Meriendas felinas en 'Le Café des Chats' de París

Artículo publicado el 13 de Mayo de 2014
Artículo publicado el 13 de Mayo de 2014

Nunca he sido un amante de los gatos. Son unos animales mimados, lo quieren todo y no dan nada. O quizá sean como las prostitutas: los gatos dejan que los humanos les toquemos para conseguir ganancias materiales, pero en su caso comida y no dinero. Prefiero la lealtad sincera de los canis familiaris, pero soy de mentalidad abierta, así que fui al Café des Chats del 10º distrito de París.

Nada más en­trar en la ca­fe­te­ría me in­for­man de que tengo que lim­piar­me las manos con un an­ti­sép­ti­co muy olo­ro­so. Nor­mal­men­te esto se hace des­pués de tocar ani­ma­les, no antes, por lo que se da a en­ten­der que los hu­ma­nos son más su­cios que los gatos. Afor­tu­na­da­men­te no soy muy sen­si­ble y no me sentí ofen­di­do. Me co­men­tan que está prohi­bi­do tocar gatos dor­mi­dos.

Bajo por una es­ca­le­ra hasta una cueva muy bien ilu­mi­na­da, que pa­re­ce haber sido ta­lla­da di­rec­ta­men­te del suelo ro­co­so de París. Es una es­pe­cie de maz­mo­rra aco­ge­do­ra. Hay va­rios gatos dur­mien­do pla­cen­te­ra­men­te en nidos co­lo­ca­dos en la pared y otro está en­ci­ma de la mesa mien­tras una fa­mi­lia le aca­ri­cia. Un gato bebe té de la taza de un hom­bre bar­bu­do. Me sien­to como si es­tu­vie­se en In­ter­net.

Pero lo que más me in­tere­sa no son los gatos, sino los hu­ma­nos. ¿Qué tipo de per­so­na se toma un café con un gato?

Echo un vis­ta­zo a los clien­tes y no puedo evi­tar pen­sar que ellos son los ver­da­de­ros ani­ma­les del lugar. Los gatos duer­men tran­qui­la­men­te o ca­mi­nan con ele­gan­cia, mien­tras que los hu­ma­nos van dando tum­bos, cho­cán­do­se entre ellos, dando gri­ti­tos de emo­ción. Dos jó­ve­nes de­ci­den que, si no pue­den tocar los gatos dor­mi­dos, los des­per­ta­rán para poder ha­cer­lo. Uno de los gatos duer­me en­ci­ma del piano, así que los cha­va­les gol­pean las te­clas, que emi­ten un so­ni­do ho­rri­ble. El gato se des­pier­ta y se lo lle­van con as­pec­to triun­fan­te.

Un ar­ge­lino lla­ma­do Ali se sien­ta en la es­qui­na. Es gran­de y está solo, pero tiene una son­ri­sa in­men­sa. Ex­pli­ca que los gatos tie­nen di­fe­ren­tes sig­ni­fi­ca­dos cul­tu­ra­les en cada país. "En cier­tas par­tes de Áfri­ca se quema un gato para dar buena suer­te a al­guien que se mar­cha lejos", ex­pli­ca. Pero en su Ar­ge­lia na­tal "los gatos hacen lo que quie­ren. En­tran hasta en las mez­qui­tas". Ali me cuen­ta que, cuan­do era joven, tuvo una dis­cu­sión con su padre por­que no de­ja­ba que su gato co­mie­se en la mesa, "así que me llevé una mesa a mi cuar­to y comía ahí con el gato. Tenía su pla­ti­to al lado del mío, co­mía­mos jun­tos". ¿Y por qué ha ve­ni­do al Café des Chats? Saca un ar­tícu­lo de pe­rió­di­co del bol­si­llo y me en­se­ña el anun­cio que le hizo venir. Des­pués se le­van­ta y va a bus­car un gato, ca­mi­nan­do con en­tu­sias­mo, como un ele­fan­te en una ca­cha­rre­ría.

Los gatos, al igual que los bebés, mi­ti­gan el dolor y la vergüenza de las in­ter­ac­cio­nes so­cia­les inade­cua­das. Si hay un bebé o un ani­mal cerca, los si­len­cios in­có­mo­dos se rom­pen to­can­do a esa cria­tu­ra. Se puede in­ter­ac­tuar sin ha­blar. Ni si­quie­ra hace falta tener nada en común, solo hay que to­car­le y son­reír, crean­do un víncu­lo con la otra per­so­na. Para al­gu­nos clien­tes este es el rol del gato. Hay pe­que­ños gru­pos si­len­cio­sos, mi­ran­do ex­ce­si­va­men­te al gato sen­ta­do en su mesa.

El Gato con botas se re­vol­ve­ría en su tumba si viese a estas fe­ro­ces má­qui­nas ase­si­nas, tan pre­ci­sa­men­te cons­trui­das, he­chas un ovi­llo en el sofá y ven­dien­do sus cuer­pos en una cueva sub­te­rrá­nea de París. Hay una cu­rio­sa ten­sión entre la cons­truc­ción del gato y su reali­dad dia­ria. Los gatos do­més­ti­cos lle­van dos vidas pa­ra­le­las, ca­zan­do pá­ja­ros y des­mem­bran­do ra­to­nes sin com­pa­sión para des­pués vol­ver a casa y dejar que les ras­quen las ore­jas mien­tras duer­men. Si un hu­mano se com­por­ta­se así se diría que es un psi­có­pa­ta es­qui­zo­fré­ni­co, pero los clien­tes no pien­san lo mismo.

Dos chi­cas es­ta­dou­ni­den­ses están en plena ac­ción, co­rrien­do por todas par­tes, per­si­guien­do ani­ma­da­men­te el li­mi­ta­do su­mi­nis­tro de gatos. Las saco de la per­se­cu­ción para ver qué pien­san. ¿Por qué vi­nie­ron al Café des Chats? "¡Por­que los gatos son una mo­na­da!". ¿Por qué son monos? "¡Por­que son súper monos!", ex­cla­ma Sarah, de 21 años. Estoy ma­ra­vi­lla­do con el ta­len­to que tie­nen los es­ta­dou­ni­den­ses para cum­plir tó­pi­cos. "Son muy monos", con­ti­núa Sarah, "y son muy sua­ves y te tran­qui­li­zan. Les gusta re­la­jar­se y va­guear, que es to­tal­men­te la at­mós­fe­ra que de­be­ría haber en una ca­fe­te­ría aco­ge­do­ra como esta. Crean un am­bien­te per­fec­to para re­la­jar­se y pa­sár­se­lo bien".

Sarah ha dado en el clavo. Ni­co­le, otra clien­ta de la ca­fe­te­ría, me cuen­ta que los ani­ma­les tie­nen un poder te­ra­péu­ti­co único. "En la cár­cel hacen te­ra­pia con pe­rros", me co­men­ta, "y hay pre­sos que dicen que 'si no tu­vie­se 5 mi­nu­tos al día con un perro, ya me ha­bría sui­ci­da­do'". Los ani­ma­les se usan cada vez más en las pri­sio­nes de forma te­ra­péu­ti­ca para ayu­dar a los con­de­na­dos a su­perar trau­mas emo­cio­na­les. De hecho, la "te­ra­pia asis­ti­da con ani­ma­les" está re­co­no­ci­da como tra­ta­mien­to para los dro­ga­dic­tos. ¿Están los clien­tes del Café des Chats par­ti­ci­pan­do en una te­ra­pia emo­cio­nal sin ser cons­cien­tes?

¿Qué puede con­tar­nos esta ca­fe­te­ría sobre el es­ta­do de la so­cie­dad? ¿Es un sín­to­ma de nues­tra ob­se­sión con los es­tí­mu­los sen­sua­les? ¿Ma­te­ria­lis­mo en es­ta­do puro? Hoy en día, en vez de es­ti­mu­lar el ce­re­bro con el pe­rió­di­co, al beber café se es­ti­mu­la el cuer­po con un gato. Lo sen­sual re­em­pla­za lo ce­re­bral. O quizá el Café des Chats sea un sín­to­ma de la so­le­dad in­he­ren­te al ser hu­mano, una so­le­dad que se ve acen­tua­da con la frag­men­ta­ción so­cial de las me­tró­po­lis mo­der­nas. Pa­re­ce que, al vivir cada vez más jun­tos, nos ale­ja­mos cada vez más. ¿Pue­den los ani­ma­les ayu­dar­nos a su­perar este ais­la­mien­to? Puede que la ca­fe­te­ría sea un de­ri­va­do de la cri­sis eco­nó­mi­ca, que nos ha arre­ba­ta­do los re­cur­sos para tener gatos no­so­tros mis­mos y a la vez au­men­ta nues­tras an­sias de ca­ran­to­ñas re­con­for­tan­tes y afec­to de­sen­fre­na­do.

Es­ta­ba co­gien­do la car­te­ra cuan­do me di cuen­ta de la ho­rri­ble hu­mi­lla­ción que deben de so­por­tar estos gatos (o so­por­ta­rían, si fue­sen gatos mar­xis­tas). La hu­mi­lla­ción de ser con­tro­la­dos por des­co­no­ci­dos que ni les co­no­cen ni quie­ren co­no­cer­les: "Tu sua­vi­dad por mi di­ne­ro". Esta no es una re­la­ción so­cial entre igua­les, es una re­la­ción eco­nó­mi­ca donde un su­je­to de con­vier­te en el ob­je­to de valor eco­nó­mi­co, co­mo­di­dad, fe­ti­chis­mo. Una ­cosificación pura y dura. Pero Sa­mant­ha, una de las em­plea­das de la ca­fe­te­ría, re­suel­ve mis te­mo­res. Dice que los gatos no su­fren nin­gu­na pre­sión: "A veces de­ci­den dor­mir todo el día… Solo se acer­can a los clien­tes cuan­do quie­ren". Es una re­la­ción sim­bió­ti­ca en la que los gatos y los clien­tes com­par­ten la re­com­pen­sa emo­cio­nal. Esta ex­pe­rien­cia no me ha con­ver­ti­do en un aman­te de los gatos, pero mis pre­jui­cios sobre ellos sí que han cam­bia­do.