Nápoles, allá donde el tatuaje es sagrado 

Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2013
Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2013

Desde Lon­dres hasta Ná­po­les, desde Ma­drid hasta Ber­lín: los ta­tua­jes re­pre­sen­tan la nueva forma de ex­pre­sión de los jóve­nes eu­ro­peos. Sin em­bar­go, poca gente co­no­ce la auténtica historia de los sím­bo­los que se dibuja sobre la piel. Ca­fé­ba­bel ha bus­ca­do respuestas entre las ca­lles de Ná­po­les.

An­ti­guo sim­bo­lo de mar­gi­na­li­dad y tran­gre­sión, el ta­tua­je se ha con­ver­ti­do, en de­tri­men­to de quien co­no­ce y es­ti­ma su valor, en un au­tén­ti­co fe­nó­meno. Una moda que per­sis­te y que ex­pre­sa las con­tra­dic­cio­nes de la mo­der­ni­dad. En Eu­ro­pa, en 2010, las in­ves­ti­ga­cio­nes rea­li­za­das en el Reino Unido han evi­den­cia­do el desa­rro­llo de esta ac­ti­vi­dad; segun los datos, en los úl­ti­mos 10 años, el por­cen­ta­je de per­so­nas que tie­nen un ta­tua­je ha cre­ci­do de ma­ne­ra con­si­de­ra­ble. Si con­si­de­ra­mos sólo la po­bla­ción britá­ni­ca, ob­ser­va­mos que casi un quin­to de los ciu­da­da­nos tiene un ta­tua­je y que, entre ellos, el 29% tiene entre 16 y 44 años. Al mismo tiem­po, se ha re­gis­tra­do un fuer­te au­men­to de es­tu­dios de ta­tua­do­res: de 300 en 1900 hasta más de 1500 en la ac­tua­li­dad.

EL  CÓ­di­go se­cre­to

En otra parte del con­ti­nen­te, en Ná­po­les, este fe­nómeno re­cuer­da una his­to­ria an­ti­gua, hija de una época le­ja­na. La época de las redes que se se­ca­ban al sol y del in­cien­so que que­ma­ba en las igle­sias, la época de los re­lo­jes de bol­si­llo y de las afei­ta­do­ras afi­la­das. En aque­lla época, el ta­tua­je era un códi­go se­cre­to: el len­gua­je si­len­cio­so de ma­ri­ne­ros, pros­ti­tu­tas, pre­sos y ca­mo­rris­tas cuyo sen­ti­do no mu­ta­ba con las ten­den­cias y las ma­reas. 

Hasta ahora, las prin­ci­pa­les obras aca­démi­cas han con­si­de­ra­do el arte del ta­tua­je como parte de las cos­tum­bres de los cri­mi­na­les de la his­to­ria, ol­vi­dan­do su esen­cia mís­ti­ca y ar­ca­na, su ca­pa­ci­dad de co­mu­ni­car sue­ños des­trui­dos, amor y odio, pro­me­sas y votos no cum­pli­dos, de­seos eróti­cos y de ven­gan­za. No han en­ten­di­do el sen­ti­do pri­mi­ti­vo del ta­tua­je, con su sabor an­ti­guo y ol­vi­da­di­zo ¿Cuál es en­ton­ces el sen­ti­do in­trín­se­co de estos sím­bo­los, an­ti­gua­men­te mar­gi­na­les?  ¿Donde está el sen­ti­do úl­ti­mo de lo que una vez era una pro­me­sa y que ahora se ha con­ver­ti­do en la enési­ma moda? 

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  - Seqüencia de I Guap­pi (1974) de Pas­qua­le Squi­tie­ri 

TINTA VIVA

Lello Sca­rien­zo, ta­tua­dor pro­fe­sio­nal en el Tat­too Point Stu­dio de Nápo­les, con­tro­la la máqui­na eléc­tri­ca, arre­glando los co­lo­res y las agu­jas con ex­tre­ma pre­ci­sión. Pre­pa­ra el altar para la misa pro­fa­na, hecha de san­gre y tinta. El re­cuer­do del dolor. Se pone los guan­tes y pisa el pedal. Las pa­re­des de su es­tu­dio están lle­nas de es­bo­zos, di­bu­jos y fo­to­gra­fías de ases de bas­to­nes, pis­to­las, cu­chi­llos, eter­nas "cap'e mort" (crá­neos), ro­sa­rios, Cris­tos Re­den­to­res y Vír­ge­nes con el co­ra­zón de fuego: los sím­bo­los de de­vo­ción y os­ten­ta­ción, la carne y la san­gre de un pue­blo que des­can­sa a la som­bra del Ve­su­vio

"El as de bas­to­nes era el ta­tua­je de los lla­ma­dos 'je­fe-bas­tón' o 'jefe de zona' y re­pre­sen­ta­ba quien sabía gol­pear, quien sabía como uti­li­zar su manos", ex­pli­ca Lello, sin alzar sus ojos. Des­pués, sigue: "La pis­to­la, en cam­bio, se la ta­tua­ban los cri­mi­na­les más san­gui­na­rios". 

El sím­bo­lo quien había ma­ta­do. Así como el cu­chi­llo que, sin em­bar­go, tenía tam­bién otro sen­ti­do: era la ven­gan­za, una es­pe­cie de pro­me­sa que una per­so­na hacía a sí misma. En Ná­po­les, lo pro­fano se une a lo sacro; por lo tanto, no sor­pren­de si pis­to­las, cu­chi­llos y puños de acero se unen a ro­sa­rios y otras ima­ge­nes re­li­gio­sas. 

"El ro­sa­rio re­pre­sen­ta la pro­tec­ción, la ayuda. Nues­tra ple­ga­ria para tener éxito en los de­li­tos o en otros apu­ros. El co­ra­zón de fuego ro­dea­do por la co­ro­na de es­pi­nas re­pre­sen­ta el sacro co­ra­zón de Jesús; la se­gun­da va­rian­te, con la co­ro­na de flo­res y la es­pa­da que lo tras­pa­sa, re­pre­sen­ta el co­ra­zón de la Vír­gen Maria". En todo esto, reina el me­men­to mori. "Las ca­la­ve­ras son una ma­ne­ra de ri­di­cu­li­zar la muer­te, para exor­ci­zar el miedo, sin ol­vi­dar que la vida y la muer­te están re­la­cio­na­das, la una es el pre­lu­dio de la otra; por lo tanto, te­ne­mos la mofa pero tam­bién el res­pe­to por la muer­te, una ca­rac­te­rís­ti­ca típi­ca del pue­blo na­po­leitano". 

Ná­po­les es ésto y otras cosas: un lugar entre el sueño mas dulce y la pe­sa­di­lla más ab­yec­ta. Un sitio donde, entre los ca­lle­jo­nes es­tre­chos y os­cu­ros y las gran­des y so­lea­das ca­lles, sigue vi­vien­do un sim­bo­lis­mo re­mo­to hecho de tra­di­cio­nes ma­ri­ne­ras y de­vo­cio­nes. Una es­pe­cie de ce­re­mo­nia pro­fa­na donde el pa­sa­do se liga al pre­sen­te, re­no­van­do el an­ti­guo y mis­te­rio­so arte del ta­tua­je, ex­pre­sión del alma a tra­vés del cuer­po o ex­pre­sión uti­li­za­da sin co­no­cer su valor.