Nostalgia de calma

Artículo publicado el 12 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 12 de Diciembre de 2014

El móvil, la tablet, el iPod y el e-book, entre otros, se han convertido en elementos imprescindibles en nuestra vida. Aún así, el recuerdo de una época sin tecnologías acude a nuestro rescate cuando el exceso de información y de novedades nos sobrepasa. Marta es una chica como otra cualquiera que un día decide dar un giro a su vida y plantarle cara a tanto cambio tecnológico.

Marta tiene apenas 24 años recién cumplidos. Camina rápido por la calle, cuesta abajo. El móvil suena  en el bolsillo de su pantalón. La tablet que lleva en el bolso se queja con sonidos agudos de que le falta batería. El ordenador que carga con cuidado entre sus manos aún ronronea a medio apagarse. Y el iPod ha dado un giro de 360 grados al cambiar sin previo aviso la melodía de Fly me to the moon de Frank Sinatra por Higway to Hell de ACDC. ¡Basta! Piensa Marta. Es en ese momento cuando recuerda aquel tiempo, para algunos desconocido, en el que la ausencia de tecnologías le permitía dar un paseo, descubrir nuevos barrios y escuchar el bullicio de la ciudad sin ninguna interferencia.

Aunque le parezca raro, echa de menos cuando tardaba horas en teclear un mensaje en aquel móvil que parecía de juguete. Añora llamar al fijo de una amiga para proponerle tomar un café y hablar durante horas. También el pasar las páginas de un libro y el olor a nuevo del papel. El ir a una biblioteca y buscar entre las baldas el libro para aquel trabajo de la facultad. Echa de menos su vida sin las tecnologías y las prisas que acarrean la optimización del tiempo.

Marta detesta, además, ir a una cena y ver cómo sus compañeros de mesa responden antes al WhatsApp que a sus preguntas. Que le hablen de TIFF, GIF, VPN, DVI, HDMI y de tantas otras siglas que a veces se le escapan. O que le remitan a internet cuando va a la oficina de información. Por no hablar de la resintonización de los canales de televisión y de las veces que se ha quedado sin ver una película.

Hace poco, leyó una noticia sobre un robot y un niño que habían aprendido a jugar juntos. Esto le hizo pensar en su entorno y en que no había de qué sorprenderse por noticias como éstas cuando sin ir más lejos, su hermano pequeño no conoce juegos como la comba, el pilla-pilla, el escondite o el famoso de la oca “de oca a oca y tiro porque me toca”. Ahora es la nueva versión del último videojuego lo que importa; el móvil con el que apareces en el colegio y el coche teledirigido que quieres pedir a los Reyes Magos este año.                                                                                                       Pensar en todo ello le hace sentirse mayor pero no lo es y, sin embargo, todo ha cambiado tan rápido que hasta los estudios de su facultad se quedaron obsoletos durante el tiempo que duró la carrera. Aun así, y a pesar del hartazgo que a veces le causan estos cambios a marchas forzadas, Marta no es ingenua. Sabe que sin la mayoría de ellos no podría hacer muchas de las cosas que forman parte de su vida cotidiana. Sabe incluso que le resultaría difícil dedicarse a la profesión que le gusta y que las distancias físicas y geográficas se harían aún más grandes si no pudiera echar mano de las tecnologías para contactar con los suyos.

Aun así, no se resigna, y Marta decide desintoxicarse de algún modo de tanto aparato electrónico. Un par de horas al día sin nada que le una al el exterior y sin estar disponible. Sabe que será duro, pero tiene fe en su nostalgia y en que le ayude a lograr su propósito. Para ello, busca un hobbie, algo que hacer para distraerse. Escribir no le parece mal: es barato y requiere concentración. También se abastece de chicles, caramelos y pelotitas de goma para el stress que le hagan pasar mejor el trance.

El primer día sufre. La tentación de encender el ordenador es más fuerte que ella. Se pone a escribir como loca. Al cabo de dos horas tiene un cuento entero terminado. El segundo día, el terrible silencio, la falta de música y del sonido del móvil le hacen escribir con mayor ahínco y logra terminar hasta dos cuentos. El tercer día lo pasa también con éxito, igual que el cuarto y el quinto. A final de mes tiene tantas historias acabadas que decide leérselas a su hermano por las noches. Sabe que no puede competir con sus videojuegos, ni con la tablet ni con el móvil pero al menos intenta que pasen un buen rato. Lo que Marta no puede saber es que años después, cuando su hermano sea mayor, leerá a sus hijos cuentos todos los días en un intento por que dejen a un lado tanta tecnología. Y es que pasado el tiempo, le cuesta recordar el nombre de aquel videojuego que pidió durante meses con insistencia y sin embargo, echa de menos las historias que su hermana le contaba siempre antes de ir a dormir.

Este artículo forma parte de nuestro dossier de fin de año dedicado a la nostalgia. Si la realidad nos decepciona tanto, ¿cuáles son las razones para mirar por el retrovisor? ¿Nos falta imaginación en Europa o es que le damos demasiada importancia a los recuerdos de nuestra memoria? La respuesta la hacemos en forma de 5 artículos nostálgicos.