Mujeres del postcomunismo: un mundo por conquistar

Artículo publicado el 19 de Mayo de 2009
Artículo publicado el 19 de Mayo de 2009

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Las chicas nacidas a mediados de la década de los ochenta en los antiguos países socialistas son hoy mujeres camino de los 30 años. Mujeres determinadas que se aprovechan de las oportunidades ofrecidas por la introducción del capitalismo en sus países, la ampliación de la Unión Europea y la globalización económica

Cecilia, de Bulgaria (22 años) se ha mudado a Erlangen, en el sur de Alemania, para estudiar Teatro y Ciencias de la Información. Katharina, de Eslovaquia (20 años), quiere trabajar en todo el mundo tras su estudio como diplomática. Anna, de República Checa, tiene 28 años y es profesora en la Universidad de Brno. Las tres forman parte de la nueva cara femenina de Europa.

Comunismo: una etiqueta que nunca desaparecerá. ¿Qué une al comunismo con estas tres mujeres 20 años después de la caída del muro? Hoy en día, en tiempos de la globalización y la ampliación de la UE, ¿hay realmente diferencias entre los ciudadanos dependiendo en qué país se nacieron? “El hecho de que yo naciese, por casualidad, en un país comunista no supone mucho para mí. Mis padres me hablan de vez en cuando sobre aquellos tiempos, pero yo solo conozco el sistema capitalista”, dice Katharina. Al mismo tiempo le molesta la percepción que se tiene de su país en el extranjero: “Cuando leo diarios internacionales, sobre todo artículos estadounidenses sobre Eslovaquia, siempre hablan de un país postcomunista. Es como una etiqueta de la que nunca nos desharemos”.

Cecilia, guapa y resuelta, es todavía más radical cuando se trata del pasado comunista de su país. “Las personas deberían dejar de una vez de vivir en el pasado”. Ella califica la organización socialista de un Estado de "utopía”, aunque pueda entender las buenas intenciones de los socialistas. “No creo que se pueda hacer iguales a todas las personas. Siempre habrá personas que sean más ambiciosas que otras. Cada uno debería poder desarrollarse como desee”. Anna está convencida de que no está más marcada por su pasado que si hubiera nacido en otro país. “Casi cada país tiene un pasado que puede influir negativamente en sus ciudadanos”.

“Mi profesión es lo que realmente soy”

La forma de pensar de estas jóvenes mujeres procede de sus objetivos laborales y de sus oportunidades. Anna, normalmente discreta, habla con pasión de su carrera, una trayectoria que le parece “natural”: “A veces pienso que no he sido yo, sino mi profesión la que me ha elegido a mí”. Tras sus estudios en cine, Anna es a sus 28 años, gracias a su perseverancia y rigor, profesora e investigadora en el Instituto de Cine de la Universidad de Masaryk en Brno (República Checa). Ha publicado artículos en varios idiomas sobre el cine mudo y el desarrollo histórico de las tecnologías cinematográficas. A pesar de las dificultades iniciales, su carrera ha ido en línea recta y es exitosa. Además, se identifica con lo que hace: “Mi profesión es lo que realmente soy”.

Para Cecilia, su marcha de Bulgaria fue un camino para emanciparse: “Para mí era importante ser independiente y no tener que vivir más en casa de mis padres”. Ella entiende que el trabajo no es solo una posibilidad de ganar dinero, sino también de enterarse de “lo que pasa en otros sitios, sobre qué derechos y privilegios se tiene. Solo así se puede cambiar algo”.

La doctora Christina Klenner, directora de la sección de investigación de mujeres y género de la Fundación Hans-Böckler, justifica el punto de vista con el que las jóvenes mujeres afrontan su trayectoria profesional con la gran participación de las mujeres en el mercado laboral de los países postcomunistas. Según estadísticas de 2005, si bien es cierto que el porcentaje de mujeres trabajadoras se ha reducido desde el cambio de sistema político y económico, en total, el número de mujeres trabajadoras en el este y centro de Europa sigue estando por encima que la media de la Europa de los 15.

¡Sí a la emancipación, no a la discrimición positiva!

Con todo, ninguna de estas tres jóvenes mujeres se considera feminista. Para ellas, su forma de vida y su trabajo son cosas lógicas: “Me siento muy bien como mujer que soy y me hace feliz ser como soy”, afirma Katharina. Anna coincide con Katharina: “Primero me considero persona. Nunca he pensado si debería ser tratada de otra manera por ser mujer. Simplemente fui educada así”. Ellas perciben un trato injusto entre hombres y mujeres solo en un aspecto: en el mercado laboral. Y a Katherina le enoja eso: “Cuando los hombres ganan más por el mismo trabajo, me enfado muchísimo. Es como si los hombres recibieran un bonus extra por su pene”.

Según una investigación de la Universidad Friedrich-Wilhelm de 2005, una gran parte de las mujeres encuestadas cree que la igualdad de la mujeres en su país, especialmente en el mercado laboral, todavía no se ha conseguido. Para ellas, la igualdad entre hombres y mujeres no consiste en la discrimación positiva, sino en el acceso a los mismo derechos.

Entre culturas: la nueva Europa

La flexibilidad y la movilidad con la que Cecilia, Katharina y Anna transforman la Unión Europa podría significar un impulso para un mayor desarrollo de sus países de origen. “Muchos europeos del este estarían contentos si pudieran volver a sus países”, afirma Anna. “Si tuvieran la oportunidad de vivir, de trabajar, de sobrevivir allí”. Katharina no solo se siente europea, sino también ciudadana del mundo. “No me gusta cuando las personas se aferran a su origen. Eso solo provoca conflictos étnicos y nacionales”. Cecilia es la que mejor resume el desgarramiento entre su país y las posibilidades que Europa le ofrece: “Quizá lo único que sea verdad es que me encuentro metida entre dos culturas”.