Miloš Lazin: el mediador entre Yugoslavia y Francia

Artículo publicado el 24 de Diciembre de 2007
Artículo publicado el 24 de Diciembre de 2007

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Su país ya no existe, sin embargo, a los 55 años, el escenógrafo Milos Lazin se dice yugoslavo y no dará su brazo a torcer. Premiado muchas veces durante festivales de teatro, aterrizó en París en 1989 y lleva una segunda vida de apátrida.

Miloš Lazin nos cita en un restaurante escondido en una callejuela del parisino barrio del Marais. Un establecimiento japonés de no muy buen aspecto. A Milos, acostumbrado a este local, se le hace la boca agua pensando en los helados de tomillo o rosa que tiene la costumbre de pedir aquí. Este escenógrafo yugoslavo, que ha montado numerosos espectáculos sobre las escenas nacionales de los Balcanes hasta 1989, vive de ahora cual parisino más.

Antes de expatriarse, Lazin era un hombre comprometido contra todas las formas de nacionalismo. Debido al recuerdo de la desintegración de su país natal, el dramaturgo rechaza la violencia, aquella que ataca a su identidad, yugoslava. Hoy pelea por impedir el olvido y no tener que “inventarse una identidad serbia o croata” a partir de la nada. Se niega a abandonar su “infancia yugoslava”.

Francia: asilo involuntario

Antiguo profesor en la facultad de arte dramático de Belgrado de 1982 a 1990, y director artístico del teatro Belgradense Atelje 212 de 1985 a 1987, lanzó producciones teatrales por todas partes en la antigua Yugoslavia. Hoy, cuando habla con entusiasmo de la nueva generación de escenógrafos en los Balcanes, cita por todas partes nombres bosnios, serbios y croatas.

Para él, el origen étnico no tiene ninguna importancia: “La ciudad con la que más me identifico es Sarajevo”. No es casualidad, ya que la capital bosnia es la más cosmopolita de las ciudades ex yugoslavas. “Es conciente de sus riquezas”, asegura.

Durante la adolescencia de Miloš Lazin, el rock made in los Balcanes alza su vuelo, en Sarajevo precisamente. En la época en que la ex Yugoslavia se abría al mundo occidental “todos soñábamos con el capitalismo”, recuerda, algo nostálgico. Fascinado por el teatro, Lazin leía a Peter Stein, dejando en él un recuerdo indeleble. Fue testigo del nacimiento del teatro balcánico, a pesar de la dominación austro-húngara en esta región.

Sin embargo, “mi visión del teatro es más bien alemana o nórdica”, afirma Lazin, sin gusto particular por las instituciones teatrales a la francesa. Según él, la creación en Alemania es el producto de compañías permanentes. Mientras que en Francia, el mundo teatral es mucho más cerrado, demasiado provincial, autosuficiente. “Aquí, no veo un verdadero autoanálisis”, asegura. Sin caer en lo maniqueo, Lazin considera que la situación está mejorando.

Un puente entre la ex Yugoslavia y Francia

“Yo nunca quise emigrar a Francia”, afirma con una media sonrisa en los labios. Reconocido por su trabajo en Yugoslavia, tuvo que emigrar en 1989, pero no por el éxito. “Yo era consciente de que jamás podría ser un escenógrafo francés”, recuerda, “el teatro es muy difícil de exportar”.

Su mujer y madre de sus hijos es francesa. Lazin fue a Francia a reunirse con ella, a formar una familia en París. Él se imaginó entonces llegar a ser “un mediador entre la ex Yugoslavia y Francia”.

Lazin escoge su función, la de puente, la del intermediador o traductor. Monta primero La isla de los Balcanes, una adaptación del texto de Vidosav Stevanovic, con la compañía Mappa Mundi Hôtel Europe, que él mismo creó. El espectáculo es una coproducción de los Centros dramáticos nacionales de Limoges y Montluçon, dos ciudades en las que también da clases de teatro a los alumnos de un instituto. Más tarde, dirige Ines y Denise de Slobodan Snajder, esta vez una coproducción franco-bosnia.

Desde la distancia, Lazin considera que “es más fácil emigrar que entrar en un país en el que has vivido y crecido pero que ya no existe”. Finalmente apátrida, el artista no se muestra fatalista. Desde su llegada a Francia se ha desenvuelto muy bien y además, vive de varias profesiones: periodista en Radio France Internationale, en el servicio franco-bosnio; como teórico, redacta numerosos artículos sobre las nuevas escrituras teatrales... No vive en la nostalgia del pasado.

Milos Lazin estudia, por último, su último proyecto, La femme bombe (La mujer bomba), la historia de una terrorista que se inmola llevándose con ella la vida de un político importante. Una obra de Ivana Sajko, representada por la Compañía Mappa Mundi.