Nick mulvey, un talento instintivo

Artículo publicado el 30 de Abril de 2014
Artículo publicado el 30 de Abril de 2014

Con solo 26 años ya había sido nominado para un premio Mercury. Poco después, decidió dejar el grupo del que formaba parte y seguir su carrera en solitario. Ahora, Nick Mulvey ha sido propuesto por la BBC como una de las promesas de 2014. Con él nos encontramos en París y nos habló de su nuevo álbum, de cómo percibe la vida, del instinto que lo mantiene en continuo movimiento.

Apa­re­ce vis­tien­do una ca­mi­se­ta de al­go­dón negra de manga corta y unos te­ja­nos des­gas­ta­dos. Bo­ti­nes de ante ma­rro­nes, un co­llar de cuen­tas al cue­llo, un gorro de lana y una media son­ri­sa. Es Nick Mul­vey, una de las pro­me­sas mu­si­ca­les de 2014 según la BBC, pero visto así, de cerca, con su mi­ra­da sin­ce­ra y la cer­ca­nía que des­pier­ta, cual­quie­ra diría que es­ta­mos ante un tipo co­rrien­te. Ante un chico de su tiem­po. Pero es que, en reali­dad, lo es­ta­mos. Él mismo se de­fi­ne como "al­guien tí­pi­co de su ge­ne­ra­ción". El éxito que está te­nien­do, sin em­bar­go, no es ni mucho menos algo común. 

Nos vemos con él en París, donde se en­cuen­tra unos días en medio de una gira eu­ro­pea para pro­mo­cio­nar el álbum que sa­ca­rá a la venta el pró­xi­mo mayo, First Mind, su se­gun­do tra­ba­jo des­pués de Fever to the Form, el pri­mer EP que lanzó en so­li­ta­rio. 

Cues­tión de in­tui­ción

De al­gu­na ma­ne­ra, el tí­tu­lo de Fever to the form de­fi­ne su ma­ne­ra de tra­ba­jar y de ver el mundo, según él mismo re­co­no­ce. "Cuan­do com­pon­go, em­pie­zo por la mú­si­ca, por los so­ni­dos, luego paso a fra­ses... voy del caos al orden. De la fie­bre a la forma y desde ese punto voy cre­cien­do", ex­pli­ca Mul­vey. "De la fie­bre a la forma es mi ma­ne­ra de en­ten­der el caos de la vida en el sen­ti­do mu­si­cal. Y esto, que al final acaba te­nien­do sen­ti­do, lo des­cu­brí des­pués de ha­ber­lo hecho". Al pa­re­cer, la in­tui­ción juega un papel fun­da­men­tal en la vida de Mul­vey. "Todo tiene que ver con el ins­tin­to, con la in­tui­ción. Mi ins­pi­ra­ción se basa en el es­pa­cio, en el lugar donde nor­mal­men­te per­mi­to que su­ce­da. In­ten­to des­co­nec­tar del mundo que me rodea y dejar que la ins­pi­ra­ción lle­gue. Ob­via­men­te, todo mi re­co­rri­do, mi edu­ca­ción y mi ex­pe­rien­cia son muy re­le­van­te spero in­ten­to no cal­cu­lar nada, no pen­sar en ello", co­men­ta, te­mo­ro­so de no ha­cer­se en­ten­der. Aún así, a pesar de la ba­rre­ra lingüís­ti­ca y de lo di­fu­sa que pueda lle­gar a ser la in­tui­ción en sí misma, Mul­vey se ex­pli­ca con una exac­ti­tud bri­tá­ni­ca.  Ese lugar donde todo su­ce­de se ubica en el este de Lon­dres. Un pe­que­ño es­tu­dio donde el joven de 29 años se deja lle­var es­cu­chan­do a otros ar­tis­tas, otras mú­si­cas y donde com­po­ne sus acor­des de gui­ta­rra. Pero todo, siem­pre, sin cal­cu­lar el re­sul­ta­do. Nada de cal­cu­lar, nada de con­tro­lar. Si el re­sul­ta­do final es tan bueno se debe, pre­ci­sa­men­te, a que él no lo ha bus­ca­do. "El re­sul­ta­do, sim­ple­men­te, llega", en­fa­ti­za. 

Aun­que re­co­no­ce que se sin­tió "muy ha­la­ga­do" por la no­mi­na­ción de la BBC y por com­par­tir lista con "otros mú­si­cos a quie­nes ad­mi­ra", Mul­vey ase­gu­ra que el re­co­no­ci­mien­to "real­men­te no cam­bia nada". "Hu­bie­ra con­ti­nua­do igual con o sin eso, no im­por­ta cuán­to éxito ten­gas o qué opor­tu­ni­da­des se te pre­sen­ten por­que al final todo es una es­pe­cie de ilu­sión. Tie­nes que se­guir mo­vién­do­te, tie­nes que crear", des­ta­ca, ges­ti­cu­lan­do le­ve­men­te con las manos. 

Si algo ha hecho este joven en los úl­ti­mos años ha sido mo­ver­se por el globo e im­preg­nar­se de todas las cul­tu­ras que ha ido co­no­cien­do, aquí y allá. Con 19 años se mudó a Cuba para es­tu­diar mú­si­ca, una ex­pe­rien­cia que tam­bién de­fi­ne como "muy ins­tin­ti­va". "Me enamo­ré del país pero no lo veo como una uto­pía... me im­pre­sio­nó que la alta cul­tu­ra fuera tan ac­ce­si­ble para la gente común", cuen­ta. "Pero era un lugar ex­tra­ño al mismo tiem­po, era di­fí­cil co­no­cer a gente de tu mismo nivel, co­no­cí a dos chi­cos que es­tu­dia­ban eco­no­mía pero eso fue todo. Cuan­do dejé de in­ten­tar en­ten­der el sis­te­ma, em­pe­cé a en­ten­der­lo to­da­vía más". 

Y un poco de todo lo que apren­dió en Cuba y en otros lu­ga­res como Zan­zí­bar, Bra­sil o Mon­go­lia se puede apre­ciar en los temas de First Mind, aun­que "no de forma obvia", según acla­ra Mul­vey. El can­tan­te se toma su tiem­po para ex­pli­car­nos su pro­ce­so crea­ti­vo. "Tengo mu­chas in­fluen­cias y de todas par­tes, desde los can­tan­tes de folk tra­di­cio­na­les a la mú­si­ca ce­re­mo­nial con mbira, lo que se es­cu­cha en Ma­rrue­cos o lo que com­po­nen los clá­si­cos mo­der­nos de Nueva York". 

De todas esas fuen­tes bebió este ciu­da­dano del mundo, enamo­ra­do de la mú­si­ca desde pe­que­ño (su abue­la es pia­nis­ta y su madre, can­tan­te de ópera) que, en su afán por des­cu­brir nue­vos so­ni­dos, es­tu­dió Et­no­mu­si­co­lo­gía en la Es­cue­la de Es­tu­dios Orien­ta­les y Afri­ca­nos de Lon­dres. 

La in­ti­mi­dad de la mul­ti­tud

Con todo, y a pesar de haber via­ja­do tanto, Mul­vey con­fie­sa que no tiene "una idea con­cre­ta sobre Eu­ro­pa". "No tengo un sen­ti­mien­to de la iden­ti­dad eu­ro­pea, no tengo ne­ce­sa­ria­men­te una opi­nion, pero sí mu­chas ex­pe­rien­cias in­di­vi­dua­les en di­fe­ren­tes paí­ses", co­men­ta. "En Ita­lia, me im­pre­sio­nó mucho cómo ve­nían las fa­mi­lias a un con­cier­to que di en Ná­po­les. Ve­nían todos jun­tos, desde abue­los hasta nie­tos, todos bien ves­ti­dos, todos que­rían estar ahí y par­ti­ci­par en eso", añade. 

Con eso, Mul­vey se re­fie­re a la co­ne­xión que se crea entre él y el pú­bli­co cuan­do está to­can­do. Al final, todo se re­du­ce a sen­tir­se bien. "El prin­ci­pio se basa en ir pro­ban­do, solo sigo aque­llo que me gusta, mi ob­je­ti­vo es ape­lar al sub­cons­cien­te, a la con­cien­cia se­cun­da­ria, y en­ton­ces, el men­sa­je, sim­ple­men­te llega", se­ña­la. "Creo que la mú­si­ca es como una te­ra­pia para mí que tam­bién hace bien a la gente, me saca de la reali­dad y para mí es algo así como un res­pi­ro". 

To­da­vía no tiene la trein­te­na. Está re­co­rrien­do Eu­ro­pa, a punto de sacar un disco y tiene ya mul­ti­tud de ex­pe­rien­cias a sus es­pal­das. Entre ellas, una no­mi­na­ción al pre­mio Mer­cury con su an­te­rior banda, Por­ti­co Quar­tet. Y, a pesar de todo, Nick Mul­vey es un chico sen­ci­llo, al que le gus­tan las cosas sen­ci­llas. Un tipo tran­qui­lo que en­ca­ra el fu­tu­ro positivamente, que no sabe qué ven­dra des­pués ni cuál será el si­guien­te paso, pero sí lo que le gus­ta­ría en­con­trar en el ca­mino: eso. Eso que le hace sen­tir­se tan bien. 

"¿Que cómo veo el fu­tu­ro? Des­pués de la gira de ve­rano no sé qué pa­sa­rá. Pero soy op­ti­mis­ta. Veo el fu­tu­ro como una mul­ti­tud enor­me en si­len­cio. Pien­so en la sen­sa­ción de tener a un gran nú­me­ro de per­so­nas a mi al­re­de­dor en si­len­cio. Eso es lo que me emo­cio­na, la in­ti­mi­dad que me puede lle­gar a apor­tar una gran mul­ti­tud", con­clu­ye, re­la­ja­do, mien­tras se re­cues­ta sobre el sofá con la mi­ra­da per­di­da. 

Cu­cu­ru­cu. Nick Mul­vey, 2014.