Nadie al otro lado del teléfono

Artículo publicado el 9 de Abril de 2004
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Artículo publicado el 9 de Abril de 2004

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Cuando la política nacional llama, Barnier, Solbes o Diamantopoulou no se lo piensan dos veces, dejando un vacío deplorable en el seno del ejecutivo europeo.

Gente que va y viene, maletas, mudanzas, celo y cartones. Quedan algunos meses para que termine el mandato, pero ya flota en el aire, inmóvil (no os preocupéis), de la Comisión Europea un perfume de desmovilización. Nadie sabía que los sillones de Bruselas fueran tan incómodos.

Un verdadero ejecutivo europeo

La semana pasada, el presidente francés Jacques Chiraq llamó a Paris a “su” Comisario de política regional Michel Barnier. Apenas unas semanas después de que, la primera, Ana Diamantopoulou volviera al Parlamento griego tras haber sido cabeza de lista del partido socialista en las elecciones nacionales que han confirmado la consolidación del partido de centro derecha Nea Demokratia. Incluso Pedro Solbes, que detenta la principal cartera del presupuesto comunitario, prepara sus maletas para ocupar el asiento del Ministerio de economía en el nuevo gobierno español de Zapatero. Y el presidente Prodi –que todo el mundo conoce al sur de los Alpes- se zambulle desde hace unos meses en la escena política italiana con vistas a volver a Roma como futuro líder de la oposición a la actual mayoría, conducida por Sivio Berlusconi.

Euro, ampliación, Convención y Constitución europea, 11 de septiembre, Afganistán, Irak, Madrid: la Comisión Prodi ha atravesado los cinco años más intensos de la historia europea de la posguerra. Y ha terminado en pedazos. Altiero Spinelli soñaba y describía “su” Comisión europea como un auténtico gobierno elegido directamente por el pueblo y responsable ante él.

Como si Bush quisiera volver a la política tejana

Sin embargo, sin ir mucho más lejos, es decir hasta hoy, la Comisión nunca se ha limitado al simple papel de “guardiana de los tratados”; nunca ha aceptado reducirse a un directorio tecnocrático. En la historia de la integración europea, es la Comisión la que ha dado impulsos concretos a cada proyecto de unificación política europea, a veces forzando la letra de los tratados: porque lo que no podía hacer o decir la Comisión, fue dicho y hecho por algún gran Comisario en el pasado.

Estos cinco últimos años, la Comisión europea, bajo la batuta de un político italiano como Romano Prodi, se ha transformado en un parking de lujo para políticos nacionales a la espera de tiempos mejores y de una orilla política confortable, a merced de las olas de los intereses nacionales. Su papel institucional se ha visto tan debilitado por los acontecimientos que cinco años de experiencia y de vida política a nivel europeo han convencido a nuestros super-dirigentes de abandonar Bruselas para volver a Atenas, Madrid, Paris o Roma. Como si la vida y la experiencia política más allá de las carcasas políticas nacionales no valiera la pena. Como si Bush hubiera renunciado a Washington para volver a Texas.

Hace años, Henri Kissinger, entonces secretario de Estado estadounidense, se preguntaba qué número de teléfono marcar para llamar a una Europa dividida. Hoy Europa está en muchos dominios más unida que entonces, y el número existe… Pero nadie tiene tiempo de atender el teléfono. Porque Presidente y Comisarios de esta imposible Europa son seducidos por la llamada de la selva de los gobiernos, de los partidos y de los intereses nacionales.