Mujeres turcas que se tapan el cabello, no la boca

Artículo publicado el 3 de Noviembre de 2007
Artículo publicado el 3 de Noviembre de 2007

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Fatma, Nihal y Zeynep, tres jóvenes de Estambul, educadas y llenas de confianza, hablan sobre la prohibición de llevar el velo en las universidades y el parlamento turcos. El 7 de noviembre se publicará un informe anual sobre los avances de cara a su integración con la UE.

Hay más mujeres en el parlamento turco que nunca, sin contar que tuvieron un primer ministro mujer –algo que ni los Estados Unidos, con toda su liberación de la mujer, ha tenido todavía-. Turquía ha dispuesto hasta de miembros femeninos en su Tribunal Constitucional. Sin embargo, el informe sobre desarrollo de la igualdad de géneros de 2004 (GDI en sus siglas inglesas) coloca a Turquía en el puesto 71 dentro de una lista de 177 países, al tiempo que se sitúa en el puesto 92 del índice de desarrollo humano (elaborado por la ONU). Son índices que miden las desigualdades sociales en términos de nivel de educación, nivel de vida, y nivel de participación política y económica en cada país.

Sin embargo, se salen del pellejo

Nihal, de 39años, se describe como una musulmana progresista. “Las mujeres que portamos el velo sabemos lo que queremos”, afirma. “Es un hecho que la mayoría de las mujeres en Turquía llevan el velo (se calcula que entre el 60% y el 70%). En cambio, en el parlamento turco nadie lleva velo. Es antidemocrático: así no me siento políticamente representada.” Nihal tiene claras sus esperanzas sobre el futuro político de Turquía. “Necesitamos un kemalismo modernizado. Necesitamos casar los principios de Atatürk con el respeto de los Derechos Humanos y los fundamentos de una democracia liberal”, concluye.

Melis Kobal, una estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad de Estambul, se muestra más optimista. “Como mujer ahora me siento más representada políticamente en el Parlamento. Las pasadas elecciones de julio de 2007 auparon a 48 mujeres al puesto de diputadas, doblando la cifra anterior. Espero que sea un punto de inflexión para que las mujeres luchen más por sus derechos.” En todo caso, da por hecho que mujeres y hombres no son idénticos en todo. “Las mujeres somos más emotivas y más sensible a los pequeños detalles de la vida. Los hombres tienden a precipitarse sobre la acción y pecan de falta de sensibilidad. Ahora, cada vez más mujeres trabajan en Turquía, lo que les otorga más poder. Les da voz en la sociedad y le permite expresar con más seguridad sus preocupaciones y exigencias.”

El velo, ni en la universidad

Zeynep, de 24 años, es una de esas voces, y asegura que “son las mujeres las que lo padecen todo aquí”. A las mujeres que lleven el velo se las mira mal en las universidades, de modo que sólo pueden tomar parte en la educación y en la política si dejan a un lado su religión. Zeynep se siente a menudo discriminada por usar un símbolo que muchas veces se asocia con chicas sin educación y mujeres oprimidas por sus maridos.

“Llevo velo porque creo en los mandamientos de Dios.” Y es que en cuanto una mujer le da un valor especial a su fe, queda excluida de muchas oportunidades sociales. “Es terrible”, insiste Zeynep. “Jamás me he quitado el velo durante mi etapa de estudiante. Muchos profesores tuvieron que aguantarse con mi decisión; otros me ponían peores notas de las merecidas.” Esta licenciada por la Universidad del Bósforo, conserva, sin embargo, grandes expectativas sobre su futuro. “Quiero que la gente siga mis ideas porque tengo muchas cosas que decir.” Ha decidido dedicarse a viajar por el mundo y escribir libros con sus experiencias vitales.

“El mundo está dominado por sociedades patriarcales en las que chicos y chicas no son tratados de igual manera”, tercia Fatma Dili, de 24 años, otra estudiante de la Universidad del Bósforo. “Cuando un chico se echa una novia, se le vitorea y alaba. Pero si es la hija de una familia la que sale con un chico, de por seguro que tratará de esconderlo a sus mayores porque se lo reprocharán en caso contrario. No es justo, pero las únicas que pueden cambiar esto son las mujeres. Las mujeres deben ser conscientes del poder que tienen al educar a sus hijos a la hora de enseñarles que no hay que encerrar a hombres y mujeres en estereotipos. Es más, deberían enseñar a sus retoños a no juzgar a la gente según su sexo, sino a sus méritos individuales. Hablando en plata”, acorta, “estamos ante problemas relacionados con la vieja tradición, no con la religión. Hombres y mujeres son iguales no solo ante la Carta de Derechos humanos de la ONU, sino sobre todo ante Dios”.

Artículo previamente publicado en el diario Today's Zaman el 24 de agosto de 2007