Minsk: camino a la perfección, de régimen

Artículo publicado el 7 de Febrero de 2008
Artículo publicado el 7 de Febrero de 2008
Ordenada, elegante y tan limpia que dan ganas de caminar descalzo. Así es como le gusta al régimen de Lukachenko mostrar la capital bielorrusa. Al menos la que los turistas ven.

“Acaban de finalizar las reformas urbanísticas, ¿no te parece perfecta?”, me dice Andrei, un joven bielorruso que vive de los visados. “Por uno de 60 dólares me saco una comisión de hasta 100”.

De camino al hotel, Andrei pone su coche a 130 km/h en una de las calles más bellas que jamás haya visto: asfalto perfecto, cuatro carriles en cada sentido separados por una mediana digna de los jardines de Versalles, iluminación impecable. Ausentes, los coches. “Perfecta, quizás por lo poco transitada, ¿no?”, le provoco. “A parte de bella ¿es necesaria una vía de acceso a la ciudad tan grande?”. Con las manos al volante y un cierto aire de tristeza me responde, como si hubiese dado en su talón de Aquiles: “Tal vez no. Hoy en día sólo hay treinta vuelos a Minsk, no como en tiempos de la Unión Soviética. Es un aeropuerto demasiado grande para tal y como van las cosas: hubo un tiempo en el que Minsk era importante. Incluso tenemos carretera directa a Moscú”.

“En una ocasión, acompañamos a la ciudad a un juez bielorruso de setenta años. Era la primera vez que venía a Minsk: se quedó boquiabierto. No se creía que ésa fuese la capital de su país. No podía imaginar que hubiese un lugar tan perfecto y tan cercano a aquel donde había pasado toda su vida”

Lo saben todo

Lino y Sandro son italianos y llevan toda la vida yendo y viniendo de Bielorrusia. La primera vez fue en bici: “Un viaje un poco largo, cierto, pero éramos jóvenes”. “Ahora que somos dos jubilados, gestionamos una asociación para que niños de Chenobyl pasen el verano en Italia. Es increíble lo que ha empeorado el país”. Sí, en veinte años de Bielorrusia Lino y Sandro han vivido muchas cosas, entre otras, la prisión.

Pasolini y De Sica

Demasiado perfecto: el palacio de Lukachenko (Foto GA)

Todos los edificios y ventanas del centro están tan iluminados, que la ciudad de la luz parecería a medio gas. “¿Quién lo paga? Obviamente, el Estado, con fondos públicos”, me dice Julia, joven estudiante de filología y quien por sus ideas no muy cercanas a las del Gobierno, sigue sin poder visitar la Italia que estudia desde hace mucho tiempo. “También este año enviaron a otro que tenía menos nota que yo”, se lamenta ante su profesora conmigo de testigo.

¿La respuesta? La profesora se encoge de hombros con resignación: “Usted sabe que son problemas complicados que no dependen de nosotros”. Julia habla italiano correctamente, usa el subjuntivo, critica a Baricco, “sólo se salva “Océano Mar”, lee el Corriere Della Sera, ve las películas de Pasolini pero el que más le gusta es Vittorio De Sica, “no tengo tiempo para todo”, dice con sonrisa diplomática. No es muy optimista sobre el futuro del país. “Mi madre gana 100 euros al mes y la conexión a Internet cuesta 30: ¡no es una revolución online lo que vive el país!”

Cada vez que mi padre ve a Lukachenko (presidente-dictador de Bielorrusiandr),) en la televisión, le corroe la rabia. Pero cuando le digo que no lo muestre sólo en casa, se encoge de hombros y me dice que no puede. Y le entiendo, porque lo perdería todo: ¿cómo se mantiene a una familia sin trabajo? Julia continúa protestando. Ha participado en la marcha europea, en las que ha habido antes y así lo hará en las que le sigan.

“Mira, yo no tengo nada. No puedo callarme, somos nosotros los jóvenes, los que no tenemos nada que perder quienes debemos luchar por cambiar nuestro país”. Al hablar, Julia no se encoge de hombros.