Narinder Singh Internacional: El gran corazón de los punyabíes

Artículo publicado el 18 de Enero de 2014
Artículo publicado el 18 de Enero de 2014

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“La comida es muy mala y las habitaciones, demasiado caras. De verdad, no deberías hospedarte aquí.” Cuando un hombrecillo indio descarnado, con un traje de tweed gris y un turbante azul claro se acerca a mí en el comedor de mi decrépito (hay que reconocerlo) hotel en la terminal de autobuses de Chandigarh, inmediatamente me resulta sospechoso.

Después de pasar meses en autobuses locales, sórdidos hoteles y a bordo de un sinfín de trenes nocturnos, he aprendido a defender mi privacidad con uñas y dientes. Pero Narinder Singh, quien se presenta a sí mismo como el guía turístico no oficial de Chandigarh, capital del Punyab”, no va detrás de mis rupias ni de conversación sin sentido. “Chandigarh es una ciudad interesante, pero la mayoría de los mochileros jóvenes nunca se dan cuenta porque es demasiado cara. Hay un gran número de hoteles de cinco estrellas, pero ningún hostal para mochileros.”

Narinder, jubilado desde hace un par de años, se ha propuesto arreglar esta lamentable situación enseñando la ciudad a los viajeros. Ve su trabajo de guía como trabajo benéfico, por lo que nunca pide dinero. Me tranquilizo al ver los numerosos artículos del Times of India acerca de “Narinder Sighn Internacional” que mi nuevo amigo saca de una enorme bolsa de papeles y panfletos. Como no tengo nada mejor que hacer, dejo el comedor para otro rato y me uno a Narinder en un tour por la ciudad. “Chandigahr es muy especial”, me explica mientras bajamos por la calle principal a buen paso hacia el centro de la ciudad. “Construyeron la ciudad entera según los planos de diseño reticular del famoso arquitecto suizo Le Corbusier. Por eso en Chandigarh el Tribunal Supremo, la Asamblea Legislativa y la mayoría de los parques no tienen un aspecto muy indio.”.

Laddu.jpg Caminamos desde el sector 17 al sector 22, admiramos los sequísimos rosales en el amplio Jardín de rosas, comemos bolas pegajosas de lentejas dulces en el comedor del Consejo de la ciudad y visitamos un gurudwara. Al occidental no espiritual, este nombre tan exótico le traerá imágenes de lavado de cerebro religioso; sin embargo, un gurudwara es un inocente templo-hostal  dirigido por adeptos de la fe sij.  Esta religión, fundada en el siglo XV por Guru Nanak, se ha extendido por todo el mundo y cuenta con más de 22 millones de seguidores en la India, la mayoría de los cuales habitan en el  Punyab.  Los sijes varones son fáciles de reconocer incluso para un extranjero, gracias a sus coloridos turbantes, las pegatinas con forma de tridente que adornan sus coches y las cinco letras K. “Son las siglas de kesh, kanga, katchera, kara y kirpan  en la lengua panyabí, que significan: pelo y barba larga, un peine de madera, un tipo especial de ropa interior, un brazalete de plata y un tipo de daga o espada particular para la autodefensa”, explica Narinder. A los europeos les parece raro que los kirpans sean tan militaristas y les consideran anticuados, pero en la India sigue siendo un asunto bastante serio.  Dado que el Punyab se encuentra a ambos lados de la frontera indo-pakistaní, los sijes han sufrido más las protestas violentas y las limpiezas étnicas tras la separación de la India y Pakistán por motivos religiosos en 1947. Naturalmente, este oscuro episodio de la historia india no ha ayudado mucho a hacer que esta minoría religiosa se sintiera segura en un estado predominantemente hindú y musulmán. El hecho de que Indira Gandhi, el amado y odiado ex primer ministro de la India, fuera asesinado por sus guardaespaldas sijes tampoco ayudó mucho a atenuar la imagen militar de los sijes ni a mejorar sus relaciones con la comunidad hindú. La kirpan no es, por tanto, una reliquia religiosa cómica, sino la garantía de poder defender la propia vida y las vidas de los demás miembros de la comunidad sij.

Le_Corbusier.jpg Mientras tanto, Narinder y yo hemos llegado al Tribunal Supremo y a la Asamblea Legislativa de los punyabíes y, para mi sorpresa, todos los policías, soldados y políticos se toman su tiempo para saludarlo con reverencia. No podría haber más presencia militar en estos edificios, claro reflejo del auténtico estilo de Le Corbusier, que fueron testigos de bastante violencia política y religiosa en los años 80. “Fue terrible”, dice Narinder frunciendo el ceño. “Yo estuve allí en la época de los disturbios violentos, en este mismo balcón. En aquel entonces era el secretario privado del presidente del Punyab.” Aún sigo dándole vueltas a por qué un hombre con tanta influencia política podría adoptar el turismo como segunda llamada, cuando Narinder vuelve a sonreír. “¿Te gusta Le Corbusier? ¿No? A mí tampoco. ¡Vamos a comer!” Media hora después nos sentamos en el comedor de un hotel de cinco estrellas, cuyo dueño es un viejo amigo de Narinder, y atacamos el bufé. Por algo los punyabíes son famosos por su cocina y, mirando más de cerca, la mayoría de los sijes parecen estar mejor alimentados que sus hermanos hindús. Esto puede deberse a las montañas de alitas de pollo fritas que consumen o a una obsesión general por mantenerse en forma: en el Punyab, casi todas las tiendas parecen ser un dhaba de pollo frito o un gimnasio.

Yo tenía la impresión de que Chandigarh no podría presumir de más de tres atracciones turísticas, pero pronto me doy cuenta de mi error. Por la tarde, tengo que pedirle a Narinder que se lo tome con calma: después de una visita a la oficina del alcalde de la ciudad y al legendario Jardín de las rocas, construido por el funcionario Nek Chand con piedra y basura, me empiezan a doler los pies. Narinder sigue hablando lleno de energía y júbilo y se niega a aceptar nada de dinero ni una invitación a un restaurante por su tour guiado de Chandigarh. Y, por si esto no fuera poco, incluso me busca una habitación en el gurudwara del sector 22, que normalmente no acoge a extranjeros. Narinder solo necesita unos segundos para mover algunos hilos y unos instantes después, estamos sentados en el patio detrás de la cocina, dándonos un festín de dhal y chapatti. A cambio, la administración del gurudwara solo espera una pequeña donación, además de vestimenta y comportamiento apropiados.

Cuando empieza a ponerse el sol, comienza el servicio religioso diario en el templo. No puedo participar, puesto que no soy sij, pero me dejan mirar desde el patio. Aparte de cánticos y rezos en panyabí, parece haber un gran número de relucientes espadas en el centro de la ceremonia, que se me antoja muy distinta de todos los rituales hindús y musulmanes que conozco. El canto litúrgico de un grupo de hombres proporciona la música de fondo para mi noche en el gurudwara y a la mañana siguiente, cuando Narinder llama a mi puerta, me pregunto si debería quedarme un poco más en Chardigarh. Pero Shimla, con sus montañas cubiertas de nieve, es demasiado tentadora y unas pocas horas después, dejo las llanuras del Punyab camino del Himalaya por la famosa Ruta del Gran Tronco.

Devant le Golden Temple La India no sería la madre de todos los milagros y extrañas coincidencias si mi partida hubiera puesto el punto final a esta historia. Más de un año después, mis viajes me llevaron de vuelta al Punyab, pero esta vez decidí visitar Amritsar, la ciudad sagrada de los sijes en la frontera con Pakistán. El calor hace que resulte casi imposible pasear por la ciudad, por lo que decido pasar la tarde en el Templo Dorado. Estoy sentada a la sombra de los arcos, observando a las largas filas de peregrinos con trajes naranjas y turbantes azul oscuro cuando,  de repente, una voz conocida interrumpe mis cavilaciones. “¡Jaja! ¡Lily! ¡Estás aquí!” Delante de mí está Narinder, con una sonrisa de oreja a oreja. El hecho de que, después de un año entero, ambos hayamos elegido sentarnos en la misma esquina del Templo Dorado el mismo día a la misma hora es una de las muchas coincidencias que hacen a la India tan mágica para los occidentales. Sin embargo, Narinder no se permite una larga especulación mística, sino que me invita a comer en un punjabi dhaba. Disfrutamos de kulcha (pan blanco punyabí) y lassi (bebida de yogur) mientras nos deshacemos en elogios por la comida local. “Volverás pronto, ¿verdad?” Narinder sonríe entre dos tragos de lassi. “¡Todavía hay tantas cosas que me gustaría enseñarte de Chandigarh!”.