Nostalgia con Marine Le Pen: adiós inmigrantes, gais y Europa

Artículo publicado el 19 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 19 de Diciembre de 2014

Si bien la relación entre paciente y psicólogo es sagrada, nos hemos preguntado qué le contaría Marine Le Pen a su médico dentro de 20 años. Una sátira nostálgica entre Marine y su terapeuta.  

Son las 10 de la mañana del 19 de diciembre de 2034. Cada martes desde hace 20 años he visto a Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional en Francia. La conversación que hemos tenido hoy se ha remontado al 2014, un año marcado por turbulentos altibajos que marcaron profundamente la mente de Marine. 

Doctor: ¿Cómo te sientes hoy Marine? 

Marine: No puedo parar de pensar en 2014, en concreto en la noche en la que anunciaron que el Frente Nacional había ganado en Francia las elecciones europeas por delante de François Hollande y sus hordas socialistas. Recibí la noticia en aquel pequeño restaurante de París en el que servían algunos aperitivos de nuestros vecinos mexicanos. La verdad, tengo que decir que nada puede compararse a nuestra exquisita cocina francesa. 

Doctor: ¿Cómo te sentiste en ese momento?

Marine: Fue un momento más placentero que mi poliamorosa orgía en el Pentágono.

Doctor: ¿Con el presidente Obama

Marine: No, el no podía. Estaba reunido con Jean Claude Juncker y Russell Brand en las negociaciones del TTIP que finalmente no llegaron a buen puerto. Juncker no estaba de acuerdo con la posición de Obama. Oí rumores de que Mutti, madre de la milagrosa nación, estaba con ellos también. Y oh mon Dieu, también el señor Tusk con sus reflexiones incomprensibles en ese idioma pueblerino, sin pronunciar una sóla palabra en francés. Tendríamos que haber protegido a Francia de esa salvajada. 

Doctor: ¿Cuál era el principal problema bajo tu punto de vista? 

Marine: En realidad había muchos como por ejemplo el de la inmigración. Había todo tipo de inmigrantes legales: europeos, no europeos, refugiados, etc. Yo tenía una solución perfecta para esa peste. Tendríamos que haber deportado a los mexicanos a Bruselas, en donde les recibían con los brazos abiertos y a los molestos refugiados a Bulgaria, donde se habrían integrado mucho mejor. Después, podríamos haber creado un muro, como en India, para proteger nuestras fronteras de indeseables. 

Los ilegales sin papeles eran sin duda los peores, especialmente en París, donde no podían ser rastreados. Tendrían que haberse ido a su casa o a Casablanca o a Túnez. Así podríamos haber recreado la verdadera Francia, cuando nuestra gran nación brillaba por encima del resto. Tendríamos que haber protegido la pureza de nuestra cultura y de nuestros valores. También a nuestros niños de la corrupción de los musulmanes y las conspiraciones de los judíos.

Doctor: Percibo que tienes mucha energía negativa acumulada. Si tuvieras una varita mágica, ¿qué cambios habrías hecho en tu vida?

Marine: En realidad estaba siendo bastante positiva con todo este asunto de la inmigración porque tiene una solución muy simple: cerrar las fronteras. El problema real era la pérdida de los valores tradicionales. Una vez que redifinimos el concepto de familia y legalizamos la transexualidad, Francia estaba perdida.  Deberíamos haber defendido con mayor ímpetu nuestros principios fundamentales como lo hicieron los lituanos y los eslovacos en vez de ceder a las tendencias que nos imponían con la Generación Y.

Doctor: Hablando de eso, la Generación Y es un tema recurrente en nuestras discusiones. ¿Cómo te hizo sentir ese problema en 2014?

Marine: Su imprevisibilidad hizo que fueran un desastre político. Como la generación esquizofrénica que son, se extendieron por todo el espectro político: desde la extrema izquierda en la empobrecida Grecia, hasta esos extraños grupos separatistas del sur de Italia. Desde luego, nuestros jóvenes aliados eran fuertes, como nuestros gloriosos camaradas en Dinamarca, Austria, Alemania y Bélgica que reconocieron la importancia de tener una identidad nacional fuerte y de proteger nuestra soberanía de las despreciables zarpas de Europa. Viktor Orbán y sus seguidores en Hungría eran buenos amigos y yo admiraba su audacia política a la hora de expresar sus anhelos totalitarios.

Desafortunadamente, Nigel Farage no quiso unir fuerzas tras nuestras asombrosas victorias. Después de eso yo no podía ni verle. Tampoco hice muy buenas migas con los lituanos y su traicionero 'populismo multicultural'.

Doctor: Quizás podemos encaminar nuestra conversación hacia sentimientos algo más positivos. ¿Qué es lo que te faltó para ser más feliz? 

Marine: Una palabra: amor. Había una vez un hombre especial en mi vida, pero sólo podíamos admirarnos a distancia. Tenía un aire muy exótico, yo diría que incluso familiar. Era mi mayor apoyo y nos ayudábamos en muchos aspectos pero nuestros planes siempre se estropeaban en el último momento. Europa siguió metiendo las narices en nuestro romance intentando secuestrar a su hijo, especialmente a la más pequeña, a la que llamó cariñosamente Pequeña Rusia

Doctor: ¿Cómo te hace sentir Europa?

Marine: Se me irrita la piel cada vez que veo en mi pasaporte la palabra europea. Todavía me acuerdo de la belle époque en la que Europa no dominaba nuestras vidas como una especie de ente invasor. Echo de menos nuestros francos, remplazados por los terribles euros y la economía sumergida que causan. Deberíamos haber destruido a esos pequeños monstruos antes de que Nicolas Sarkozy regresara al panorama político. 

Doctor: Hemos tenido una dura sesión hoy. ¿Cuales son tus planes para rejuvenecer tus alegrías contenidas?

Marine: Ya me siento mucho mejor, casi como después de mi sesión diaria de meditación. Creo que voy a hacer unas galletas de navidad esta tarde en honor a Vlady para intentar que mi dolorido corazón deje de parecerse a un collage de Eugenia Loli

Este artículo forma parte de nuestro dossier de fin de año sobre la nostalgia. Si la realidad nos decepciona, ¿qué razones hay para mirar hacia atrás? ¿Nos falta imaginación en Europa o le damos demasiada importancia a los recuerdos? La respuesta, en forma de 5 artículos nostálgicos.