Mi experiencia "extranjera" de prácticas en París

Artículo publicado el 19 de Febrero de 2015
Artículo publicado el 19 de Febrero de 2015

Soy una estudiante de periodismo franco-alemán, que ha vivido mucho tiempo en Alemania. Actualmente estoy de prácticas en París. Jamás habría imaginado ser como una extranjera en mi propio país.

"Ah, ¿vienes de la provincia?", empezamos ya con eso. El término "provincia" me crispa. Se sobreentiende de por sí que ya hay un centro: el de "los parisinos" tocados por la gracia de Dios y de la estupidez humana, o cerca. La "provincia" suena como "trozo de lodo poblado por mendigos". "No, yo vengo de Marsella ¿sabes?,  la segunda ciudad más grande de Francia en superficie y población. Sí, ya sabes, esa ciudad donde hace buen tiempo todos los días". Y ya está, ya tengo un parisino enfadado para todo el día, o tal vez dos.

Efectivamente, el primer choque cultural es estar atado al clima y al entorno. En París, el sol parece tímido y mi rostro apenas cambia de color: tengo una bonita palidez cadavérica. En cambio, la capa de contaminación, parece haber elegido domicilio permanente en la atmósfera parisina. En Marsella, el viento te persigue (regalo de Lyon) y el aire marino es de un dulzor embriagante. En mi estudio parisino, debo elegir entre cultivar un olor a cerrado o reemplazarlo por el dulce perfume de los tubos de escape.

Ejercicios de estilo

La extranjera que soy emprende de esta forma su integración en una nueva cultura. Aquí se debe caminar rápido y recto delante de uno mismo. Si uno camina a ritmo normal, puede tener la buena suerte de ser atropellado. Al final, después de unos días uno se habitua y se sorprende maldiciendo a los turistas lentos.

Marsella no es la capital de la elegancia. Se nos asocia facilmente por llevar leggins rosa fucsia y camiseta naranja fluorescente bien subida y pegada al cuerpo para exhibir las tabletas de chocolate...que nos comemos en invierno. Es por eso que no hace falta hacer mucho para brillar de elegancia al lado de un marsellés. Cuando se llega a París, se produce una especie de alivio visual. Son muchísimos los parisinos que tienen estilo, y a veces la ciudad me hace pensar en un podio enorme; incluso para ir a hacer la compra, hoy día, me daría vergüenza ir en pantalones deportivos.

Es cierto que hablamos la misma lengua, pero atención con expresiones propias del "marsellismo" como un ah il m'a emboucanée avec sa cigarette lui! (me ha apestado con su cigarro) o un c'est vraiment kafi de touristes ici (esto está hasta los topes de turistas), te surgen de repente. De momento, mi camuflaje funciona perfectamente. Nadie puede adivinar mis orígenes, hasta que me veo obligada a pronunciar las palabras "rosa" y "amarillo". Imposible que me salgan suaves, entonces, instantaneamente me localizan.

Libertad, igualdad, promiscuidad

En París, la gente acepta pagar una fortuna por vivir en 12 metros cuadrados (18 metros cuadrados equivalen a 750 euros por mes) y llega a alojarse en un número impensable como ese. Yo soy una de ellas. Vivo en un sexto piso con ascensor (la mayoría de mis amigos no tienen esta suerte) en 17 metros cuadrados en el barrio de Montparnasse. Tener semejante superficie es un lujo en París. Tengo un retrete y una ducha en mi apartamento -que están separados de mi cocina por una puerta corredera de madera, y me lavo los dientes en el único lavabo de hay: el fregadero- y parece que eso es un privilegio. Muchos amigos míos comenzaron su vida parisina con una ducha y un retrete en el rellano, a compartir con otros inquilinos.

Cuando vuelvo por las tardes a mi estudio, nunca me siento realmente sola, mi vecina siempre está ahí, imposible olvidarme de su existencia. Las paredes son tan finas que sé todo lo que ella hace hasta el más mínimo detalle. Oigo claramente el ruido de la cadena del agua, la ducha o cuando la cucharilla golpea la sartén al cocinar. Sé en qué momento tiene visita (y prefiero cuando son chicas), la oigo estornudar, cantar a toda voz bajo el secador. Oigo su despertador desde las 7 hasta las 8 de la mañana los domingos que no duerme en casa, pero sobre todo, la oigo memorizar sus apuntes a las 11 de la noche. En el fondo no hace nada malo, lleva una vida normal. Recuerdo con melancolía la aspiradora de mi vecina de Marsella los domingo a las 6 de la mañana. La extraño. O el leve y lejano ruido del pipí de su gato. Era casi cómodo, grato como una nana. O como cuando pasa el metro y hace vibrar las paredes de mi apartamento parisino a cada hora. Nos acostumbramos.

Todos los caminos llevan a París

La marsellesa que soy habría abandonado la idea de salir de noche: se termina siempre en los mismos lugares, al menos si encuentras un lugar donde aparcar. Sí, el marsellés se siente muy orgulloso por tener un gran 4x4 que ocupa dos plazas de aparcamiento. En la capital es un problema tener que elegir para salir y nada es inaccesible con los numerosos metros que hay disponibles, aunque es mejor omitir el tema de los precios.

De esta manera, los fines de semana y las tardes después de mi jornada de prácticas quedo con mis amigos, mayoritariamente marselleses. En Francia, todos los caminos llevan a París, basta con mirar las vías del tren. Los parisinos no lo dudan y eso aquí molesta a los marselleses. Mis amigos y yo cuando nos encontramos intercambiamos anécdotas sobre nuestro choque cultural de cara a la vida parisina y sacamos nuestro bello acento escondido. Algunos se sienten bien en París, e incluso reniegan de sus orígenes. Otros son extranjeros, como yo,  y saben que esto no es más que un paso temporal al que están obligados por sus prácticas universitarias.