Movida, divino tesoro, ya te vas para no volver

Artículo publicado el 25 de Abril de 2007
Artículo publicado el 25 de Abril de 2007

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A finales de los setenta, los excéntricos de la Movida asomaron España al resto del mundo. Hoy, la fiebre contestataria ya no está de moda ente los jóvenes.

Un joven al mando de su moto, cabello al viento, se vuelve hacia la cámara fotográfica que tiene detrás del hombro. Ante él desfilan las calles de Madrid. El negativo, bautizado como Autoretrato en moto, fue tomado por el artista Alberto Garcia-Alix en 1978. Hoy, esta imagen es uno de los símbolos de la Movida por la mirada irónica que parece dedicar el conductor al pasado.

Anarquía lírica

En 1975, Franco muere y España empieza poco a poco a quitarse la caspa y las desigualdades de encima. Nace la Movida, una corriente de artistas díscolos que se da a conocer entre 1978 y los años ochenta mediante obras muy provocadoras.

El realizador Pedro Almodóvar, la cantante Alaska y el fotógrafo Pablo Pérez-Minguez se han convertido desde entonces en figuras míticas y emblemáticas.

Treinta años más tarde, Madrid vuelve la vista atrás con nostalgia. Conciertos, representaciones teatrales y películas son presentados casi cada día en la capital española entre noviembre de 2006 a febrero de 2007, rejuveneciendo las extrañas obras nacidas de la Movida.

Los años que han visto crecer a estos “chicos malos” siguen siendo fascinantes a ojos de muchos: lirismo de la anarquía o ruptura de tabúes son la tónica de sus fotografías, películas y creaciones musicales o pictóricas.

Rebelión y crisis de los cuarenta

Es posible que nos mostremos tanto más admirados ante las obras de aquel periodo por cuanto sabemos que esta primavera creativa está muerta y enterrada. Europa occidental ha perdido toda esperanza de renovación, y con ella ha desaparecido toda esa energía unitaria juvenil de los años sesneta y ochenta. En tiempos del Swinging London, de mayo de 1968 y de la Movida, Europa era un adolescente inconformista.

Ahora está hecha un carroza en plena crisis de los cuarenta. De aquella época ya sólo quedan grupos retro de pacotilla, ropa vintage y sillas de diseño de color naranja fluorescente.

La juventud de hoy no parece tener ganas de embarcarse en aventuras rebeldes. Hoy en día, todos los estilos y todos los comportamientos han sido mezclados y pasados por el pasapuré de la cultura posmoderna. Los adolescentes de principios del siglo XXI construyen su identidad a base de vestigios inextinguibles de los movimientos contestatarios del pasado.

Esta generación enganchada al Ipod como si fuera un chupete y acostumbrada a viajar en avión se niega a encerrarse en una ideología monolítica -da igual que sea sesentayochista o punk-, en códigos de comportamiento determinados y en una ropa fija. Va pescando aquí y allá de época en época, con cuidado de no perder su libertad de elección. Sólo los que no tienen ni para tabaco parecen albergar ideales.

¿Habrá logrado el capitalismo asfixiar por fin todo prurito de rebeldía entre la juventud? No del todo. Los jóvenes de hoy son más ricos y egoístas, pero también más libres.

La Movida no hubiera existido sin los 40 años de franquismo que le antecedieron. Los estudiantes del 68 no hubieran levantado las calles de París y de Berlín si no hubiera habido ese olor a naftalina vieja y polvo característico de la posguerra. Desde que las estructuras autoritarias del pasado han desaparrecido, la crítica y la rebelión encuentra dificultad en hacerse escuchar, como le sucede al arte en general.

En la película alemana La vida de los otros, cuando el ex ministro de cultura de la RDA, Bruno Hempf, se cruza de nuevo con el dramaturgo Georg Dreymann tras la reunificación, no duda en señalarle: “Ahora debe ser mucho más difícil escribir para vosotros, ¿no?”. La injusticia y la opresión de las dictaduras son cosa del pasado. Desde entonces, los artistas han perdido su materia prima. En un mundo en el que todo está permitido y en el que los tabúes han sido destruidos, los jóvenes no sabrían contra quién rebelarse. Mientras tanto, Europa espera en vano otra “Movida”.