Mi inmersión Erasmus en el Café des Langues de Metz

Artículo publicado el 15 de Febrero de 2018
Artículo publicado el 15 de Febrero de 2018

Quedamos en el Café des Langues, la institución preferida de los expatriados y estudiantes extranjeros para realizar intercambios lingüísticos. Un lugar que me intrigó desde mi llegada a Metz. Así es como se vive un martes lluvioso por la noche en el sótano de un bar, bebiendo y hablando sin importar que el reloj pase. 

Cada semana durante la happy hour, el Trovador tiene la jarra de cerveza de Campus a dos euros. Pero además de ofrecer alcohol a buen precio, este bar esconde otro secreto. El Café des Langues, toda una institución underground del Trovador, el bar más popular de Metz, en el este de Francia. Los martes, el Café se convierte en un lugar de reunión. Aquí se congregan apasionados de los viajes, viejos amigos, gente que se acaba de conocer, estudiantes Erasmus... Todos con ganas de charlar, tomar unas copas y divertirse. Un concepto muy popular en numerosas ciudades, pero particularmente arraigado y apreciado en Metz. Su origen está en las Soirées Erasmus de París, cuyo objetivo es establecer relaciones sociales entre los expatriados.

House of Cards, historias geniales y mermelada de ciruelas

Justo después de un semestre Erasmus en el helador frio finlandés, las borracheras europeas me las conozco muy bien. Desde mi llegada a la ciudad, el pasado septiembre, ansiaba que llegase el martes por la noche para ir a tomarme una pinta al Café des Langues. Una estupenda oportunidad, pensé, de ampliar mi círculo social y de dármelas de buen acento en inglés. También de dar alegría a mi tristona experiencia de estudiante de máster en la ciudad muerta y envejecida de Metz. Capital del departamento de Mosela, la ciudad solo es conocida por tres cosas: su gris meteorología, su mercado de Navidad y su mermelada de ciruela mirabel. Así que cogí mi cámara de fotos y mi cuaderno y me dirigí al centro.

Una vez con mi pinta en la mano, bajé al sótano del bar y me encontré a un grupito alrededor de una mesa que bromeaba en francés. O sea, el Café era eso. No es cuestión de molestarse, aún es temprano. Mientras, voy hablando con Michael y Dany, los dos organizadores. Estos dos treintañeros llevan cada uno una placa naranja, muy útil para localizarlos, presentarse y unirse al grupo. El primero es conductor de autobús; el segundo, dependiente en H&M. Ambos son miembros del Café desde hace años y me cuentan todo el historial -bien repleto- de grandes momentos de esta antigua asociación, transformada en un club informal. El House of Cards de los expatriados del este de Francia, el Café des Langues ya no es lo que era.

Las numerosas luchas de poder, líos amorosos y conflictos ideológicos remodelaron la agrupación semanal. Primero fue un grupo popular en la plataforma Couchsurfing, luego una asociación multicultural muy estructurada, y ahora el club ha tomado una forma híbrida. La organización del Café descansa en un simple grupo público de Facebook administrado por Michael, abierto a todo el mundo y muy popular entre los expatriadoss y estudiantes de la ciudad. Más de 2000 miembros intercambian conocimientos y experiencias. Para los recién llegados, suele ser el único medio de formar un primer círculo social en la capital del departamento de Mosela.

Dany me explica que esto lo hacen "para relajarse, tomar algo y escuchar historias geniales". Las anécdotas de los diez años de vida del Café que me cuenta Michael acompañan la primera parte de la velada. Dos miembros que se conocieron aquí y luego se casaron, vienen siempre, casi todas las semanas, a tomar algo en las mesas de madera del sótano del Trovador. Michael evoca el historial del círculo cerrado de organizadores. Unos años antes, uno de ellos había intentado hacer que el Café fuera "demasiado oficial, como una verdadera asociación con todos sus puntos bien definidos" y ampliar el concepto para acoger cada vez a más gente. Ese "gran jefe" improvisado no era del gusto de algunos organizadores. Abandonó rápidamente el grupo, que por suerte no acabó mal. 

Mi mirada no tarda en dirigirse hacia las personas que están alrededor de la mesa, colocada en el centro del Café des Langues. Todos se conocen perfectamente y están metidos de lleno en diferentes temas de conversación. Esa sinergia es intimidante para un novato, que en este caso soy yo. Me presento como periodista "en reposo", solo para gorronear cervezas despojándome de mi ética profesional.

Los estudiantes Erasmus van llegando poco a poco al sótano y mi llegada marca el inicio de la segunda parte. El sótano se llena rápido y el final de mi segunda pinta marca el pico de asistencia de gente en el Café. Ahora sí que empieza a poder hablarse de "lenguas", puesto que el alemán y el árabe acaban de resonar en el sótano, dominado inicialmente por el francés. ¿Y el inglés? Desgraciadamente, el Café no responde a las normas internacionales y tengo que conformarme con el francés. Una decepción marcada por la feliz llegada de mi tercera pinta.

En un rincón del sótano, en una pequeña mesa, Michael y Dany ya están borrachos y están ocupados en preparar un juego. Es el último Café des Langues de 2017, así que cada uno tiene que encontrar el equivalente de "Feliz Año Nuevo" en diez idiomas diferentes y escribirlo en un papel. Los primeros en completar la hoja habilitada para ello ganan una pinta. Como véis, un gran trabajo.

Primero conozco a Said, un argelino miembro del Café desde el 2008: un treintañero simpático, comprometido y curioso. En una esquina del bar, bastante discreto, está Ahmed, un ingeniero agrícola afgano que llegó a Francia hace unos años -no me pregunten la fecha exacta, porque ya llevo dos o tres pintas de más- y no encuentra ningún trabajo en la zona. Algunos expatriados a los que me intento acercar esa noche, cuaderno de notas en mano, parecen tener dificultades para integrarse en la ciudad y aprovechan unas horas a la semana en el Café para relacionarse al máximo. Ahmed me explica que incluso hablando francés a la perfección, "es muy difícil encontrar un trabajo cualificado si eres un expatriado". Este treintañero afgano se topa a menudo con una enorme discriminación. Le faltan algunas cualificaciones y cursos de formación para ser contratado, pero esos cursos son "demasiado caros" para un expatriado que no encuentra un empleo.

Hablo largo y tendido con Habib, natural de Marrakech. Frecuenta el Café des Langues desde hace varios años. Lleva una placa azul, tal y como llevan los miembros de este club que no se han vuelto a sus países demasiado rápido. Han acabado por convertire en "habituales". "Esto cambia la situación", me susurra Habib, que ha hecho unos cuantos buenos amigos dentro del club. Para él no tiene sentido pasar el martes por la noche en otro bar.

Unas horas después del comienzo de esta reunión semanal, empiezan a llegar estudiantes alemanas, se acomodan y empiezan a jugar a las adivinanzas del "Feliz Año Nuevo". Para ellas, el Café les ofrece un respiro dentro del ambiente tristón que impera en esta pequeña ciudad del este. En el bar, un montón de Erasmus se arrepienten de haber elegido este destino y derraman sus lágrimas en la cerveza. Afortunados son los que solo se quedan un semestre.

¿Una gran familia?

La mezcla de grupos es compleja. Mientras los veteranos del club permanecen en la misma mesa, los estudiantes Erasmus y los jóvenes expatriados hablan entre ellos y parecen más dispuestos a conocerse. Un verdadero agujero generacional hace estragos en el sótano del Trovador. Michael y Dany, héroes improvisados, intentan reunir y animar a todo el grupo.

"No es fácil seguir un juego cuando todo el mundo está distraído con la cerveza", dice casi sin respiración Michael, que tiene que llamar la atención de los participantes en repetidas ocasiones. En su intento de apalabrar nuevos encuentros y de crear un espíritu de grupo con el juego, los dos organizadores no saben a qué se enfrentan. Incluso con la ayuda del alcohol, es complejo reunir culturas diferentes, sobre todo cuando ya están repartidas en grupos de amigos.  

Las horas pasan y al final termino lidiando con Habib respecto a cómo escribir, respetando la ortografía,  Aam Saiid, la traducción árabe de "Feliz Año Nuevo". Mientras tanto, y ya casi al final de la velada, son tres estudiantes alemanas las que dan con las traducciones correctas. Los esfuerzos de los organizadores quedan bien pagados y las ganadoras obtienen como recompensa una pinta cada una.

Entre carcajadas y tropezoness, la velada termina. Salgo con la impresión de que el Café des Langues no es solo un lugar de encuentro informal. A veces parece desorganizado, pero sigue siendo una cita importante para los expatriados. Ya sea para beber, conocer gente o para escapar del ambiente deprimente de la ciudad, los miembros del Café comparten sus momentos con viejos amigos y conocidos que están de paso. Una gran familia de desconocidos cuyo único punto en común, un martes por la noche, sigue siendo la cerveza.

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