Mi experiencia como becaria en Bruselas

Artículo publicado el 2 de Marzo de 2015
Artículo publicado el 2 de Marzo de 2015

Mis prácticas en  Bruselas fueron mi primera vivencia en el extranjero por mi cuenta. ¡Fue incluso antes de mi Erasmus! Con 22 años  decidí ganar algo de experiencia antes de ir a la universidad y me embarqué en unas prácticas de dos meses en una oficina de asuntos exteriores italiana en la capital belga.

Estaba muy emocionada por vivir allí y nunca me sentí como una extranjera. Bruselas no tiene una identidad muy bien definida, por su historia y por el número de personas extranjeras que residen en ella. Igual que puede ser la ciudad de nadie, puede ser la de todos.

Desafortunadamente mis prácticas no eran remuneradas aunque era becaria en el departamento comunicación del Instituto Italiano de Cultura de Bruselas, que promueve la cultura italiana en el extranjero.

El trabajo fue difícil, a veces hacía jornadas de hasta 12 horas y sólo con ver que las tiendas cerraban a las 6 de la tarde, me daba cuenta de que a menudo no tenía tiempo para nada, ni siquiera para la cena. 

Recuerdo mi primer día de trabajo: apenas llevaba 5 minutos allí y mi jefe me pidió que hiciera algunas copias a doble página, pero la fotocopiadora tenía más pedidos que un transbordador espacial. Aún así, desde aquel momento las cosas fueron bien. Llegué a tener una buena amistad con los otros becarios y fueron como una familia temporal durante mi estancia allí.

Sin embargo, y al ser Bruselas una ciudad en la que reside el poder político, hay gente a la que pueden faltarle escrúpulos. He oído muchas experiencias de supuestos amigos que pasaron por encima de otros con tal de poder ascender o situarse en el punto de mira. Independientemente de ello, mi experiencia fue muy estimulante: tuve la oportunidad de conocer a muchos cantantes conocidos y escritores que trabajaban para el Instituto y, al colaborar con la embajada italiana, pude incluso conocer a políticos y miembros del Parlamento Europeo.

La experiencia estuvo a la altura de mis expectativas y es que en Bruselas los jefes dan muchas responsabilidades a los becarios. Incluso cuando a veces resultaba estresante, era realmente motivador.

Por otro lado, tuve una sensación extraña: todo me parecía más grande y más importante que mi vida en casa, pero al mismo tiempo, lo veía más accesible. Seguro que la actitud de mentalidad abierta que tienen en el Norte de Europa fue de gran ayuda, así como la comunidad de italianos expatriados.

A la búsqueda y captura de un apartamento

Me las arreglé para poder alquilar la habitación de un amigo cerca de la Place Flagey, en el municipio de Ixelles. Es una de las zonas más bonitas de Bruselas y milagrosamente, mi alquiler era muy barato comparado con la media de la ciudad. Sin embargo, al principio no fue fácil estar allí. Las habitaciones en la casa eran realmente madrigueras para estudiantes o kots, como los llaman allí; sólo teníamos una pila en nuestras habitaciones y el baño y las duchas eran compartidos. No había comedor y la única habitación común era la cocina.

Vivía con 8 personas flamencas pero realmente, nadie me hablaba ¡ya que no sabía hablar holandés! No me esperaba que los belgas fueran tan tímidos e introvertidos y me sentí un poco sola. Además, teníamos opiniones diferentes acerca de la limpieza y algunos días la casa era una pesadilla.

Afortunadamente, conocí a varios becarios en la misma situación que me explicaron que las tensas relaciones entre la parte francófona y la flamenca a menudo pueden dificultar la amistad entre la gente, hasta el punto de transformar en antisociales incluso a los que vienen de fuera. Por suerte, unos días después me mudé con un amigo a otra casa, una de verdad, en Matongè, el barrio africano. Allí vivimos grandes experiencias con unos compañeros de piso belgas que eran geniales.

Puedo decir que la mayoría de gente que conoces es a través del trabajo. El resto de amigos que haces son compañeros de trabajo de alguien que conoces en las cenas de tus colegas, a través de couchsurfing -cuando tienes que alojarte en casa de alguien por un precio muy bajo-, o a gracias a que alguien organiza una quedada semanal. Una vez al mes también está el evento Anti tapas organizado por algunos italianos y españoles que cuenta con 4 ó 5 escenarios diferentes, comida, stands de ropa y otras actividades.

Durante el verano, organizan lo que se conoce como apéros urbaines, y que consisten en aperitivos después del trabajo en uno de los parques más famosos de la ciudad. Hay también bares muy bonitos en el barrio Châtelain o cafeterías muy hermosas en la zona de Marolles. Personalmente me encanta La Piola Libri, donde puedes tomar un apéro auténtico mientras escuchas un concierto o lees. En invierno, la gente siempre cena en casa con amigos.

Una ciudad europea

En cuanto a los precios, tengo que decir que aunque Bruselas es más barata que otras ciudades europeas, algunas cosas son inevitablemente caras como los restaurantes y la comida importada, además del transporte y del alquiler.

Por lo demás, se trata tan sólo de tener curiosidad, explorar y, en la medida de lo posible, saber a dónde vas. De hecho, dada la diversidad socio económica de la ciudad, es posible encontrar actividades y servicios por una amplia gama de precios. Aún así, no puedo decir que Bruselas sea una ciudad segura para vivir. La pobreza es muy visible y puede empeorar la relación entre los ciudadanos. 

Por otro lado, el acoso verbal es algo muy común en la calle y una chica que vuelve a casa sola por la noche puede sentirse un poco incómoda. Pero a pesar de ello nunca me han acosado físicamente.

Aparte de todo esto, me encantó la ciudad. Es un lugar cosmopolita en el que ocurre algo interesante cada día. Al mismo tiempo la capital es multiétnica y así lo demuestran los numerosos barrios étnicos y tiendas que conforman la ciudad. Por encima de todo puedo decir que es una auténtica ciudad europea.