Mi colocón, mis compras, mi vida

Artículo publicado el 3 de Enero de 2014
Artículo publicado el 3 de Enero de 2014

Podemos personalizar los objetos y experiencias de nuestra vida cotidiana hasta el más mínimo detalle. Diseñamos nuestros zapatos, nuestra programación en la tele. Todo gira en torno al yo, yo, YO. Aquí están las reflexiones imaginarias de alguien que vive en una sociedad distópica de un futuro que ha llevado el concepto de la personalización, el individualismo y las selfies hasta el extremo…

Lla­ma­ban nar­ci­sis­mo al in­di­vi­dua­lis­mo. Lla­ma­ban egoís­mo al que­rer­se a uno mismo. Ahora lo con­si­de­ra­mos ne­ce­sa­rio o nor­mal. «Talla única» es la frase to­ta­li­ta­ria más re­pe­len­te que he es­cu­cha­do en mi vida. Me da es­ca­lo­fríos, pero así eran las cosas antes.

MI CARA EN MI CA­MI­SE­TA Y EN MI JER­SEy

La gente iba a «tien­das» a «es­co­ger» entre una pe­que­ña se­lec­ción de ropa pre­fa­bri­ca­da, di­se­ña­da según los gus­tos de otros. Había que meter con cal­za­dor tus pro­pios de­seos en el marco con­cep­tual de otra per­so­na. ¿Cómo podía al­guien tener sen­ti­do de iden­ti­dad in­di­vi­dual, de uno mismo, cuan­do todos ves­tían igual? Cuan­do ne­ce­si­to ropa o quie­ro re­con­fi­gu­rar mi iden­ti­dad me tumbo en la cama con el por­tá­til en­cen­di­do, echo la ca­be­za hacia atrás, abro los ojos, cie­rro la boca, o si eso la dejo un poco en­tre­abier­ta para ani­mar la cosa. Sel­fie. Guar­dar como. Entro en Mi­Com­pra.​com. Los ajus­tes de cuer­po ya están guar­da­dos. Ca­mi­se­ta y jer­sey a juego. Com­prar. Trein­ta mi­nu­tos des­pués llega por la tram­pi­lla para pa­que­tes mi nueva ima­gen. Mi cara en mi ca­mi­se­ta y en mi jer­sey. Es tan yo.

Mi buen amigo Dave (que Dios lo tenga en su glo­ria) decía que «la sel­fie co­rrom­pe el que antes era el sa­gra­do con­cep­to del self o el yo». Decía: «Sel­fie. Self-ie. Es como si el ver­da­de­ro yo se os­cu­re­cie­ra lingüís­ti­ca­men­te por medio de ese vul­gar su­fi­jo, del mismo modo que se os­cu­re­ce como fe­nó­meno por medio de esos amar­ga­dos es­pe­jos que lla­ma­mos “ami­gos” (vir­tua­les, por su­pues­to), cuyos “me gusta” sir­ven para dar va­li­dez a nues­tra exis­ten­cia y de­fi­nir nues­tro yo a tra­vés de nues­tra sel­fie». «Vaya cho­rra­da, Dave», le res­pon­dí. Y vaya si lo era. Ahora Dave está muer­to y yo estoy aquí sen­ta­do, más con­ten­to que unas Pas­cuas con mi cara en mi ca­mi­se­ta y en mi jer­sey.

De­jan­do ATRÁS EL «MUNDO DE NO­SO­TROS»

Hay gente que sitúa el mo­men­to de rup­tu­ra –cuan­do de­ja­mos atrás el an­ti­guo mundo, el «mundo de no­so­tros»- en el mo­men­to en que se pudo parar la te­le­vi­sión en di­rec­to por pri­me­ra vez. Fue en­ton­ces cuan­do nos vimos li­be­ra­dos de la obli­ga­ción de vivir al mismo tiem­po y a la par que otras per­so­nas. Al pa­re­cer, la gente se reunía antes, o más bien te­nían que re­unir­se, a la misma hora –una hora fija- para ver un pro­gra­ma. In­clu­so pa­re­ce ser que les gus­ta­ba. «Los So­prano a las nueve», de­cían con una son­ri­sa. En mi opi­nión, estar obli­ga­do a aca­tar un ho­ra­rio uni­ver­sal es la mayor opre­sión de todas. Ahora vi­vi­mos con Mi­Tiem­po y vemos lo que que­re­mos cuan­do que­re­mos. 

No sé por qué pero hoy no paro de pen­sar en Dave. Dave, con su pe­que­ña ca­be­za y gran pre­sen­cia. Dave es­ta­ba como una au­tén­ti­ca cabra. Siem­pre decía que el pro­pó­si­to de la lec­tu­ra era em­pa­ti­zar, ex­pe­ri­men­tar el mundo desde di­fe­ren­tes pers­pec­ti­vas. «Vaya cho­rra­da», le dije, y vaya si lo era. El pro­pó­si­to de la lec­tu­ra no es en­ten­der a otros yos, sino dis­fru­tar del pro­pio yo. La gente leía antes los mis­mos li­bros. A veces, mi­llo­nes com­pra­ban los mis­mos su­per­ven­tas. ¿Os lo po­déis ima­gi­nar? Ahora te­ne­mos nues­tros pro­pios li­bros o, mejor dicho, te­ne­mos Mis­Li­bros. No tengo más que en­trar en Leeme.​com y se­lec­cio­nar el gé­ne­ro y ex­ten­sión que desee. Su sis­te­ma in­for­má­ti­co con­fi­gu­ra el ar­gu­men­to y los per­so­na­jes idó­neos para mí uti­li­zan­do dé­ca­das de datos ob­te­ni­dos de mis há­bi­tos de na­ve­ga­ción. Y no hay nada de esas ton­te­rías de po­ner­se en la piel del otro: yo pro­ta­go­ni­zo mis pro­pios li­bros.

IM­PRI­MO MIS PRO­PIAS DRO­GAS

Dave me decía que «la sel­fie es un sín­to­ma de la so­le­dad in­he­ren­te a la con­di­ción hu­ma­na». In­sis­tía en que lo que pen­sá­ba­mos que era la cura él lo con­si­de­ra­ba un sín­to­ma. «To­me­mos las va­ca­cio­nes, por ejem­plo», dijo Dave, mien­tras sus bri­llan­tes ojos ne­gros se le sa­lían de las ór­bi­tas. «Con las va­ca­cio­nes en­ten­de­rás lo que quie­ro decir. Antes todo el mundo se iba de va­ca­cio­nes con los ami­gos. Era algo que uno siem­pre com­par­tía con los ami­gos. Los que se iban solos de va­ca­cio­nes sen­tían so­le­dad. Ahora todos se van de va­ca­cio­nes solos pero no sien­ten so­le­dad por­que pue­den com­par­tir­las con los ami­gos que no están ahí. Com­par­ten la sel­fie con un cañón o un can­gu­ro y los “me gusta” no paran de subir y es como si sus ami­gos es­tu­vie­ran con ellos. Son estos “me gusta” los que dan va­li­dez a su exis­ten­cia y eli­mi­nan la so­le­dad de una ex­pe­rien­cia so­li­ta­ria no com­par­ti­da con nadie». «Vaya cho­rra­da», le dije y vaya si lo era. Ahora Dave está muer­to y yo estoy aquí, re­cién lle­ga­do de unas es­tu­pen­das va­ca­cio­nes solo que he com­par­ti­do en su to­ta­li­dad en Mis­Va­ca­cio­nes con mi cá­ma­ra de sel­fies

Dave ha­bla­ba mucho de ir a las raves a la sa­li­da de la M1 y sen­tir el amor y com­par­tir todos las mis­mas dro­gas y la misma mú­si­ca. «Las mi­ra­das per­di­das y la ar­mo­nía flo­tan en el am­bien­te», decía Dave. Le en­can­ta­ba el sen­ti­mien­to de co­mu­ni­dad. No se me ocu­rre nada más es­pan­to­so. Ahora cuan­do me quie­ro co­lo­car no tengo más que en­trar en Mi­Co­lo­cón. Pongo mi es­ta­do de ánimo ac­tual y mi es­ta­do de ánimo desea­do y ya está, no hay más pre­gun­tas. Cuan­tas menos pre­gun­tas haya, mejor. Res­pon­der a pre­gun­tas deja mucho mar­gen al error hu­mano. La fór­mu­la quí­mi­ca se ca­li­bra fun­da­men­tal­men­te a par­tir de dé­ca­das de datos de na­ve­ga­ción al­ma­ce­na­dos sobre mí. A me­nu­do se trata de un com­pues­to to­tal­men­te nuevo, sólo para tu ce­re­bro. En el plazo de trein­ta mi­nu­tos tie­nes Tu­Co­lo­cón, o mejor aún, lo pue­des im­pri­mir in­me­dia­ta­men­te con una im­pre­so­ra 3D de com­pues­tos quí­mi­cos. Ahora im­pri­mo mis pro­pias dro­gas. Mi­Co­lo­cón. Nues­tro­Co­lo­cón ni si­quie­ra tiene ritmo. Aque­lla época en la que todos se me­tían las mis­mas dro­gas, para todos lo mismo, las mis­mas dro­gas para todos los ce­re­bros, aque­lla época debió de ser ho­rri­ble. Con razón pi­lla­ban tan­tos co­lo­co­nes malos. 

No sé por qué no paro de pen­sar en Dave. Ya hace tiem­po que murió. Se sui­ci­dó por falta de amor pro­pio. Eso nunca me pa­sa­rá a mí. 

Este ar­tícu­lo forma parte de dos­sier sobre el Nar­ci­sis­mo de Ca­fé­ba­bel. Hay cinco ar­tícu­los más en esta serie.