Nuestro cuento de Navidad

Artículo publicado el 20 de Diciembre de 2007
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Artículo publicado el 20 de Diciembre de 2007

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Tanto las grandes como las pequeñas ciudades de Alemania son tomadas por los mercadillos navideños un año tras otro. Lazos, tallas de madera, adornos, velas, trastos, trastos y aún más trastos.

(Foto: ©le méchant garçon/flickr)Tengo 23 años y soy estudiante. Nací en Netphen. Nepthen es un pueblo del sur de Westfalia, que se denomina a sí misma ciudad. Justo al lado de Siegen, que se llama a sí misma “Provincia llena de vida”. Porque yo el próximo verano quiero hacer un Máster en Londres necesito dinero. Mucho Tengo 23 años y soy estudiante. Nací en Netphen. Nepthen es un pueblo del sur de Westfalia, que se autodenomina ciudad. Justo al lado de Siegen, que se autodenomina la “Provincia llena de vida”. Y es que el próximo verano quiero hacer un Máster en Londres y necesito dinero. Mucho dinero. Por eso trabajo desde hace una semana en una caseta del mercado de Navidad de Siegen. Siete días a la semana, nueve horas al día. No importa el frío que haga. No importa si llueve, nieva o hiela, yo me siento en un taburete con ropa de abrigo y una estufa eléctrica a mis pies en mi chiringuito del mercado de Navidad y vendo peluches y adornos de madera.

(Foto: ©Tim Ellis/flickr)

¡Alegría, Alegría, Alegría!

Vendo también preciosas figuritas de Madera. La madera es tan cara, que casi nadie compra, y por eso me aburro mucho, así que tejo unos calcetines de punto. Esto lo hago para no pagar los regalos navideños. Con la manos congeladas no se puede tejer muy rápido. “¡Como tejas tan despacio, no vas a acabar nunca, principiante!, me berrea una pensionista. Mientras tanto, una señora de mediana edad, entusiasmada con los muñecos de peluche amontonados, farfulla al oído de su amiga: ¡Qué hortera es todo! ¿Cómo puede comprar alguien esto?”.

Y no hacen de esto un misterio. “¡Se les ve, se nota que pasan frío!”, opina de nosotros una señora. “No me gustaría estar en su lugar”. “Bueno”, le dije, “al menos tengo una pequeña estufa y un montón de infusiones. Eso está bien”. “¡Son unos pobres diablos!”, prosige habñandole a su acompañante, “¡si tú tuvieras que hacer ese trabajo…!” ¿Pensará la gente que nosotros no sólo trabajamos entre estos cuatro tablones, sino que también vivimos aquí y que al acabar el mercado volvemos al bosque, donde pasamos el resto de nuestros días tallando figuras de madera que luego vendemos?

“Ha nacido el Salvador”

Cuando no estoy leyendo o tejiendo, observo lo que sucede en la calle y en los otros puestos. En la caseta de enfrente había ayer un juego de adivinanzas sobre la Navidad para los niños. Por lo que puedo acordarme de cuando en el colegio teníamos clase de religión, obligatoria para todos, dicho sea de paso. No soy experta en Biblia, pero sí tengo las nociones básicas. Entre los niños sentados enfrente, no obstante, parece que no cabe ni un alfiler: han empezado los cuentos de navidad. “…y dónde nació Jesús?” “En Jerusalén” “Sí…casi. ¿Con N…?” ¿Na-za…?” "Na-za-rrr..." "¡Nazareth!" "¡Bien!, ¿y qué profesión tenía el padre de Jesús?” “¡Obrero de la construcción!”, grita precipitadamente una chiquilla, antes de que su amiga pudiera responder.

San José era obrero de la construcción (Foto: ©Stuck in Customs/flickr)

A lo lejos suena música popular -“a lo lejos”-. Busco concentrarme en mi punto de venta y en el olor de las almendras tostadas que proviene desde el lado derecho, pero no lo logro del todo.

La Salvación

Son las seis y cuarto. Aún me quedan 2 horas en el estand. A pesar de los calcetines de lana y la estufa ya no me siento los pies. Se ve siempre a gente con el vino caliente en las manos. Me tomaría una taza con muchas ganas, pero nadie viene con la idea de ofrecerme una. Mañana lo mismo. Y pasado también, y al día siguiente. Londres me lo recompensará.

Fotos: ©leméchantgarçon/flickr; ©Tim Ellis/flickr; ©Hubert Grüner/istock; ©Stuck in Customs/flickr