Moldavia, la revolución naranja no pasa de aquí

Artículo publicado el 5 de Abril de 2005
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Artículo publicado el 5 de Abril de 2005

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Los moldavos no tienen tiempo para esperar a que su país ingrese en la Unión Europea, y son cada vez más quienes sugieren tomar el camino de occidente cueste lo que cueste. Reportaje.

Nikolaj tiene 23 años y es un licenciado en economía. Habla inglés y -al igual que muchos de sus compatriotas- desea abandonar su región, la turcomana Gagausia, y su país, Moldavia. Ha recibido una oferta de trabajo: recoger verduras en Inglaterra. Tras meses de espera para poder conseguir un visado, británico se le pregunta en el consulado del Reino Unido: “¿qué ciudad es sede del Banco Central Europeo?”.

Un joven de Gagausia debe saber que el BCE está en Frankfurt para poder entrar legalmente en Europa, pero no siempre se sabe, como es el caso de Nikolaj, que intentará abandonar Moldavia a través de otros medios: clandestinamente o con un pasaporte búlgaro. La libertad de circulación cuesta algunos cientos de euros (una pequeña fortuna) en la humilde Moldavia.

Un espejismo teñido de naranja

A dos pasos de Bucarest y Odessa, la plaza naranja de Kiev parece quedar lejos de la capital moldava, Chisinau. Nikolaj sueña con Inglaterra, pero (al igual que el 47% de los moldavos) ha votado por el Partido Comunista Moldavo (PCM), vencedor final de las elecciones gracias al nuevo rumbo que la formación ha tomado en lo que respecta a su línea política: no a Rusia, sí a Occidente.

A pesar de la cercanía con Rumania, que prepara su ingreso en la UE, y con Ucrania, revolucionada por el ciclón Yushenko, la primavera que ha acompañado a las elecciones moldavas el pasado 6 de marzo no se ha teñido de naranja. No hay huella alguna de seguidores de los movimientos que han hecho posible la transición democrática en Serbia, Georgia o Ucrania; no hay copias de métodos de acción no-violenta de Gene Sharp; no hay acampadas inundadas de un mismo color; no hay prensa internacional; no hay presencia rusa; ni nadie ha ocupado las plazas para manifestarse en caso de fraude electoral. La “revolución naranja” no está presente en Chisinau.

Transdniéster

Las calles de Chisinau están repletas de gente tras las elecciones. Se celebra la tradicional fiesta de entrada de la primavera, aún sabiendo que las elecciones del 6 de marzo no han cambiado nada y que todos los problemas del país aún están sobre la mesa, en especial, el de Transdniéster, región separatista no reconocida y controlada por un grupo para-criminal, en la cual hay más de 1500 soldados rusos: un país dentro del país, con moneda (el rublo de Transdniéster), policía, capital (Tiraspol), fronteras, visados y pasaporte propios. Se trata de una especie de avanzadilla que Moscú utiliza para amenazar con la potencial desestabilización de una región por la cual sigue transitando la mayor parte del tráfico ilegal en dirección a Europa. La Ucrania de Kuchma permitía el tránsito hacia la región separatista, pero si el nuevo orden político de Kiev decidiera cerrar las fronteras, en Tiraspol tendrían los días contados.

Sin embargo, los moldavos saben que el conflicto entre Chisinau y Tiraspol depende mucho más de Washington y Moscú que de la capacidad de la propia diplomacia. Preocupa asimismo el poder llegar a final de mes con un salario medio que apenas supera los 50 euros mensuales.

Mujeres y hombres a la fuga

El Partido Comunista venció en las pasadas elecciones prometiendo triplicar los sueldos en el plazo de un año, pero la situación moldava no se resolverá con una varita mágica. Será necesario emprender reformas drásticas, así como un cambio cada vez más firme hacia la economía de mercado. Ambas cosas son difíciles de realizar para el gobierno comunista del presidente Voronin, por lo que todos abandonan el país, o bien desean hacerlo. Si Europa, con su Estado de derecho, su economía de mercado y su modelo democrático no llega a Moldavia, los moldavos irán a Europa. La diáspora moldava por Europa es impresionante, tal y como ya sucediera en la España franquista, en la que no había familia que no tuviera un pariente en Alemania, Francia o Suiza: familias divididas, a menudo durante años, separadas por un permiso de residencia imposible de obtener y por kilómetros que sólo se salvan a través de llamadas telefónicas. Mientras tanto, Moldavia envejece, se queda huérfana de jóvenes, jóvenes que se van en busca de trabajo, en busca de Europa. Sin embargo, si no hay un tejido productivo autóctono, los envíos de dinero de los emigrantes sirven más bien de poco.

Había tanta esperanza en Kiev durante la “revolución naranja” como desilusión y olvido dos meses después en Chisinau. Después de lo sucedido en Ucrania y Georgia, es difícil continuar con el efecto dominó del Este en un país que parece olvidado por todos: pacifistas, Europa, Rusia y Estados Unidos. Un país que, sin cambio radical alguno, los moldavos tan sólo desean abandonar, temiendo olvidarlo y olvidarse a sí mismos.