¿Necesita Europa reconsiderar la guerra contra el terrorismo?

Artículo publicado el 26 de Marzo de 2015
Artículo publicado el 26 de Marzo de 2015

Durante más de una década, los países europeos han expresado su apoyo unilateral al gobierno de Estados Unidos y a la “guerra contra el terrorismo”. Sin embargo, esto ha perjudicado la política nacional de los Estados. Los gobiernos deberían centrarse en frenar el extremismo dentro de su propio país mejorando la integración de las minorías en vez de aislarlas. [Artículo de opinión]

El apoyo de Europa a la “guerra contra el terrorismo", política exterior  altamente agresiva contra grupos islamistas, se ha puesto de manifiesto de numerosas formas, desde el apoyo militar prestado a tropas estadounidenses hasta la solidaridad emocional mostrada tras la pérdida de efectivos militares.

Sin embargo, los discursos políticos a veces han sonado un poco superficiales, y un ejemplo de ello es el sector neoconservador de Estados Unidos, que ha hecho gala de la gran confianza que caracteriza al excepcionalismo estadounidense, el cual había prometido enviar más tropas para luchar contra el enemigo.

En un contexto como este, muchos países europeos no necesitaban ponerse al frente y desviar sin rodeos la atención (y el peligro) hacia sus propios países, a pesar de su implicación manifiesta en Afganistán e Irak.

Aunque hubo otros ataques terroristas en Europa durante la década pasada —destacan los de Madrid, Londres y Oslo— el ataque del 7 de enero contra Charlie Hebdo, que se cobró la vida de doce personas, ha acabado por centrar la atención en el aumento de terroristas formados dentro del propio país.

Hollande ha tenido que lidiar con el dolor nacional y la sorpresa de descubrir que los responsables de los ataques eran ciudadanos franceses. ¿Qué es lo que llevó a esos ciudadanos a estar tan desvinculados de la sociedad civil y a acabar radicalizándose?

Nacieron en una ciudad donde las creencias religiosas no se transmiten como por arte de magia, sino que es un lugar donde la coexistencia de diferentes culturas y religiones son motivo de orgullo, a pesar de la emergencia del xenófobo y ultraderechista Frente Nacional. Se criaron en París, capital de un país cuyos pilares son liberdad, igualdad y fraternidad.

A medida que pasan los días se pone de manifiesto que los gobiernos occidentales ya no pueden mantener porque si una política exterior cada vez más confusa.

¿Un ataque a nuestra libertad?

Ya es habitual verlos celebrar un mitin o salir por televisión, donde debaten sobre las medidas que se deben tomar: algunos presionan para favorecer las intervenciones militares, mientras que otros son más moderados, conscientes de lo desastrosas que han sido las intervenciones impulsadas por Occidente, la más reciente en Libia.

En lo que respecta a medidas políticas, la mayoría de los gobiernos están tratando de restringir la libertad de desplazamiento para aquellos que han decidido unirse o que sienten simpatía por movimientos yihadistas como ISIS. Por ejemplo, Bélgica ha propuesto revocar la nacionalidad de ciudadanos de segunda y tercera generación que hayan sido condenados por terrorismo, mientras que las autoridades italianas y francesas opinan que la retirada del pasaporte y la prohibición de abandonar el país son medidas de control eficaces.

El primer ministro británico, David Cameron, está trabajando para otorgar más poder a la policía y los servicios de inteligencia, aun cuando esto implique minar el derecho a la intimidad. Incluso ha propuesto prohibir las comunicaciones encriptadas (entre las que se incluirían WhatsApp, Snapchat e iMessage), en caso de que los conservadores ganen las elecciones generales de Reino Unido en el mes de mayo.

Siguiendo una estrategia claramente diferenciada, Dinamarca está financiando un “proyecto de desradicalización”, que consiste en reintegrar a los combatientes que regresan de Oriente Medio para debilitar los lazos que los unen a sectores extremistas y disminuir la sensación de alienación.

Exceptuando la opción danesa, todas estas soluciones constituyen un ataque a la libertad de los ciudadanos, desde la pérdida preventiva de la nacionalidad hasta el refuerzo generalizado de la vigilancia.

Unas medidas tan poco acertadas solo servirán para aumentar la distancia entre los países europeos y el islam (y aunque no sea necesario decirlo, la mayoría de los musulmanes europeos no son extremistas).

La retirada de la nacionalidad y el pasaporte podría disuadir a algunos yihadistas de viajar a Irak o Siria, pero una acción tan intolerante va en contra de los valores “europeos”. Además, restringir los viajes no soluciona el problema de que algunos jóvenes musulmanes adopten posturas extremistas.

El fenómeno del “luchador extranjero”, musulmán combatiente que deja su país europeo de origen para participar en conflictos que están teniendo lugar en Oriente Medio o en otros lugares, no se puede justificar o solucionar centrándose solo en el aspecto teológico de la cuestión.

La necesidad de mejorar las políticas de integración social

Los políticos deberían tener más en cuenta el malestar social que a menudo sufren estas personas. A pesar de que son ciudadanos europeos, tienen dificultades para integrarse en las culturas que predominan en los países europeos en los que viven.

Este es un problema que surge como consecuencia de políticas gubernamentales muy mal planificadas, así como de una tensión cultural causada por la dificultad de aceptar valores y tradiciones diferentes. Por tanto, al encontrarse en la periferia de la sociedad, se sienten más marginados, ignorados tanto por la mayor parte de la sociedad como por las autoridades.

Los partidos políticos también han fracasado en su intento de hacer nuevas leyes para atajar los problemas de las zonas marginadas, al tratarse de un problema que solo afecta a unos pocos. Solucionarlos no se traduciría en un aumento significativo de los votos. De hecho, ha habido una serie de partidos por toda Europa que han explotado activamente esta marginalización de las comunidades formadas por minorías étnicas para impulsar su ideología xenófoba y ultraderechista.

Por otro lado, la Unón Europea está demasiado centrada en sus aspectos económico-monetarios y se olvida de que la cooperación también ayudaría a crear un ambiente seguro para todos los países y sus habitantes. No deberíamos olvidar que por este motivo la Unión ganó el Premio Nobel de la Paz en 2012.

En un escenario como este resulta bastante sencillo que los que fueron dejados de lado acaben estando en deuda con los extremistas, pues buscan ser parte de la sociedad. Para estas personas, el fundamentalismo puede representar la salvación, una forma de vengarse de una sociedad que las ignoró.

Por tanto, mientras los gobiernos no reconsideren las políticas nacionales o intensifiquen sus esfuerzos por promover la integración social de las comunidades marginadas, habrá más ciudadanos europeos que lleven a cabo acciones extremistas.