Ñam ñam: "Lo confieso, soy una adicta al café"

Artículo publicado el 10 de Marzo de 2015
Artículo publicado el 10 de Marzo de 2015

Estoy en un bar con los colegas del trabajo. Todas las miradas están puestas sobre mí. No entiendo si se trata de miedo o asombro. Después llegan palabras como you're crazy!, t'es folle!, ¡estás loca!. No, no se trata de una torre de babel sino de una vuelta por la Europa del café. Y yo, el café, lo bebo desde que soy pequeña. Confesiones de una editora italiana.

No tengo muchos recuerdos de mi infancia. Que queréis que le haga, no se puede hacer todo. Pero de una cosa me acuerdo muy bien: de la merienda. Tengo grabado cómo me bebía biberones enteros de té y galletas. Entonces sí, puedo afirmar que tomo teína desde hace más de 20 años, probablemente desde que empecé a andar. El té me recuerda al remedio casero para el malestar de estómago o para cuando había grandes resfriados en la guardería. Té y limón, eso es todo.

La leche con café llegó un poco más tarde. Pero volvamos a lo nuestro: a esa mesa de un bar de la calle Faubourg Saint-Denis, a pocos pasos de la redacción de Cafébabel, en París. Volvamos a la expresión de mis colegas que no pueden creer que lleve más de 20 años bebiendo café. O mejor, lo que ellos entienden por café. No sirve de nada defenderme diciendo un "pero que cuando era pequeña el café lo bebía con leche". La editora española me dice que ella sólo lo bebe con leche. Entonces, ambas cosas están al mismo nivel. En el punto de mira de las críticas, como habréis deducido, no está sólo el café, sino también el té.

La iniciación

Es inútil tratar de oponerse con una sonrisa incómoda, la discusión ya está entablada. Algunos me cuentan que empezaron a beber el té en el instituto mientras que el café llegó bastante después. En cambio, yo me acuerdo perfectamente de las risas en el bar del instituto, o de las colas en las maquinas de café preparadas para abastecer a unos 1.500 estudiantes. Entonces sí, bebo café desde que soy pequeña y el paso del tiempo no ha hecho otra cosa que agravar lo que ahora llamo una dependencia. Café, coffe kava, he bebido de todos los tipos y en los lugares más insospechados.

Según un estudio del Comitato italiano caffè, cada ciudadano italiano consume una media de 5,63 kilos de café al año. Nada mal, pensaréis. Pero os equivocáis porque, con estas cifras, Italia sólo se sitúa en la décima posición entre todos los países de Europa. En los primeros puestos se encuentran Luxemburgo, Finlandia y Austria. Para los italianos, la mayor parte del café se consume en casa pero eso no impide que pidamos en la barra del bar unas 14 millones de tazas al año, concretamente de café expreso

Hace poco tiempo descubrí que los noruegos son grandes consumidores de café, o de aquello que ellos llaman kaffe y que yo no puedo considerar café porque para mí es una bebida caliente que está al mismo nivel de un té o de la leche con espuma. Podría hacer una excepción sólo con el karsk, o sea, con el café con licor. De todas formas, largo o menos, corto o no, el café es café. A más de uno se le aceleran las palpitaciones si es también largo con leche. Yo, en cambio, bebo varios durante el día. También por la noche y antes de ir a dormir. "¿ Y luego duermes?" Preguntan mis colegas en coro. "Claro", respondo, "duermo y ¡muy bien!"

Llegados a este punto, queridos lectores, pensaréis: "qué afortunada". En cambio, no. Adoro el gusto del café tanto como odio el hecho de que no me mantenga despierta. Conmigo sólo hacen efecto los redbulls -y tampoco tanto, si debo ser sincera-. "Eres demasiado tranquila para beber tanto café", continúan diciéndome mis compañeros. "Y ahora entendemos por qué: ¡en Italia os drogan desde niños!". Eso es todo, entre una pinta y otra, la conversación termina ahí.

El pseudo-sondeo

Sin embargo, tengo curiosidad. Así que, armada con ese gran instrumento de comunicación que es el chat de Facebook, empiezo a importunar a decenas de amigos. Los mensajes se visualizan pero las respuestas no llegan. Ok, pienso, estoy loca. Mis padres están locos y también lo está mi abuela, que siempre me ha preparado el té. Después, uno tras otro, me llegan los primeros "¡si, claro! Me acuerdo de que cuando era pequeño bebía té"; "siempre he bebido café con leche"; e incluso preguntas como "¿pero de verdad hay quien no ha tomado café hasta los 18 años?". Vale, no estoy loca. Aún así, esta conclusión no cambia la mirada atónita de mis colegas.

Ahora, cuando me acerco a la máquina de café, advierto un sentimiento de culpa similar a al que experimenta el niño cuando ha roto algo y su madre le regaña durante horas. Pero qué queréis que haga: cuando oigo la palabra 'café' se me calienta el corazón. Lo adoro serré, como se dice aquí en Francia, o sea expreso. También americano, por ese perfume que deja en casa cuando empieza a descender de la máquina. ¡Oops! Lo admito: soy una italiana que también bebe café americano, pero no se lo digáis a nadie, ¡es un secreto!