Misión europea en Moldavia: el nuevo reto

Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2005
Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2005

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Desde el 1 de diciembre, Europa se asoma a la frontera con Ucrania y Moldavia en una nueva etapa estratégica fundamental para reforzar la ampliación de la Unión Europea.

Cuando mira hacia el Este, la Unión Europea se encuentra con retos inéditos y a veces imprevistos, topándose con realidades cada vez más alejadas de su viejo epicentro occidental. Una de estas realidades, quizás la más relevante, es Moldavia. Un pequeño Estado entre dos países que ya “huelen” un poco a Europa: Rumania y Ucrania. Moldavia se encuentra hoy en día suspendida entre dos mundos históricamente lejanos: la UE y Rusia, de la que formaba parte antes de la desintegración del régimen soviético.

Cincuenta oficiales para siete millones de euros

Moldavia es un país gobernado por comunistas más abiertos a occidente que en el pasado, pero dividido en dos por la existencia del Trans-Dniéster, una región gobernada por un régimen comunista fil-oruso respaldado por la presencia de tropas enviadas por el Kremlim. En este contexto se enmarca una iniciativa europea inédita: la Misión de Asistencia a las Fronteras, inaugurada por la Comisaria europea de Relaciones Exteriores, Benita Ferrero-Waldner. La misión, que comienza hoy, 1 de diciembre, prevé el envío de un contingente de 69 agentes de fronteras que trabajarán mano con mano con 50 agentes locales. El coste: siete millones de euros. El objetivo de la misión es claro: reforzar el control de las fronteras entre Moldavia y Ucrania, apoyando a las fuerzas de policía locales y rompiendo de esta manera el florecimiento de tráficos ilegales. La operación debería aislar al gobierno del Trans-Dniéster, cuyo poder se fundamenta en estos tráficos de armas hacia otros regímenes y hacia los grupos terroristas internacionales, sin olvidar el floreciente mercado negro de órganos y de niños.

Vecinos molestos

Para facilitar la emancipación de Moldavia y su acercamiento a Bruselas, es necesario desbaratar los planes del imperio ruso, que no abandona su postura negándose a retirar sus tropas del Trans-Dniéster. Rotundo y casi despreciativo se muestra su embajador en Europa, Vladimir Chizhov, en sus recientes declaraciones: "Los acuerdos fronterizos no afectan a las relaciones entre Rusia y Europa. Son cuestiones bilaterales entre Rusia y sus vecinos".

Para la Moldavia -con 4 millones de habitantes, de los cuales casi una cuarta parte ha emigrado a Europa del Este o a Occidente- está en juego la elección entre dos modelos de desarrollo, en muchos aspectos antitéticos: por un lado, la fidelidad a Rusia, a la que está ligada la mayor parte de sus actuales intereses económicos, y por otro, el ingreso en una nueva esfera de influencia que, por su parte, le promete más inversiones productivas y más democracia. En cuanto a Europa, se está poniendo a prueba su propia estrategia de integración económica y política.

Y esto es sólo el principio, ya que la misión de la UE no es sino un primer paso, quizás el único compatible con las frágiles simpatías hacia Europa del gobierno moldavo (y con la comprensible resistencia de las turbias mafias del contrabando). Un paso con limitaciones claramente visibles: 75 hombres, desplegados a lo largo de los 1.200 kilómetros cuadrados de frontera de un país inestable y en manos de la corrupción, son evidentemente pocos; pero, dado el viento europeo que sopla en los países colindantes, la UE podría tener la oportunidad de impulsar un eficaz proceso de acercamiento. Y, también, de democratización.