Morir trabajando: Italia es un caso

Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Tras la tragedia de la empresa ThyssenKrupp en diciembre de 2007, el tema de la seguridad en el trabajo ha llegado a la opinión pública italiana. Entrevista a Samanta Di Persio, autora del libro Muertes blancas En diciembre de 2007, un incendio en la sede en Turín del coloso alemán del acero ThyssenKrupp provocó la muerte de siete obreros, quemados vivos.
La dirección del grupo ya había tomado tiempo atrás la decisión de desmantelar las líneas de montaje siderúrgico, y parece que las normas de seguridad se habían desatendido a la espera del cese de las actividades. La falta de personal obligaba, además, a turnos que llegaban a superar las doce horas. La esposa de una de las víctimas añade que los sindicatos, que conocían la situación, habían permanecido en silencio. El suceso, dadas las circunstancias de negligencia culpable, provocó una extraordinaria reacción emotiva en la sociedad italiana y el despertar de los medios de comunicación y de la opinión pública sobre el tema de la seguridad en el trabajo.

(Foto: fuori*testa/flickr)

La movilización de la opinión pública

En los meses que siguieron, la sucesión de eventos fue vertiginosa: en marzo de 2008, la planta cerró y, según un proyecto reciente, el lugar debería reconvertirse en un punto de tecnologías limpias. En abril, Antonio Boccuzzi, el único superviviente del incendio y poseedor de una informe secreto sobre las reuniones de la empresa, fue "parado con acciones legales" por sus declaraciones públicas en televisión (fue elegido miembro del Parlamento en las últimas elecciones legislativas, en las filas de Partido Democrático –coalición de centro-izquierda). En las mismas elecciones, otro trabajador de la Thyssen de Turín, Ciro Argentino, encabezó la lista de la formación post-comunista Sinistra Arcobaleno (Izquierda Arcoiris) por Piamonte. A finales de junio, los familiares de las víctimas llegaron a un acuerdo con la empresa y obtuvieron una indemnización de casi 13 millones de euros, a cambio de renunciar a personarse como parte civil en el proceso. 

En septiembre, el festival de Venecia acogió el estreno de dos películas centradas en la tragedia de Turín: La Fabbrica Dei Tedeschi (La fábrica de los alemanes), de Mimmo Calopestri, y ThyssenKrupp Blues, de Monica Repetto y Pietro Balla. En enero comenzará el proceso penal en la Corte d'Assise (órgano de la jurisdicción ordinaria penal competente para juzgar en primer grado algunos delitos graves), en el que la imputación más grave (para el administrador delegado Harald Espenhahn, acusado de haber conocido el peligro que existía para los obreros y haber "aceptado el riesgo" a pesar de ello) es de homicidio voluntario. Pero por cada accidente recogido con prepotencia por los medios de comunicación, muchas otras tragedias acaban siendo olvidadas.

Un trabajador muerto no es noticia

"Si no hay al menos cuatro muertos, el hecho de que un trabajador pierda la vida ya no es una noticia", nos dice Samanta Di Persio, joven autora del libro de investigación Morti Bianche (Muertes Blancas), que se puede adquirir pagando un precio voluntario en el blog de Beppe Grillo. Y sin la atención de los periódicos y televisiones, la política se muestra poco sensible hacia la cuestión, hasta el punto que "en el indulto del gobierno Prodi se incluyeron también las violaciones en el campo del trabajo". ¿Qué rol tienen los políticos? "Ante todo están desinformados, los testigos del libro me han contado que a menudo se han dirigido a las instituciones para solicitar intervenciones, pero no han obtenido respuesta. Como mucho, los políticos están informados sobre las cifras. Pero detrás de cada muerte hay una persona y una tragedia. No existe un fondo para ayudar a las familias afectadas, y se debe superar una burocracia infinita para conocer los propios derechos. La política juega un típico papel de fachada". 

El cuadro trazado por Di Persio no es muy consolador: las empresas, incentivadas por una extendida sensación de impunidad, a menudo ven las normas sobre seguridad y formación de los trabajadores como un coste añadido. Los trabajadores –sobre todo los más débiles- sufren el chantaje del despido y no encuentran la protección de los sindicatos asociados a los partidos que, a su vez, deben dar cuentas por su financiación y connivencia con el mundo de la empresa. "Basta con pensar en el ferroviario Dante De Angelis: pide explicaciones sobre el mal funcionamiento de Eurostar y la empresa, en lugar de responder, le despide".

Que paguen los muertos

Aún más flagrante fue el caso de Giorgio Del Papa, titular de la empresa de aceite Umbria Olii, que será recordado por haber demandado 35 millones de euros de indemnización a las familias de cuatro trabajadores muertos en el derrumbe de un silo de su fábrica en noviembre de 2006, y al único superviviente Klaudio Demiri, por haber presuntamente provocado el accidente.

 A veces no es suficiente con denunciar la falta de seguridad en el propio entorno de trabajo. Di Persio narra los acontecimientos kafkianos de la señora Mulas, cuyo marido trabajaba en una restauración en Varese, en la región de Lombardía. Este "le dijo que llamara a la ASL (la agencia sanitaria local) porque el andamio sobre el que trabajaba no cumplía las normas. Pocos días después, el marido de la señora Mulas murió al caer desde la estructura. La ASL de Varese respondió unas semanas después de la muerte del hombre con una carta certificada, diciendo que carecían de personal". La trágica falta de personal asignado a los controles lleva a pensar "que cada impresa ‘se arriesga’ a un control cada 33 años. Hay una estrecha relación entre la falta de controles y la falta de seguridad con las muertes en el trabajo".