

En Alemania, Italia y Gran Bretaña trabaja un gran número de polacos, difícil de contabilizar, entre ellos un alto porcentaje de mujeres. La feminización global del proceso de migración comenzó en los años setenta en Estados Unidos, ante la masiva introducción de las mujeres en el mercado laboral y un brusco crecimiento de la demanda de asistentas domésticas y niñeras, y como consecuencia, una elevada demanda de inmigrantes llamadas “asistentas de la globalización” por Rhacel Salazar Parrenas. Del este meridional asiático llegan asistentas a las casas de los ricos de Kuwait y Arabia Saudí; América Latina abastece a Estados Unidos y España de cuidadoras y niñeras, mientras que las polacas y ucranianas han monopolizado el trabajo de amas de casa en Berlín, Roma y Bruselas.

Su característica común es la motivación económica que es más fuerte que entre los emigrantes masculinos. Las polacas por norma general son más cultas y emprendedoras, una de cada tres tenía trabajo estable en su país (este mismo indicador en los hombre es del 46%), y una de cada dos afirma no tener una motivación profesional concreta. La mujer es en el mercado laboral polaco un trabajador de segunda clase, que se demuestra con un sueldo medio de un 20% menos.

Los emigrantes se pueden dividir en 2 grupos: mujeres de aproximadamente unos 40 años o jubiladas, habitualmente de las regiones afectadas por un mayor índice de desempleo en su país y que trabajan para enviar el dinero a su familia. El segundo grupo está formado por los habitantes de las grandes ciudades, de entre 25 y 30 años, que emigran para ganar para sí mismos. Los jóvenes polacos frecuentemente aplazan su salida al extranjero hasta el momento en el que terminan sus estudios –gracias a ello tienen una formación superior o media-. Mientras que las “madres y abuelas” prefiren ocuparse de las labores tradicionales en países como Bélgica, Italia o Alemania, las “hijas” prueban suerte en Gran Bretaña y al otro lado del Océano.

El fantástico nuevo mundo

Joanna, recientemente licenciada en Politoligía, aterrizó en Londres precisamente la mañana en la que los atentados terroristas paralizaron la ciudad. Soñaba con continuar sus estudios y “comerse el mundo”. Aprender inglés era necesario para abrirse camino ante las grandes posibilidades. Hoy, dice: “Soy afortunada” porque en vez de trabajar en un bar como sus amigas, encontró trabajo en un videoclub.

Para Krysia, salir a trabajar en verano es casi una tradición familiar –desde hace más o menos 20 años sus padres van al oeste-. Los motivos que la empujan a salir son la necesidad económica y la curiosidad. Fortalecida con las primeras experiencias negativas trabajando por cuatro duros en un restaurante en Italia, se lanzó a la conquista de Dublín.

En este sentido, Marta que ya trabajó una vez como au-pair en Bélgica, es una excepción. Habiendo sido admitida para realizar los estudios de doctorado en la Universidad Carolina de Praga, sus planes cambiaron. Marta reorganizó su vida y actualmente tiene un buen trabajo, perspectivas de progresión, una casa y amigos. Le gusta la mentalidad abierta y la amabilidad de los checos. “Aquí me siento como en casa” afirma.

¿Qué más?

Marta se plantea seguir viajando, pero a Polonia dice que no vuelve: “Si me quisiera ir elegiría algo nuevo, pero no aquello que ya conozco. No me gusta lo que pasa en Polonia y a nadie le interesa el cambio”. Le pone nerviosa pensar en los embrollos de la política polaca.

A todo esto se le une el temor al shock del retorno a su país, después de un ritmo de trabajo duro sumado a una intensa actividad de diversión, se le une la tristeza por volver a la “normalidad”. Algunos como Joanna temen perder la ambición. “Tenía miedo de olvidarme de quién soy y cuáles son mis objetivos”. También volvió Krysia, que cree que para ella el verdadero despegue en la vida lo tendrá tras la obtención de su título en Ciencias Económicas.

Lo mismo que empuja a los jóvenes y ambiciosos a cruzar las fronteras en busca de nuevas oportunidades, a menudo les trae de vuelta. A no ser que su nueva patria les ofrezca las condiciones esperadas, abandonan sus empleos de tercera clase con sueldos que no aceptarían las nativas alemanas, belgas o irlandesas.

Joanna conoció en Londres antiguos doctorandos polacos que aún hoy realizan trabajos sin futuro engañándose con una esperanza de próximo ascenso. No hay dudas: “Es un camino demasiado largo que no merece la pena y es precisamente en Polonia donde podré llegar a ser alguien”.