¿No hay 'hipsters' musulmanes? Ser barbudo en los Países Bajos

Artículo publicado el 18 de Enero de 2016
Artículo publicado el 18 de Enero de 2016

¿Qué pasa cuando un tipo corriente se deja barba? Por pura curiosidad, entre enero y junio de 2015, me dejé barba y seguí con mi vida académica diaria en los Países Bajos. Tuve que viajar bastante por mis investigaciones y para asistir a conferencias. Los resultados de este pequeño "experimento"  fueron sorprendentes, aunque no precisamente por las razones que esperaba.

Autoetnógrafo improvisado

Al principio, me dejé barba por pura pereza: Estaba algo harto de cuchillas de afeitar caras y me dije, ¿por qué no? Antes de darme cuenta, había superado el punto de poder afeitarme con una cuchilla, pero la historia no se detuvo ahí. Cuando empecé a notar que estaba siendo tratado de manera diferente —en igualdad de condiciones— empecé a tomar notas.

Al igual que la actuación de Eddie Murphy en Saturday Night Live (1984), maquillado para averiguar lo que se siente siendo blanco, o el famoso libro del periodista alemán de investigación Günter Wallraff, Cabeza de turco: Abajo del todo ("Ganz unten"), en el que el autor se hizo pasar por un obrero turco para sacar a la luz el racismo subyacente del mercado laboral alemán, quedaba claro que este tipo concreto de periodismo encubierto es muy necesario para lograr un propósito amargamente grave.

Misma barba, sociedades distintas

Cuando comencé mi experimento "barbístico" ya era consciente de estos antecedentes. Mis experiencias variaron significativamente entre los diferentes países. En Reino Unido, era visto como cualquier otro musulmán de los muchos que viven en esa sociedad —nadie reparó especialmente en mi barba. El personal del aeropuerto me saludó una docena de veces y un simpático taxista indobritánico en Leicester compartió conmigo su preocupación porque los niños ahora se volvían hacia el extremismo en vez de "llevar el Islam en el corazón".

Lo mismo ocurrió en Estados Unidos: Ya fuera en restaurantes, aeropuertos o campus universitarios, nadie se preocupaba realmente por las barbas. La indiferencia era agradable y ciertamente liberadora.

Las cosas fueron algo diferentes en Oriente Próximo, donde las barbas son símbolo de piedad y sabiduría, y pueden llegar a delatar las convicciones políticas de uno, en concreto, si hablamos del Islam político. Por eso me esperaba una experiencia interesante cuando volé a Estambul en primavera para asistir a una conferencia académica. Caminando por las calles de la ciudad, me sentí el centro de miradas de admiración y respeto. Pero la sombra de los yihadistas extranjeros en Siria se me antojaba muy alargada.

Mientras caminaba, dos chicos murmuraban entre sí: "Mira ese tío, no me gustaría mezclarme con él". También había un lado oscuro. "Ten cuidado", me aconsejó un amigo: "Muchos kurdos turcos han perdido seres queridos en Kobanê, te pueden asociar con Daesh. No nos gustaría encontrarte apuñalado por ahí".

Países Bajos

Según un estudio reciente, en los Países Bajos habita una de las sociedades más seculares de Europa. Desde la década de 1960, la inmigración procedente de Turquía y Marruecos (sobre todo de sus regiones más conservadoras) ha coincidido con una clara tendencia en la secularización de la sociedad holandesa.

En la última década, el populista-nacionalista Partido de la Libertad llegó al poder. Su presidente, Geert Wilders habla cada poco de las "barbas del odio" (haatbaard) en referencia a los musulmanes que tienen una ideología antioccidental. Este tipo de afirmaciones llega más allá de su audiencia directa, y es posible que yo mismo haya experimentado esto indirectamente. La gente ya no me devolvía la sonrisa. Ante una barba ligada a esa misma sonrisa, las expresiones habituales mostraban ahora ambivalencia.

Empecé a notar cómo, en mi trayecto diario al trabajo, nadie se sentaba a mi lado, incluso durante las horas punta. Surgía un reconocimiento sutil pero inconfundible de la "otredad" y desaparecían la espontaneidad y la charla sencilla. De hecho, un amigo cercano me señaló que tanto conocidos como extraños me trataban de manera diferente debido a mi nuevo pelo facial.

"¡Dios mío, qué barba más alucinante!" fue lo primero que un colega me espetó cuando entré en el instituto donde trabajo. Otro me preguntó si la barba tenía algún significado, "porque no eres un verdadero holandés, ¿verdad?".

En una clase de 80 estudiantes de pregrado de mi universidad, me interrogaban constantemente por la barba. En otra ocasión, durante una reunión social, una chica me preguntó directamente "¿eres musulmán?". Otro estudiante se acercó tímidamente hasta mi oficina para preguntarme expresamente por el significado de mi barba. Quedó visiblemente aliviado cuando le conté la historia. 

Los márgenes de la tolerancia

Después de unos meses de comentarios bastante negativos e inadecuados, la barba me hizo cambiar mi comportamiento. Desarrollé una forma atenuada de lo que el erudito afroamericano y activista de los derechos civiles W.E.B. Du Bois llamaba la doble conciencia: "Una sensación de estar siempre mirando a uno mismo a través de los ojos de los demás". Du Bois explicaba cómo los afroamericanos eran permanentemente conscientes de la forma en que los estadounidenses blancos los percibían, y tuvieron que adaptar su comportamiento en consecuencia.

En una entrevista con el periódico holandés Het Parool, un hombre marroquí-holandés proporcionó un buen ejemplo de este fenómeno. Explicó cómo había interiorizado esos sentimientos para "mostrar a la gente que estoy bien"  continuamente. Su vida era una lucha continua para adaptarse a los prejuicios generalizados y la discriminación contra las personas marroquí-holandesas. Sentía que siempre tenía que adelantarse al posible racismo siendo exageradamente correcto y amable.

Desde luego, no experimenté esto tan intensamente, pero me invadió una inconfundible sensación de "otredad" autoconsciente. La barba me había hecho aparecer externamente como un musulmán practicante (con la carga de perjuicios que esto conlleva) a los ojos de muchos holandeses, lo que me desplazabla hasta los márgenes de la tolerancia.

Yo vivo en un barrio de Ámsterdam con una alta densidad de 'hipsters'. Me gustan: Desde que han aburguesado la zona en los últimos años, el ambiente es más cosmopolita y dinámico, y hasta el café sabe mejor. Diariamente veo hombres de mi edad pedalear con barbas muy similares a la mía. Sin embargo, parece que la noción del 'hipster' musulmán todavía no se ha instalado en el imaginario público o, en cualquier caso, en lo que a la igualdad de la barba se refiere.

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Uğur Ümit Üngör es historiador y sociólogo, y vive en Ámsterdam.