NEPAL: UN RINOCERONTE... LISTOS, ¡YA!

Artículo publicado el 29 de Junio de 2013
Artículo publicado el 29 de Junio de 2013

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“Las selvas son peligrosas, así que, si os ataca un rinoceronte, tenéis que subiros a un árbol o correr en zig zag alejándoos de él, así el rinoceronte no podrá seguirte tan deprisa". Mientras Mohan me explica cómo sobrevivir en una selva tropical empiezo a sentir una náusea repentina. Quizá el famoso paseo por la selva ¿no sea tan seguro?

El consejo de Mohan no termina aquí: “si ves un tigre, tienes que mirarle directamente a los ojos y no darte la vuelta en ningún momento, ya que los tigres siempre atacan por detrás. Y si nos encontramos con osos, tenemos que permanecer unidos ya que si vamos en grupo se ahuyentarán más fácilmente". Percibo que Mohan se ruboriza y me sonríe. “Por supuesto, nosotros intentaremos protegeros”. Por alguna razón, no me siento completamente segura en la compañía de mis dos relativamente pequeños guías nepalíes y sus varas de bambú.

Pero es demasiado tarde para darse la vuelta, porque ya nos encontramos de camino a la selva.  Mientras que la mayoría de los parques nacionales sólo pueden explorarse sobre un todoterreno o a lomos de un elefante, la administración del Parque Nacional de Chitwan en las planicies del sur de Nepal es relativamente flexible al respecto. "¡Por supuesto que puedes caminar por la selva!" afirma Raj, el dueño del hotel donde me albergo. Es el medio de transporte más económico; sin embargo, si tienes en cuenta el considerable número de rinocerontes, elefantes salvajes, osos bezudos y leopardos que hay, así como alrededor de 80 tigres de bengala deambulando por Chitwan, un occidental sólo puede pensar que caminar por esa selva es una verdadera temeridad. A pesar de lo dicho, Mohan nos asegura que esos depredadores no son tan peligrosos y que de quien tenemos que estar alerta es de los osos y los elefantes con crías. Cuanto más nos alejamos del río Rapti, que es la frontera natural entre el norte del parque y los asentamientos de la tribu local de los Tharu, más impresionante se vuelve el paisaje.  Las hojas caídas en los bosques secos de árbol sala emiten un susurro que me recuerda a mi hogar, los árboles abren sus ramas hacia las amplias praderas, y sobre ellas, nubes grisáceas cargadas de lluvia se amontonan conformando  un cielo púrpura. En el horizonte diviso unos manzanos enormes todavía velados por las nieblas del amanecer y unas pequeñas colinas con selvas más densas que nos conducen al "corazón de la selva". Muchos nepalíes se refieren a la selva de Chitwan con esta bella y oscura metáfora que no parece amedrentar demasiado a Mohan y a Ashish. Como tampoco les inquieta la presencia de una gran cantidad de rinocerontes y osos. Mientras terminamos de comer nuestro menú de arroz frito y huevos cocidos, esuchamos el rugido de un par de rinocerontes luchando muy cerca de nosotros. Mohan sonríe, "¡es la época del apareamiento!"

Chitwan es uno de los lugares más turísticos de Nepal. Inaugurado en 1973, fue el primer parque nacional de Nepal y es Patrimonio de la Humanidad desde 1984. Sus increíbles paisajes así como un gran número de mamíferos y aves han provocado una enorme afluencia de turistas en los últimos venite años. Si se visita durante la temporada alta, tendrá que prepararse para arduas caminatas por la selva con un escuadrón de turistas. Esto reduce al mínimo la posibilidad de avistar un rinoceronte, dice Raj, que lamenta la explotación comercial del parque, aunque como dueño de un hotel, también se beneficie de ello. Tuve la suerte de visitar Chitwan durante la temporada baja, cuando el calor es agobiante, justo antes del monzón, y sólo me encontré con uno o dos turistas al comenzar mi camino. Mientras que los grandes depredadores se hacen de rogar, los pequeños hacen acto de presencia rápidamente, y tengo que ir quitándome las garrapatas continuamente.

Por la mañana sólo vi un cocodrilo, un par de ciervos y un gran número de pájaros revoloteando y trinando infatigablemente. Pero Mohan, que parece saber cada uno de los caminos, reconocer cada especie de árbol y distinguir cada excremento de animal, me aconseja tener paciencia. Involuntariamente espantamos a una hembra de pavo real con sus crías, después comemos mango verde con sal y deambulamos a través de una especie de dique que atraviesa las impresionantes praderas verdes que bajan majestuosamente por ambos lados.  La tormenta se va formando en el cielo, y mientras eso ocurre y Mohan condena los planes para construir más diques de contención de agua, vemos dos rinocerontes que se empujan no muy lejos de nosotros.  Mohan sonríe contento, “¡ahí los tenemos,  un macho y una hembra!" ¿Nos han visto? Probablemente no, dice Ashish, y señala que los rinocerontes no tienen la vista demasiado aguda. Mucho después de que desaparezcan en los juncos, sigo maravillada pensando en el impresionante tamaño de los dos rinocerontes, cuando de repente Mohan me dice que me detenga un momento. En nuestra izquierda hay otro gaindaa que rumia y gruñe entre la hierba alta, pero sólo podemos verle su parte trasera.

Medito si quizá nos hayamos deslizado demasiado cerca del rinoceronte cuando de repente emerge un rugido sordo de las praderas detrás de nosotros. Mohan y Ashish levantan la mirada inmediatamente, intercambian algunas palabras en nepalí y me hacen señas para que mantenga la calma. Un tigre. Está escondido en algún lugar no muy lejano, tras la hierba de dos metros de altura a nuestras espaldas. No podemos ver nada debido a la altura de la hierba, ni siquiera tras subirnos a una pequeña colina cercana. Un silencio tenso cae sobre la explanada y ni siquiera los pájaros se atreven a emitir sus cantos de alarma. Vuelve a oirse el terrible rugido. Sobre nuestras cabezas, las nubes se arremolinan como torres de acero, comienza a chispear y me pregunto en silencio si quizá estos sean los últimos instantes de mi vida. Inmóviles, nos sentamos en la colina un par de larguísimos minutos mientras recuerdo los trucos de supervivencia que me había contado Mohan. Finalmente, el rugido se aleja. El tigre parece haber tomado una ruta diferente. Al ver el sudor frío que corre por mi frente, Mohan se ríe y dice "¡esto es lo mejor de mi trabajo: el riesgo!" 

Dos horas más tarde, el sol comienza a esconderse lentamente, y nosotros vamos caminando por el agua del río Rapti. ¿Estos caminos por la selva, de verdad son seguros? Pregunto a Mohan mientras se sube los pantalones. “Nunca pasa nada. Sólo a veces, los elefantes atacan a los guías locales, pero no suele ocurrir." De vuelta en el pueblo, un todoterreno para en frente de nosotros derrapando. Un joven nepalí con una cicatriz en la cara que todavía está reciente saluda a Mohan y se ríe. “¡Mirad mi cicatriz! La semana pasada me atacó un oso." Mientras volvemos a casa con el crepúsculo, recuerdo de forma repentina algo que me contó Prakash, otro empleado del hotel.  “Si te ataca un tigre, tienes que cruzar las manos, cubrirte el pecho, inclinarte y decir namasté!” Este gesto, en una situación así probablemente signifique: "estoy contento de aceptar mi destino.  Puedes comerme".

A pesar de todo lo que ocurrió, este paseo por la selva, no me amedrentó tanto como para desanimarme. Las vastas praderas, colinas nebulosas y nubes negras de tormenta eran demasiado bellas. La próxima vez, eso sí, caminaré por Chitwan durante al menos tres días para adentrarme en el verdadero "corazón de la selva". Y me llevaré mi propia vara de bambú.