MAX COOPER: LIBRE ALBEDRÍO, CIENCIA Y MÚSICA ELECTRÓNICA

Artículo publicado el 1 de Abril de 2014
Artículo publicado el 1 de Abril de 2014

Mientras realizaba su doctorado en biología computacional, Max Cooper era DJ y creaba música dance. Cuando los recortes afectaron a su investigación postdoctoral, empezó a dedicarse a la música a tiempo completo. Tras cientos de lanzamientos y 10 años en las pistas de baile, por fin presenta su primer disco. La ciencia, la informática, la música y el libre albedrío ocuparon nuestra charla.  

Me duele la ca­be­za por culpa de Max Cooper. Ano­che lo vi pin­char en París y, aun­que ter­mi­nó a me­dia­no­che, me dejó en tal es­ta­do de fre­ne­sí que he es­ta­do des­pier­to hasta el ama­ne­cer, lo cual es bas­tan­te tarde para un do­min­go si te­ne­mos en cuen­ta que es­ta­mos en in­vierno.  Así que12 horas des­pués de que Max haya aca­ba­do su se­sión y 3 horas des­pués de acos­tar­me, llego a su hotel para en­con­trar­me con él cara a cara en lugar de en una sala llena de gente mo­vien­do la ca­be­za al ritmo de su mú­si­ca. Llego cua­ren­ta mi­nu­tos tarde. Pero Max se ha ol­vi­da­do de que en París es una hora más tarde que en Lon­dres, así que cree que he lle­ga­do pron­to.

Nos es­tre­cha­mos la mano y Max son­ríe ama­ble­men­te; yo le de­vuel­vo una son­ri­sa débil. El pobre no tiene ni idea de lo que me ha hecho. Sa­li­mos a la luz in­ver­nal del día y ca­mi­na­mos hasta una ca­fe­te­ría cer­ca­na.

"El disco se llama Human", me cuen­ta. "La idea prin­ci­pal es que cada pista trata de mos­trar un as­pec­to di­fe­ren­te de la con­di­ción hu­ma­na". ¿Como cuál? "Hay una que se llama 'Seet­hing' que des­pren­de mucha ira; es furia y cru­de­za, la sen­ci­lla ma­ni­fes­ta­ción de un con­cep­to", ex­pli­ca Max. Lo cier­to es que la ener­gía en ebu­lli­ción de la can­ción deja una sen­sa­ción de en­fa­do y rabia, de au­tén­ti­ca furia.

¿Y EL LIBRE AL­BE­DRÍO?

Max pro­si­gue: "Luego hay temas más abs­traí­dos como 'Woven An­ces­try', que re­fle­ja el hecho de que todos somos un te­ji­do del pa­sa­do, que las ideas de nues­tros an­te­pa­sa­dos se han fun­di­do con la ge­né­ti­ca para dar lugar al in­di­vi­duo". ¿Y eso cómo se cap­tu­ra en mú­si­ca? "Uti­li­cé ins­tru­men­tos an­ti­guos de todo el mundo", ex­pli­ca. "Cada ins­tru­men­to so­na­ba a di­fe­ren­tes rit­mos y todos se fun­die­ron en un gran tapiz de ins­tru­men­tos de cuer­da pul­sa­da que re­pre­sen­tan este con­cep­to".

Y aquí es donde de­ja­mos de ha­blar de mú­si­ca. Max pide una crepe de jamón y queso con agua del grifo. Yo to­da­vía no estoy listo para pedir. "Si el in­di­vi­duo es pro­duc­to de sus an­te­pa­sa­dos, de la ge­né­ti­ca y de todas las in­ter­ac­cio­nes so­cia­les y cul­tu­ra­les de di­chos an­te­pa­sa­dos, ¿no ne­ga­ría esto el con­cep­to del libre al­be­drío?", le pre­gun­to en un tono agudo.  "Yo diría que no somos li­bres en ese sen­ti­do: nos vemos li­mi­ta­dos por el de­ter­mi­nis­mo y el azar. No po­de­mos que­bran­tar las re­glas del uni­ver­so, así que todos somos es­cla­vos del sis­te­ma. Pero, al mismo tiem­po, somos nues­tro ce­re­bro, y este es libre de ac­tuar como lo suele hacer, lo que cons­ti­tu­ye esen­cial­men­te el libre al­be­drío", res­pon­de Max. 

El video­clip de Mi­cron, de Max Cooper.

"Pero para mí no su­po­ne un pro­ble­ma por­que no lo con­ci­bo de nin­gu­na otra ma­ne­ra", pro­si­gue. "No nos po­de­mos se­pa­rar del cir­cui­to ce­re­bral; una vez que lo acep­tas, el pro­ble­ma des­a­pa­re­ce". Aun­que suena como una alar­man­te vi­sión me­ca­ni­za­da de la hu­ma­ni­dad, Max di­si­pa mis mie­dos con un matiz: "Tam­po­co es que sea un fun­cio­na­lis­ta total. La cien­cia to­da­vía ex­pli­ca úni­ca­men­te con­cep­tos ob­je­ti­vos y no­so­tros ex­pe­ri­men­ta­mos todo un mundo sub­je­ti­vo al que la cien­cia no llega". Max hace una pausa antes de desa­rro­llar sus ideas con calma y ele­gan­cia. Con su dis­cre­ta cha­que­ta negra y su vaso de agua del grifo, re­pre­sen­ta la viva ima­gen de la so­brie­dad. Hace doce horas, el mismo hom­bre lle­va­ba a la eu­fo­ria a una sala aba­rro­ta­da.

El con­flic­to entre ob­je­ti­vi­dad y sub­je­ti­vi­dad, cien­cia y arte, pa­re­ce es­pe­cial­men­te per­ti­nen­te para al­guien que hace mú­si­ca sobre las emo­cio­nes con or­de­na­do­res. ¿No exis­te una cier­ta di­so­cia­ción? Max ex­pli­ca que tanto los or­de­na­do­res como el uni­ver­so si­guen un con­jun­to fijo de nor­mas. Sí, "los or­de­na­do­res son com­ple­ta­men­te de­ter­mi­nis­tas", mien­tras que "exis­te un ele­men­to de azar e im­pre­de­ci­bi­li­dad" en el uni­ver­so, ad­mi­te. "Pero no veo una con­tra­dic­ción en nues­tra forma de ser y en la de los or­de­na­do­res, es algo así como las dos caras de la misma mo­ne­da. Por eso, ex­pre­sar las emo­cio­nes hu­ma­nas a tra­vés de la mú­si­ca elec­tró­ni­ca me re­sul­ta na­tu­ral".

"LA COM­PLE­JI­DAD DE LAS MO­LÉ­CU­LAS"

A pesar de que le en­can­tan los or­de­na­do­res y la dis­ci­pli­na de sus nor­mas, en Human Max se sirve de los ins­tru­men­tos fí­si­cos más que nunca. "En los ins­tru­men­tos de ver­dad tie­nes ese azar, ri­que­za y com­ple­ji­dad del mundo real, mien­tras que en la mú­si­ca por or­de­na­dor eso se pier­de", afir­ma. "Si es­cu­chas un vio­lín, la com­ple­ji­dad misma de las mo­lé­cu­las, la ma­ne­ra en que estas se com­po­nen para dar forma a la ma­de­ra y las cuer­das, hay mucho azar y com­ple­ji­dad en el pro­ce­so". Le sir­ven lo que ha pe­di­do. La in­ter­ac­ción del azar y el orden se ve re­pre­sen­ta­da en el con­tras­te entre la ma­ra­ña caó­ti­ca del queso Edam y los cui­da­do­sos plie­gues al­me­na­dos de la crepe. Este tipo de co­men­ta­rios críp­ti­cos de­be­rían pasar desa­per­ci­bi­dos.

¿A qué suena la mú­si­ca de Max Cooper? A una es­pe­cie de hí­bri­do entre Mike Old­field y Jon Hop­kins, pero al mismo tiem­po no se pa­re­ce a nada ni a nadie. Del mismo modo, la con­ver­sa­ción que hemos te­ni­do sobre el libre al­be­drío, la cien­cia, el caos y los or­de­na­do­res no se pa­re­ce a nin­gu­na que haya te­ni­do jamás. A ratos con tin­tes glitch, a ratos con rit­mos de club, a ratos efí­me­ras y que trans­por­tan a mun­dos so­no­ros es­pec­tra­les que abar­can un am­plio es­pa­cio men­tal, siem­pre pro­gre­si­vas. Las can­cio­nes de Max Cooper te lle­van a tra­vés de un es­pec­tro de emo­cio­nes; nunca te sen­ti­rás igual de prin­ci­pio a fin.

"Siem­pre trato de con­tar his­to­rias y pin­tar imá­ge­nes", dice Max. "Yo te con­ta­ré una his­to­ria", le res­pon­do de pron­to, para mi pro­pia sor­pre­sa. "Me topé con tu mú­si­ca cuan­do vivía en Moscú. La nieve cubre los co­lo­res, en­mas­ca­ra los aro­mas y amor­ti­gua los so­ni­dos, así que en Moscú en in­vierno uno se mueve en un mundo de sen­sa­cio­nes re­du­ci­das. Tras seis meses de nieve e hi­ber­na­ción, la pri­ma­ve­ra viene de re­pen­te, el sol de­rri­te la nieve y la ciu­dad es una ex­plo­sión de flo­res. En un huer­to fru­tal, trepé a un árbol que ya había flo­re­ci­do y es­cu­ché tu remix de San­su­la una y otra vez. Me daba la sen­sa­ción de que el árbol cre­cía a mi al­re­de­dor. Fue GE­NIAL". Paro de re­pen­te, aver­gon­za­do, y me acuer­do de que soy yo el que está en­tre­vis­tan­do a Max y no al revés. Pero Max son­ríe y me sien­to re­di­mi­do. Dice que sus can­cio­nes se ins­pi­ran en emo­cio­nes, ideas o ex­pe­rien­cias po­de­ro­sas. Con una mi­ra­da so­ña­do­ra, me cuen­ta que la ins­pi­ra­ción para Mea­dows sur­gió de “un día de ve­rano en la cam­pi­ña in­gle­sa, con las mos­cas, las abe­jas y el sol".

Max dice que el ob­je­ti­vo de su mú­si­ca es cap­tu­rar lo que sien­te e in­fun­dir esos mis­mos sen­ti­mien­tos en los que le es­cu­chan. El día que pasé subido a un árbol en Moscú y mi noche en un club de París me dicen que, por lo que a mí res­pec­ta, Max ha con­se­gui­do eso y más. Me va­ti­ci­na que la bio­tec­no­lo­gía re­vo­lu­cio­na­rá el mundo en cien años. Yo os digo que Human os re­vo­lu­cio­na­rá el día en cien mi­nu­tos.

La en­tre­vis­ta com­ple­ta es­ta­rá dis­po­ni­ble pron­to aquí (en in­glés).