Musulmanes entre la espada y la pared

Artículo publicado el 28 de Agosto de 2006
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 28 de Agosto de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Los holandeses hijos de marroquíes se sienten arrinconados en una sociedad que juzgan demasiado hedonista. El respeto y la tolerancia son construcciones frágiles que pueden derrumbarse de un momento al otro.

Lejos del bullicio del barrio rojo, un grupo de 15 chicas marroquíes se reúnen como cada domingo en la mezquita Badr, en el oeste de Ámsterdam. Comen dulces árabes en una gran sala enmoquetada. Una suave corriente de aire hincha las cortinas que se balancean al ritmo pesado de las tardes de julio.

La puerta de la casa de Alá está abierta. Unas voces en el primer piso guían mis pasos, mientras cubro mis hombros con un pañuelo. Asomo la cabeza con timidez y mi presencia perturba la intimidad. Las manos se precipitan sobre los velos esparcidos por el suelo, que en seguida se colocan en su sitio y cubren las cabezas.

Por otra puerta del fondo de la sala aparecen unos ojos que la inundan de azul marino. Maymuna es la holandesa convertida al Islam que anima la tertulia de jóvenes musulmanas entre 16 y 26 años. “Imagínate cómo te sientes en tu propio país cuando la gente te manda energía negativa porque sospechan que eres una extremista y que los vas a matar”.

Las chicas de la mezquita Badr tienen padres marroquíes, pero han nacido en Holanda. Creen que es difícil ser musulmán en una sociedad liberal como la holandesa. “Tengo la sensación de vivir en contra de la sociedad. El sexo, por ejemplo, es muy importante para la gente de mi alrededor. Un musulmán es como un espejo que confronta cualquier persona con su conciencia.” La fe gobierna la vida de Noual, una joven de 20 años que critica a “los cristianos que sólo van a misa los domingos para redimir los pecados que han cometido durante la semana”.

Fraternidad religiosa

El sábado 22 de julio, una manifestación en contra de la ocupación israelí del Líbano recorre las calles de Ámsterdam hasta la explanada del Rijksmuseu. Entre los manifestantes, está Youness Lyousoufi, de 23 años, que anima la tertulia masculina de la Badr. Cree que estas discusiones “pueden servir para temperar y prevenir actitudes violentas”. Youness asegura que los jóvenes extremistas saben muy poco sobre el Islam y que “apenas se les ve el pelo por la mezquita”. Ha acabado un máster en arquitectura y está trabajando en una constructora. Asegura que no ha sido difícil encontrar un trabajo y se siente afortunado de vivir en Ámsterdam, donde le gustaría casarse con una mujer musulmana, ya sea holandesa, marroquí o turca.

Crisis de identidad

“No soy como el resto de marroquíes porque he nacido aquí y mi lengua es el holandés. Pero tampoco me siento como el resto de los holandeses que cruzo por la calle. Mi verdadera identidad es la musulmana”, afirma Noual. Este sentimiento está muy extendido en otros países europeos. Un 81% de los musulmanes británicos y un 69% de los españoles se consideran primero musulmanes y sólo luego ciudadanos de su país. Es una proporción más alta que en Jordania, Egipto o Turquía. En cambio, sólo el 46% de los musulmanes franceses se sienten primero musulmanes, mientras que el 42% afirman ser antes que nada citoyens.

Dos años después de Van Gogh

La muerte del provocador cineasta Theo van Gogh en noviembre de 2004 puso en cuestión la libertad y la tolerancia que siempre habían caracterizado la política de inmigración en Ámsterdam. Pasaron de una actitud demasiado paternalista y políticamente correcta a una política de mano de hierro, liderada por la ex ministra de inmigración Rita Verdonk. Para restringir la inmigración a través del reagrupamiento matrimonial, la ministra propuso que la pareja extranjera tuviera unos ingresos superiores en un 20% al salario mínimo. Políticos populistas como Geert Wilders hablaron de cerrar todas las mezquitas ortodoxas.

Pero el gobierno municipal consideró otro remedio. La campaña Wij Amsterdammers pretende paliar la islamofobia que afloró después del asesinato de Van Gogh. El proyecto municipal pone énfasis en una identidad local común que integre a los musulmanes. Sesiones sobre tolerancia y homosexualidad en los institutos y una oficina en el barrio de De Baarsjes para denunciar discriminaciones pretenden integrar a la comunidad musulmana, que representa el 11% de la población de la ciudad.

En la Universidad de Ámsterdam me recibe Marcel Maussen, investigador del Institute for Migration and Ethnic Studies de Ámsterdam, que explica que el alcalde Job Cohen considera las organizaciones religiosas como los interlocutores válidos de la sociedad civil. Maussen cree que es una “política preventiva contra la radicalización”. El Ayuntamiento y las asociaciones musulmanas de la ciudad organizan también actos multitudinarios como el Ramadan Festival, que atrae a los musulmanes de la ciudad para rezar y comer después del ocaso durante las noches del Ramadán.

Puertas cerradas

Estas iniciativas no han impedido que algunos inmigrantes de segunda generación como Noual crean que tendrían más oportunidades en un país islámico. “Sé que no estaría obligada a llevar minifalda o mostrar mi pelo para llegar a ser médico. Los europeos creen que nuestros maridos nos obligan a quedarnos en casa, pero es la sociedad europea la que nos cierra las puertas del mercado laboral y nos encierra en nuestras casas.”

La pregunta parece inevitable: ¿Quién querría vivir en un país islámico? No puedo contar los brazos femeninos que se levantan por toda la sala de la mezquita Badr. En cambio, Youness asegura que ni él ni sus amigos se plantean irse de Holanda, ya que han construido su vida aquí. “Me gusta Marruecos sólo para pasar las vacaciones, ya que allí tengo amigos con dos másters que están vendiendo tomates”.

Vidas paralelas

Yuness asegura que la homosexualidad, el sexo o las drogas son aspectos de la sociedad holandesa que él respeta, pero que no forman parte de su vida. Krzysztof Dobrowolski es un voluntario de la asociación COC Asterdam que propone a los institutos clases de tolerancia hacia los homosexuales. Este polaco reconoce que “la mayoría de los musulmanes dice que la homosexualidad es inadmisible porque lo dicta el Islam. Pero muchos afirman que los gays son libres de ir al infierno o de hacer lo que quieran con sus vidas”. Krzysztof asegura que la demanda de los institutos se ha multiplicado por siete en tres años. “Me duele reconocer que es más fácil ser homosexual o salir del armario en una escuela con un bajo porcentaje de inmigrantes”.

De cara a las próximas elecciones del 22 de noviembre, el profesor Maussen cree que “la gente está un poco cansada de la retórica dura”. Recordamos que el gobierno holandés dimitió en bloque el 30 de junio después de que la polémica Rita Verdonk cuestionase la ciudadanía holandesa de la diputada somalí Hirsi Ali. Pase lo que pase, otro asesinato o un ataque terrorista bastarían para derrumbar el respeto y la tolerancia que la sociedad holandesa se esfuerza en reconstruir después de la muerte de Theo Van Gogh. No se nos ocurra mentar ruina.

Colaboró Menno Bart, de nuestra redaccíón local en Ámsterdam

Fotos de Mariona Vivar